Hay días en los que no pasa nada extraordinario.
Y, sin embargo, pasa la vida.
Hoy ha sido uno de esos días sencillos, de los que no salen en ninguna fotografía especial ni tienen una historia espectacular que contar. Nos hemos levantado, nos hemos duchado, he recogido y arreglado la casa y, cuando ya estaba todo más o menos en su sitio, Coco y yo nos hemos ido a dar nuestro paseo.
Hoy ni siquiera hemos parado a tomar nuestro café. Hacía un poquito de viento y la verdad es que no apetecía demasiado quedarse sentados por ahí. Así que paseo, vuelta a casa y a seguir con nuestro día.
Hemos comido tranquilamente, después ha caído una buena siesta —porque una siesta bien hecha también debería considerarse patrimonio de la humanidad— y luego me he puesto a escribir.
Y mientras escribía he pensado en una cosa: qué poco necesitamos algunos días para sentirnos bien.
No ha habido grandes conversaciones, ni visitas, ni planes especiales. No hemos hecho nada que, contado así, parezca extraordinario.
Pero Coco estaba ahí.
Y eso ya cambia las cosas.
Porque hay compañías que no necesitan palabras. Coco no me pregunta cómo estoy, no me da consejos, no me dice que debería hacer esto o aquello. Tampoco me lleva la contraria, que eso ya es una ventaja considerable. 😂
Él simplemente está.
Está cuando me levanto, cuando hago las cosas de la casa, cuando salimos a pasear, cuando descanso y cuando me siento delante del ordenador a escribir.
A veces se tumba cerca de mí y se queda tan tranquilo. O me mira con esos ojitos suyos como si entendiera perfectamente todo lo que pasa por mi cabeza.
Y quizá no entienda nada.
Pero tampoco hace falta.
Hay momentos en los que sentirse acompañado no significa estar hablando continuamente. Significa saber que hay alguien al otro lado del sofá. Alguien que respira, que te mira, que te sigue por la casa y que, aunque no pueda decir una sola palabra, consigue que el silencio no parezca vacío.
Creo que con los años aprendemos a valorar precisamente esas cosas.
Antes quizá pensábamos que para disfrutar había que salir, hacer planes, conocer sitios, tener siempre algo que contar.
Ahora descubres que también puede ser un día maravilloso levantarte, arreglar tu casa, salir a pasear con tu perro, comer tranquilamente, echarte una siesta y sentarte después a escribir unas palabras.
Sin ruido.
Sin prisas.
Sin necesidad de que ocurra nada más.
Porque quizá la felicidad no siempre llega haciendo ruido. A veces se instala despacito en una tarde cualquiera, se tumba a nuestros pies y se queda allí, acompañándonos.
Como Coco.
Y entonces entiendes que esos días que parecen tan sencillos son, muchas veces, los que más paz nos dejan.
Hoy no ha pasado nada especial.
Y qué bien.
Porque hoy simplemente hemos estado juntos.
Y eso, para mí, ya ha sido mucho.
El rincón de Amalia. 💞






