El blog de Alma Buendía Soleado

domingo, 3 de mayo de 2026

Las madres nunca se van del todo


Hay algo que una entiende con el tiempo, con la vida, con los años… y es que las madres no se sustituyen. No hay nadie como ellas. No hay otra voz igual, ni otra forma de mirar, ni otra manera de estar en el mundo.

Mi madre era una mujer especial. De esas que parecen pequeñas cosas, pero lo son todo. Era presumida, sí… incluso para fregar las escaleras se ponía tacones y se arreglaba un poco, como si la vida siempre mereciera elegancia. En casa iba con su bata, cómoda, sencilla, pero en la calle siempre estaba impecable. Era así: cuidaba los detalles, pero sobre todo cuidaba a los demás.

Y era buena. Muy buena. De esas personas a las que todo les parece bien, que no guardan enfados, que siempre están dispuestas a ayudar. Caprichosa a veces, como yo… “ahora quiero un pintalabios”, “ahora una camisa”… y me hace sonreír reconocerme en ella.

Para mí sigue viva. No es una frase hecha. Es real. La siento conmigo. La llevo en el corazón y en muchas de mis decisiones diarias. A veces le hablo en silencio:
“Mamá, ¿esto está bien hecho?”
“Mamá, ¿estarías orgullosa de mí?”

Y cuando salgo a pasear, sin pensarlo, le digo:
“Mamá, ven conmigo.”

Y siento que viene.

Porque las madres son eso: presencia que no se apaga. Amor que no se rompe. Vida que sigue en nosotros.

Yo sé que ella dio su vida por mí, como yo intento dar la mía por mi hijo. Y entiendo ahora que eso es lo más grande que puede hacer una persona: amar así, sin condiciones, sin medida.

Las madres no se van. Se transforman en compañía invisible. En conversación interior. En calma. En raíz.

Y en mi caso, en cada paso que doy, ella sigue caminando conmigo.

Feliz Día de la Madre.
Mamá, no te olvido.
A ti, Carmen, presumida, coqueta… la más buena del mundo.


Cuidad mucho de vuestras madres.

Decidles que las queréis, escuchadlas, abrazadlas todo lo que podáis.

Porque cuando faltan… se las echa de menos cada día.

Una madre es insustituible.
Y su amor… ese no se olvida nunca.

lunes, 27 de abril de 2026

La vida está para celebrarla (aunque sea en pequeñito)


Yo soy de las personas que celebran todo. Y cuando digo todo, es todo de verdad.

No necesito grandes acontecimientos para hacer una fiesta, porque la vida ya me regala motivos cada día, en cosas sencillas que antes quizá pasaba por alto, pero ahora sé verlas.

Si llega un paquete a casa con cosas que he comprado con ilusión, para mí eso ya es un momento bonito. Me gusta abrirlo despacio, mirar lo que hay dentro, tocarlo, disfrutarlo… y si puedo, compartirlo con las personas que quiero. Porque lo sencillo, cuando se comparte, sabe mejor. Y si Coco está por allí, él también se entera de que “algo bueno pasa en casa”, porque se le nota en la mirada y en cómo me sigue por el pasillo como diciendo: “aquí está ocurriendo algo interesante”.

Si me compro una tomatera y empieza a crecer, eso ya es una celebración. Ver cómo la planta se estira poquito a poco, cómo aparecen las primeras hojas, cómo la vida hace su trabajo sin prisas… eso me emociona. Y cuando empiezan a salir los tomates, todavía más. Es como si la planta me dijera: “ya estoy lista”. Y entonces yo siento que eso también hay que celebrarlo. Porque no es solo una planta: es cuidado, paciencia y vida. Y sí, Coco también lo celebra conmigo, porque se sienta cerca, tranquilo, como acompañando el momento.

Y cuando por fin llegan los tomates a la mesa, entonces sí: otra fiesta. Una fiesta sencilla, de las que me gustan a mí, de las que no necesitan nada complicado, solo estar viva, bien acompañada de personas que quiero y disfrutarlo.

Si compro algo nuevo para casa, un cuadro, un detalle, un cambio pequeño… también lo celebro. Porque no es solo un objeto: es algo nuevo que entra en mi vida, que cambia mi casa, que me hace ilusión. Y yo soy de las que creen que cuando algo te da alegría, merece un momento especial.

También celebro cosas que pueden parecer tontas para otros, pero para mí no lo son: mover un mueble de sitio, ordenar un rincón, preparar una comida sencilla, o incluso tener un día tranquilo en casa con Coco a mi lado.

Porque Coco está siempre conmigo en estas “fiestas de la vida”. Él no necesita entenderlo, simplemente lo vive. Si yo estoy contenta, él está tranquilo. Si yo me siento feliz, él lo nota. Y si yo celebro algo, él lo acompaña a su manera, con su presencia, con su calma, con su forma de estar cerca.

Yo he aprendido algo muy importante: la vida no está hecha solo de grandes momentos.
La vida está hecha de pequeños instantes que, si los miras bien, ya son una fiesta.

Y yo he decidido algo muy claro: vivirlos así.

Celebrar lo pequeño.
Celebrar lo sencillo.
Celebrar lo cotidiano.
Celebrar la vida.

Y si Coco está conmigo… entonces la fiesta ya está completa.




jueves, 23 de abril de 2026

Sant Jordi: la historia de las rosas, los libros y el amor



Hoy en Cataluña se celebra una de las tradiciones más queridas y luminosas del año: Sant Jordi.

Es un día en el que las calles se llenan de libros, rosas y gente que camina con una ilusión sencilla: la de compartir algo bonito con alguien importante en su vida.

La historia nace de una antigua leyenda. Se cuenta que en un pueblo vivía un dragón que sembraba miedo entre sus habitantes. Cada día exigía un tributo para no atacar la ciudad, y el pueblo, sin otra salida, iba cediendo a su voluntad. Hasta que un día apareció un caballero, Sant Jordi, que decidió enfrentarse a la criatura para liberar a la gente de ese temor.

En la lucha, el dragón fue vencido, y de su caída brotó una rosa roja. Sant Jordi la tomó entre sus manos y la ofreció a la princesa. De ese gesto nace el símbolo que hoy sigue vivo en esta celebración.

La tradición que ha llegado hasta hoy. 

Con el paso del tiempo, esta leyenda se convirtió en una costumbre profundamente arraigada.

En Sant Jordi, se acostumbra a regalar una rosa y un libro como símbolo de afecto y cultura. Tradicionalmente, la rosa se ofrece a la persona querida, y el libro como un gesto de admiración o amor hacia quien lo recibe.

Pero con los años, esta tradición se ha abierto y se ha hecho más amplia, más humana y más libre.

Hoy una rosa o un libro puede regalarse a muchas formas de amor: a una pareja, sí, pero también a una madre, a un padre, a un hijo, a una hija, a un amigo o a una amiga. A alguien que forma parte de nuestra vida de una manera especial.

Porque el amor no tiene una única forma ni un único destino. Se expresa en gestos pequeños, en detalles sencillos, en la intención de hacer sentir bien a otra persona.

Un día para caminar entre historias.

Sant Jordi transforma las ciudades. Las librerías salen a la calle, los libros se abren como ventanas, las rosas aparecen en cada esquina y la gente pasea con una sonrisa distinta.

No es solo una fiesta cultural. Es un recordatorio de que las historias nos unen, de que la lectura nos acompaña y de que el cariño también se celebra.

Es un día en el que lo cotidiano se vuelve especial sin necesidad de grandes cosas, solo con la voluntad de compartir.


Quizá por eso Sant Jordi permanece vivo generación tras generación. Porque nos recuerda algo esencial: que dar es una forma de querer, y que el cariño, cuando se comparte, siempre vuelve de alguna manera.

Y en ese gesto sencillo de una rosa o un libro, hay un pequeño acto de humanidad que ilumina el día.



miércoles, 22 de abril de 2026

Hoy la tristeza viene a visitarme


Hoy me invade una tristeza suave, de esas que llegan sin avisar y sin motivo claro. Y lo curioso es que, si miro mi vida, no me falta nada importante: tengo un hogar, tengo comida, tengo a Coco a mi lado, sano y feliz… y, sin embargo, el corazón hoy está un poco más apagado.

A veces es así. La tristeza aparece aunque la vida esté en orden, como si viniera a recordarnos que somos humanos, que sentimos, que echamos de menos, que hay personas lejos que quisiéramos cerca, que hay abrazos que necesitamos y que la distancia no nos deja dar.

Y no pasa nada por sentirlo. No hay que buscarle siempre una explicación ni luchar contra ello. Hoy simplemente está aquí, acompañándome un rato.

Pero incluso en estos días, hay algo que se mantiene firme dentro de mí: la certeza de que todo pasa. Que la tristeza no se queda a vivir para siempre. Que igual que ha llegado hoy, también se irá.

Porque la vida no es solo alegría o solo calma. La vida también es esto: días suaves, días raros, días en los que el alma se recoloca sin que una lo entienda del todo.

Y aun así, incluso en medio de esta sensación, sigo pensando que la vida es bonita. Que mañana será diferente. Que mañana vuelve la luz un poco más fuerte, y con ella, poco a poco, también yo.

Así que me quedo con esto: hoy siento tristeza, pero sigo confiando en la vida. Y en que todo, incluso esto, también pasa… y deja paso a algo mejor.



sábado, 11 de abril de 2026

Hoy no hace falta ser perfecto


Hoy hace sol.
Un sol bonito, de esos que iluminan sin deslumbrar.
También hace viento, y cuando te da en la cara notas ese fresquito que despierta, que espabila y que te recuerda que estás viva.

Coco y yo hemos salido a pasear.
Como casi siempre.
Sin grandes planes, sin reloj, sin exigencias.
Él, feliz, oliéndolo todo como si cada paseo fuera el primero.
Yo, caminando despacio, mirando el cielo, agradeciendo el momento.

Y he pensado en algo muy sencillo, pero muy importante:
hoy no hace falta ser perfecto.
Hoy hace falta ser real.

No hace falta hacerlo todo bien.
No hace falta llegar a todo.
No hace falta demostrar nada a nadie.
Hace falta estar. Sentir. Respirar.

Ser real es agradecer el café calentito de la mañana.
Es notar el aire fresco en la cara.
Es permitirte ser como eres hoy, sin corregirte, sin regañarte.

La vida no siempre pide hazañas.
Muchas veces pide presencia.
Pide que no te pierdas el día por estar pensando en cómo debería ser.

Y no, mi corazón no está cansado.
Mi corazón está lleno de ganas.
Ganas de vivir, de aprender, de estudiar, de hacer planes.
Ganas de salir, de descubrir cosas nuevas, de seguir creciendo.
Porque la edad no se mide en años, se mide en ilusión.

Al final, pase lo que pase, tú decides:
si miras el día con exigencia…
o si lo miras con cariño.

Si dejas que te pese…
o si lo conviertes, tal como viene,
en una bendición pequeña, sencilla y real.




miércoles, 8 de abril de 2026

Vivir sin máscara

A veces siento que hay cosas que me muero por decir en voz alta… aunque puedan incomodar.
Aunque hagan que más de una persona se mueva en su silla.

Porque hay temas que nadie quiere tocar,
pero curiosamente son los que más nos hacen pensar.
Si somos sinceras… en algún momento todas hemos jugado a ser alguien que no somos.

No porque seamos falsas.
Sino porque así nos enseñaron.

Nos enseñaron a mostrarnos fuertes, incluso cuando estamos hechas pedacitos.
A decir “todo bien” aunque sepamos que no lo está.
A cuidar cada palabra, cada gesto, cada historia…
porque siempre hay ojos observando, comparando, criticando.

Y aprendimos otra cosa, aunque nadie nos lo dijera claramente: no todos los que preguntan “¿cómo estás?” realmente quieren saber la verdad.

Hay quienes preguntan por educación.
Otros por simple curiosidad.
Y algunos… por morbo.

Seamos honestas: hay gente a la que le molesta verte brillar.

Si celebras un logro con emoción, si cuentas algo que te salió bien, si presumes tu esfuerzo que tardó años en dar frutos… algunos te escuchan con sonrisa amable mientras por dentro piensan: “¿y por qué ella sí ha conseguido ese éxito”

Sí… la envidia existe.
No siempre se nota, no siempre se grita.
A veces se esconde en un consejo, un silencio raro, una sonrisa que no llega a los ojos.

Y también existe algo aún más triste: personas que viven en una vida que no es suya.

Que aparentan felicidad que no sienten.
Que muestran estabilidad que no tienen.
Que venden un estatus solo para que otros lo vean.

Gente que no dice dónde vive porque no coincide con la imagen que proyecta.
Que se endeuda para parecer.
Que siempre se compara.
Que vive más preocupada por lucir que por ser.

Qué cansado debe ser vivir así.
Porque al final del día, cuando se apagan las luces, cuando el teléfono deja de sonar
y las redes se silencian… cada uno queda solo con su verdad.

Y aquí viene la lección que los años enseñan: ¡qué maravilla es ser auténtica, carajo!
No perfecta.
No impecable.
No admirada por todos.
Simplemente real.

Real cuando estás feliz.
Real cuando estás cansada.
Real cuando todo va bien y también cuando no.

No tienes que contar tus problemas a medio mundo.
Pero tampoco cargar con una felicidad inventada.
No presumir lo que tienes no te hace menos.
No competir todo el tiempo no te hace menos.
No tener la vida perfecta de Instagram te hace libre.

Libre de mentiras.
Libre de comparaciones.
Libre de intentar impresionar a gente que muchas veces ni se alegra por ti.

Y cuando empiezas a vivir de verdad, sin máscaras… la vida se siente más ligera.
Más simple.
Más bonita.
Y sí, puede incomodar a algunos…




sábado, 4 de abril de 2026

Hoy me emocioné de verdad


Hoy quiero contaros algo que me ha llegado al corazón.

Mateo, un lector de mi libro, me escribió algo que me dejó sin palabras. Me dijo que al leerme era como escucharme hablar: con mis expresiones, mi risa, mi manera de decir las cosas. Que era la primera vez que leía un libro y conocía a la autora… y que le había inspirado mi forma de seguir adelante, de levantarme una y otra vez en la vida.

Y terminó diciéndome algo que me hizo temblar de emoción: que se siente orgulloso de conocer a personas… ángeles como yo.

No os voy a engañar…  se me saltaron las lágrimas. 💛

Porque yo soy así: fuerte, sí. Muy fuerte. A veces contestona, también.
Pero por dentro… llevo una sensibilidad enorme.

Y cuando alguien te ve de verdad, cuando alguien conecta contigo de esa manera… eso no se puede explicar, se siente.

Me hizo pensar que muchas veces no somos conscientes de lo que transmitimos a los demás. De cómo nuestra forma de vivir, de luchar, de seguir adelante… puede servir de inspiración sin darnos cuenta.

Yo solo soy yo. Con mis días buenos, mis días menos buenos, mis risas, mis miedos… pero siempre intentando seguir adelante.

Y si con eso puedo tocar el corazón de alguien, aunque sea un poquito… ya ha valido la pena todo.

Gracias, Mateo.
Y gracias a la vida por poner en mi camino personas tan bonitas.

Porque al final… de eso va todo esto: de sentir, de compartir y de emocionarnos juntos.


Las madres nunca se van del todo

Hay algo que una entiende con el tiempo, con la vida, con los años… y es que las madres no se sustituyen. No hay nadie como ellas. No hay o...