El sábado pasado viví una experiencia muy especial.
Hice un curso de mediumnidad, aunque reconozco que esta palabra, a veces, suena más grande o más misteriosa de lo que realmente es.
Para mí no tuvo nada de extraño, ni de oscuro, ni de raro.
No hubo sustos ni historias extravagantes.
Fue, sencillamente, aprender a escuchar con más calma, a sentir con respeto y a comprender que el amor no termina cuando alguien se va.
La mediumnidad no es magia ni adivinación.
No es ir por la vida diciendo cosas sin sentido ni pretendiendo saber más que nadie.
Es sensibilidad.
Es presencia.
Es estar disponible, con el corazón abierto y los pies en la tierra, para acompañar cuando un ser querido quiere transmitir un mensaje desde la paz.
Se trata de respeto.
De cuidado.
De ser un canal tranquilo y limpio para palabras que reconfortan, que ayudan a cerrar heridas o, simplemente, que recuerdan que los vínculos no desaparecen, solo cambian de forma.
Durante el curso me sentí serena, cuidada y muy en paz.
No sentí miedo, ni inquietud.
Sentí calma.
Y esa sensación, para mí, es importante.
No todo el mundo tiene que entenderlo.
Y está bien así.
Cada persona llega a las cosas cuando le toca y como le toca.
Yo no sé hasta dónde me llevará este camino.
Ni siquiera sé si algún día me definiré con etiquetas.
Solo sé que esta experiencia me aportó tranquilidad, respeto y una sensación muy bonita de estar en el lugar adecuado.
Y con eso me quedo.
Yo no necesito convencer a nadie.
Me basta con sentirme en paz, tranquila y agradecida.
Y si algo me acerca al amor, al respeto y a la calma, entonces sí que voy por buen camino.

No hay comentarios:
Publicar un comentario