Cada amaner, antes incluso de abrir bien los ojos, siento como si Dios me susurrara:
“Venga, hija… aquí tienes un día nuevo para disfrutarlo.”
Y yo, todavía entre sueño y sueño, le doy las gracias de corazón, porque cada mañana que Él me regala es un regalo único.
Me incorporo despacito, y ahí está Coco, mi pequeño guardián de cuatro patitas, mirándome como diciendo: “Venga, que aquí estoy contigo.”
Y pienso en Borja, tan lejos, a tantos kilómetros… pero fuerte, sano y cumpliendo su camino.
Y eso me serena el alma.
Mientras me arreglo, siento como si la vida me recordara:
“No pierdas la ilusión, Amalia, que aún te quedan momentos preciosos por delante.”
Y entonces sonrío, aunque sea un poquito, porque sé que es verdad.
Cada día tengo motivos para agradecer: a Dios por despertarme, por Coco por acompañarme y a mi hijo por seguir adelante, aunque esté lejos.
Mientras Dios me dé una mañana más, yo seguiré caminando con fe, con agradecimiento y con esa alegría mía que, aunque a veces se esconda, siempre vuelve a salir.






