El blog de Alma Buendía Soleado

martes, 17 de febrero de 2026

No son las personas felices las que agradecen; son las personas agradecidas las que son felices


Hay frases que, cuando las lees, sientes que te describen. Como si alguien hubiera puesto en palabras algo que tú ya sabías por dentro, pero nunca habías sabido explicar del todo. Con esta frase me pasó eso. Se me quedó rondando, suave, insistente, verdadera.

Durante mucho tiempo yo también pensé que primero había que ser feliz para luego agradecer. Que la felicidad llegaría cuando todo estuviera en su sitio, cuando no doliera nada, cuando no hubiera miedos ni sobresaltos. Y mientras tanto, iba esperando… sin darme cuenta de que la vida ya estaba ocurriendo.

Con el tiempo he aprendido algo importante: no agradezco porque sea feliz; soy feliz porque agradezco.

Quiero decir algo con honestidad: no todos mis días son alegres. Hay días en los que lloro. Días en los que la tristeza aprieta, sobre todo porque mi hijo está lejos. Lo echo de menos. Mucho. Y hay momentos en los que esa ausencia pesa.

Pero casi en el mismo segundo, algo dentro de mí cambia el paso. Y agradezco. Agradezco que mi hijo está bien, que está sano, que está cumpliendo su sueño, que está viviendo su vida. Y ese pensamiento, lejos de negarme la tristeza, me anima, me sostiene y me devuelve a la gratitud.

Yo tengo considerables bajones. Tengo días grises. No voy sonriendo todos los días ni pretendo hacerlo. Pero incluso en esos días tristes, agradezco.

Agradezco tener la nevera llena. Tener comida. Tener un techo. Tener salud. Tener una vida sencilla, pero cuidada.

Agradezco el paseo diario con Coco, mi perrito. Verlo caminar tranquilo, olfatearlo todo, mirarme como si yo fuera su lugar seguro. Agradezco el mar, aunque a veces solo lo vea de lejos. Un café caliente. Una conversación bonita. Un día en calma.

Agradecer no significa que todo esté bien. Significa que no dejo que lo que duele lo ocupe todo.

Nada más abrir los ojos por la mañana, ya hay motivos para dar gracias. Estar aquí. Respirar. Tener un día más por delante. Aunque no sea perfecto.

Cuando agradezco, mi mente se aquieta. Deja de pelearse con lo que falta y empieza a reconocer lo que ya está. Y en ese cambio de mirada aparece algo muy valioso: paz. Una paz tranquila, sin fuegos artificiales, pero real.

Yo he comprobado que cuanto más agradezco, más motivos encuentro para hacerlo. No porque la vida cambie mágicamente, sino porque cambio yo. Porque miro distinto. Porque valoro más.

La felicidad, al menos para mí, no es estar eufórica todo el tiempo. Es sentir que la vida, tal como es hoy, también merece un gracias.

Por eso cada día intento terminar la jornada pensando en algo bueno, aunque sea pequeño. Y te aseguro que funciona. Poco a poco, sin ruido, algo se recoloca por dentro.

Hoy quería compartir esto contigo, por si te sirve. Porque no son las personas felices las que agradecen. Somos las personas agradecidas las que, incluso en los días tristes, aprendemos a ser felices.










sábado, 14 de febrero de 2026

La vez que un psicólogo se quedó sorprendido conmigo (y acabé en todas las universidades)

Hay momentos en la vida en los que una va con el alma rota pero la cara bien puesta. A mí me tocó vivir demasiados golpes seguidos: mi hermana, mi padre, mi madre se fueron al cielo en solo cinco meses y mi marido tenía  un cáncer… Todo de golpe, como si el destino hubiese decidido ponerme a prueba.

Yo seguía caminando como podía, con mi carácter fuerte, con mi risa siempre lista aunque por dentro me temblara todo. Y entonces ocurrió algo que aún hoy me parece increíble: un psicólogo vino a buscarme.

No fui yo a él, fue él que vino a mí. Se enteró de todo lo que estaba pasando y me dijo, sin rodeos:

Tú necesitas hundirte Amalia, tocar fondo y volver a resurgir.

Yo pensé: ¡Hundirme yo! Con lo que he vivido…
Pero fui. Me senté allí y, poco a poco, empecé a dejarme ayudar.

La sorpresa del psicólogo.

Desde la primera sesión, aquel chico joven y serio se quedó impresionado conmigo. Me dijo algo que jamás olvidaré:

Es increíble tu carácter. Pasas de llorar a reír con una naturalidad que no es nada común. Esa capacidad de sentir tanto y tan rápido… eso hay que enseñarlo.

Y así comenzó la aventura que jamás imaginé.

Me grabaron… y acabé en algunas universidades.

Tan sorprendido estaba que me pidió permiso para grabar nuestras sesiones. Yo me quedé a cuadros:

—¿Grabarme? ¿A mí? ¿Para qué?
Porque soy profesor de universidad y quiero mostrar tu caso a mis alumnos. Tu forma de sentir, tu fuerza… es algo que tienen que aprender.

Leí los papeles, los firmé, y voilà: ya estaba yo en algunas universidades de mi zona. Mi historia, mis risas y mis lágrimas se estudian en clases de psicología. Quién me lo iba a decir a mí… ¡yo en las aulas enseñando a futuros psicólogos!

El álbum que no quería hacer… y que me cambió.

Un día me pidió otra cosa más difícil todavía:

Hazme un álbum de fotos. Con las personas que ya no están.

Yo no podía ni mirar una foto. Ni de mi madre, ni de mi padre, ni de mi hermana. Me dolía hasta el aire. Pero lo intenté. Hice un álbum pequeñito, con las fotos más bonitas que tenía.

Y ahí pasaba lo que él decía que me hacía especial: Veía una foto y me reía, recordando el momento… Y al segundo lloraba, porque ya no estaban conmigo, porque habían trascendido, porque descansan en el cielo.

Ese contraste le conmovía profundamente.
Mi forma de sentir la vida: con toda el alma.

Y por eso me grababa, y por eso estoy en algunas universidades: porque ese psicólogo vio en mí una fuerza que ni yo misma sabía que tenía.

Hoy lo cuento con orgullo.

Hoy miro atrás y pienso: Menos mal que me dejé ayudar. Menos mal que apareció aquel psicólogo.
Y, oye, también me hace gracia imaginar que mientras tú lees esto, quizá en alguna clase un grupo de estudiantes está viendo mis sesiones y diciendo:

¡Qué mujer más auténtica!

Y sí: auténtica. Con mis risas, mis lágrimas y mi manera de resurgir siempre… aunque la vida me dé la vuelta como a un calcetín.

Porque la vida se vive a carcajadas y a lágrimas, pero siempre con el corazón abierto… ¡y yo te cuento cómo hacerlo sin miedo! 




Gracias a tod@s los que pasaís por mi rinconcito.

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viernes, 13 de febrero de 2026

Son un regalo los días de lluvia


Ayer fue el viento.
Hoy es la lluvia.

Dos días seguidos en casa. Dos días mirando por la ventana cómo el cielo decide el ritmo. Y sí… un poco aburridos estamos. No voy a mentir. A mí me gusta salir, moverme, sentir que el día avanza conmigo. Y Coco también se acerca a la puerta, me mira y parece decirme: “¿Hoy tampoco?”

Pero luego bajo la mirada.

La casa está calentita.
Hay comida en la cocina.
Suena música lenta de fondo, suave, como si abrazara el silencio.
Y Coco está aquí, tranquilo, respirando a mi lado.

Y entonces lo entiendo.

Son un regalo los días de lluvia.

Porque me obligan a parar.
Porque me enseñan que no todo tiene que ser movimiento.
Porque me recuerdan que también es vida estar en calma.

Qué suerte poder aburrirme en paz.
Qué suerte tener techo, despensa y tiempo.
Qué suerte poder mirar cómo cae el agua sin que nada me duela por dentro.

Hoy el plan es sencillo: un salteado con pimientos de colores, aguacate cremoso, pollo, un sándwich calentito y música que acompaña. Afuera llueve. Dentro hay calma.

Y además… yo sé algo.

Sé que incluso cuando el cielo está gris, la vida sigue siendo luminosa.
Sé que cada gota que cae limpia algo, riega algo, prepara algo.
Sé que hasta los días quietos tienen propósito.

Así que hoy no me quejo.
Hoy agradezco.
Hoy sonrío aunque no salga el sol.

Porque la luz no siempre está fuera.
A veces la luz somos nosotros.

Somos nosotros cuando agradecemos.
Somos nosotros cuando sonreímos sin motivo.
Somos nosotros cuando, aun con el cielo gris, elegimos mirar con esperanza.

Y Coco, que mueve la colita sin entender de nubes ni pronósticos, también lo sabe.




jueves, 12 de febrero de 2026

Hoy el viento nos ha pedido respeto


Hoy no hemos salido a la calle.

Hay una alerta en toda Cataluña. El viento sopla con una fuerza que impresiona. Las calles están casi vacías, apenas pasan coches. Ese silencio raro, cuando debería haber movimiento, da una sensación… no de miedo, no. De respeto.

Respeto por la naturaleza cuando decide recordarnos que ella manda.

Hace un día precioso, además. Sol, luz, nada de frío. Si miras por la ventana parece un día perfecto para pasear. Pero basta ver cómo se mueven los árboles, cómo se doblan, cómo vuelan cosas que no deberían volar… para entender que hoy no toca.

Estoy viendo las noticias y han caído muchos árboles. Incluso hay personas accidentadas. Y entonces una piensa: no hace falta demostrar nada. No pasa nada por quedarse en casa.

Coco y yo lo hemos tenido claro.

Hoy sus cositas la hará aquí, en su rincón preparado. Y nosotros nos quedamos juntitos, en nuestro refugio seguro, viendo cómo el viento hace de las suyas ahí fuera.

Hay días para salir a comerse el mundo…
y hay días para recogerse y cuidarse.

Y hoy es un día de esos.

Coco me mira como diciendo: “Pues no se está tan mal aquí, ¿eh?”. Y tiene razón. A veces el mejor plan es estar en casa, sabiendo que estamos bien.

El viento pasará.
Y cuando pase, volveremos a pasear.

Pero hoy… hoy toca respeto.



lunes, 9 de febrero de 2026

La belleza de mi soledad


Hoy he estado pensando en la soledad.

En esa palabra que a muchos les asusta, pero que a mí, con el tiempo, me ha enseñado a vivir en paz.

Yo estoy sola, sí. Mi hijo está a muchos kilómetros de distancia. Tengo a Coco, que me acompaña fielmente, aunque cuando le hablo no me contesta… me ladra. Y aun así, no me siento vacía.

He aprendido que la soledad no llega de golpe ni se acepta sola. La soledad se trabaja. Cuesta mirarla de frente, entenderla y, sobre todo, reconciliarte con ella. Y yo lo he hecho. Poco a poco, a mi ritmo.

A mí me gusta mi soledad. La amo.

Porque en esta solitud, que no es lo mismo que sentirse solo, no tengo obligaciones impuestas ni horarios marcados. No hay nadie esperando a que coma a una hora concreta. Puedo comer a la una, a las cuatro o cuando me apetezca. Puedo irme a dormir a las nueve, a las doce… o quedarme dormida en el sofá viendo una película sin que nadie me diga: “vente a la cama”. Nadie me riñe. Nadie me exige explicaciones.

Mi casa es sencilla, pero está hecha a mi medida. Llena de amor. De mis cosas de coser, de mis libros, de mis pinturas, de mis pequeños desórdenes que son mi orden. Nadie me dice que quite nada de en medio. Me levanto cuando quiero, como lo que quiero y, si un día me apetece comer en un bar, salgo y lo hago. Sin más.

La soledad no es mala cuando aprendes a convivir con ella. Puede ser incluso bonita.

Claro que a veces echo en falta un comentario compartido viendo una película, ese “mira, ahora va a pasar esto”. Pero entonces sonrío y me lo digo yo misma. Y sigo.

He aprendido algo muy importante: si uno no aprende a ser feliz cuando está solo, tampoco lo será cuando esté acompañado.

Yo soy feliz aquí, en mi casa, en mi vida tal y como es ahora. No sé qué pasará dentro de unos años. Tal vez eche de menos otras cosas, tal vez no. Pero esta es la vida que me ha tocado vivir hoy, y he decidido aceptarla.

Porque no aceptar lo que es, solo trae tristeza.

Yo he aceptado mi vida. Vivir sola. Y estoy contenta. Me lo he trabajado, he aprendido y no necesito nada más. Solo dar gracias cada día a Dios por un nuevo amanecer y disfrutarlo como venga.

Algunos días con grandes planes, otros días solo con un paseo con Coco. Y otros, simplemente estando.

Y eso, para mí, también es felicidad.




domingo, 8 de febrero de 2026

Comida de amigos… y risas sin freno


Hoy Coco y yo hemos tenido un día de esos que deberían venir con etiqueta de “peligro: felicidad extrema”. Empezamos con un paseo mañanero: Coco olisqueando todo como si fuera inspector de aromas, y yo intentando recordar si había cerrado la puerta de casa o si la llave se había escondido otra vez.

Llegamos a la barbacoa de mi amiga especial, que celebraba su “no cumpleaños”, porque el verdadero es el martes 9 y cantar cumpleaños antes sería casi un crimen social. Hoy era simplemente comida de amigos, y vaya si se notaba: risas por aquí, chistes por allá, miradas cómplices y algún que otro comentario travieso que solo nosotros entendemos.

La mesa era un espectáculo digno de aplausos: vermut rojo que desaparecía misteriosamente en los vasos (¿mágico?), olivas que se movían solitas como si tuvieran vida propia, patatas crujientes que gritaban “¡cómeme ya!”, y espárragos que jugaban a esconderse. Y después llegó la barbacoa: cordero, pollo y aromas que nos hacían correr hacia la parrilla como si fuéramos imanes de olor.

Coco tuvo su banquete privado: su comida húmeda más un poquito de pollo que yo le di, y puedo jurar que se relamía pensando “humana, otra vez lo has hecho perfecto” Cada bocado parecía un concierto de sabores caninos, y yo no podía parar de reír con su entusiasmo exagerado.

Llegó el momento dulce: el pastelito que llevé yo, sin velas, y un brindis con cava que resonó como un himno a la amistad. Cada sorbo y cada risa nos recordó que los días así no se olvidan nunca.

Entre chistes, risas, anécdotas y ocurrencias de todo tipo (como cuando alguien dijo que el pastel parecía sacado de un museo de dulces y todos fingimos que éramos críticos gastronómicos). 

Luego vino la parte más épica: recoger la barbacoa. Sí, sí, también contamos los tenedores rebeldes que se escondieron, y las servilletas que decidieron salir volando con el viento como si fueran globos de fiesta. Coco se hizo su siesta de rey, y yo regresé a casa con el corazón lleno, pensando que estos días son tesoros disfrazados de rutina.

Moraleja explosiva del día: buenos amigos, buena comida, risas descontroladas y un perro inspector de aromas = felicidad instantánea garantizada.




viernes, 6 de febrero de 2026

Aprender sin expectativas.


He empezado un curso nuevo.
Un curso de mediunidad.

Y no, no porque espere convertirme en nada extraordinario, ni porque tenga que llegar a ningún sitio concreto. Lo he empezado por algo mucho más sencillo y mucho más mío: porque me gusta aprender.

Siempre he sido así. Tengo la mente inquieta, curiosa, con ganas de saber cómo funcionan las cosas, aunque luego decida quedarme solo con una parte… o con ninguna. Aprender, para mí, no es una meta, es un camino. Y en ese camino voy ligera, sin mochilas de exigencias.

Estoy haciendo este curso desde un lugar muy tranquilo.
Cogiendo lo que me suma.
Dejando ir lo que no me resuena.
Sin obligarme a creer, a sentir ni a demostrar nada.

No espero resultados.
No me empeño en llegar a ser nada concreto.
No hay prisa, ni presión, ni expectativas.

Solo curiosidad.
Solo ganas de escuchar, de observar, de entender un poco más… o simplemente de confirmar que hay cosas que no son para mí, y también está bien.

Aprender no debería quitarnos paz. Al contrario: debería ampliarnos la mirada y dejarnos elegir con libertad. Y así es como estoy viviendo este curso: con calma, con respeto hacia mí misma y con la alegría de seguir siendo una mujer que no se conforma con dejar de aprender.

Porque mientras tenga curiosidad, sigo viva.
Y eso, para mí, ya es suficiente.




No son las personas felices las que agradecen; son las personas agradecidas las que son felices

Hay frases que, cuando las lees, sientes que te describen. Como si alguien hubiera puesto en palabras algo que tú ya sabías por dentro, per...