El blog de Alma Buendía Soleado

martes, 17 de marzo de 2026

La mano de Dios

Esta canción nació en un momento cualquiera… o quizá en uno muy especial.
Entre pensamientos, recuerdos y ese silencio que a veces acompaña.

La hice sin pensar demasiado, dejándome llevar…
y al final me di cuenta de que hablaba de mí.

De lo que duele, de lo que sana,
de la fe que sostiene y del amor que siempre vuelve.

Porque aunque a veces lo olvidemos,
nunca estamos solos.

Y hoy, con una sonrisa y alguna lagrimita,
me abrazo fuerte y doy gracias…
porque sigo aquí, sintiendo, viviendo y creyendo.





lunes, 16 de marzo de 2026

Nicolás, 93 años… y sus ilusiones felices



Y ya te digo desde el principio: es un hombre encantador.
Claro, a su edad repite mucho las cosas… pero yo siempre digo: a ver cómo estoy yo cuando tenga 93. Que con 66 ya me dice mi hijo que repito historias tres veces… así que cuando llegue a los 93, ¡seguro que ni me acuerdo de qué hablo!

Nicolás es muy cariñoso. Siempre que viene a verme me compra helados, le hace mil caricias a mi Coco y se queda charlando un ratito.

A mí es que las personas mayores me pueden.
Los mayores, los niños y los animalitos… conmigo lo tienen fácil, porque me tocan el corazón enseguida.

Algunas tardes voy a su casa con Coco y nos sentamos un ratito a escucharlo.
Y entre conversación y conversación, me cuenta algo que me deja con una sonrisa: tiene una amiguita de 48 años.

Según él, hacen unas cositas… que oye, ni las parejas de treinta. 

Yo lo escucho muy seria, como si estuviera oyendo un documental importante.
Por dentro pienso: “Amalia, con 93 años ya no está uno para muchos trotes…”

Pero luego me digo: ¿y quién soy yo para quitarle la ilusión a un hombre de 93 años?

Si él es feliz contándomelo, pues yo lo escucho.

Y cuando termina su historia le digo:
—Ay, Nicolás… pues si tú eres feliz con esa mujer, adelante.

Eso sí, también le digo:
—Pero cuida el dinerito, ¿eh? Él es un hombre con una economia muy solvente, pero nadie le ha regalado nada, él con su trabajo y esfuerzo se ha ganado todo lo que tiene. Que el dinero es tuyo. No vaya a ser que la muchacha tenga más interés en la cartera que en el corazón.

Y él se ríe.

La gente cuando lo cuento me dice: “¡Bah! Ese hombre es un fantasma.”
Puede ser. No digo que no. Con 93 años ciertas hazañas son… digamos, complicadas.

Pero a mí me da igual.

Porque durante media hora ese hombre está feliz.
Me cuenta sus historias, se ríe, acaricia a Coco, me invita a un helado… y se siente acompañado.

Y cuando me voy a casa pienso algo muy sencillo:
si en esta vida podemos regalarle a alguien un ratito de alegría… ¿por qué vamos a quitárselo?

Aunque la historia tenga un poquito de imaginación.
Yo no soy nadie para quitarle la ilusión a un hombre de 93 años.

Al contrario.

Si él sale de esa conversación sintiéndose joven, acompañado y un poco más feliz… entonces la tarde ha merecido la pena.
Y yo también me voy a casa contenta.

Porque a veces la felicidad no está en que las historias sean verdad.
Está en que alguien tenga ganas de contarlas y alguien tenga el corazón para escucharlas.

Si una historia hace feliz a quien la cuenta…
¿quién soy yo para quitarle esa ilusión, aunque no sea del todo verdad?



miércoles, 4 de marzo de 2026

Cuando eres feliz, el sitio más humilde es un palacio


Hoy he leído una frase que me ha encantado:
"Cuando eres feliz, el sitio más humilde es un palacio para ti."

Y ¡ay, qué cierto es! La felicidad no tiene nada que ver con paredes enormes, muebles caros o joyas brillantes. La felicidad se siente dentro, y puede aparecer en cualquier rincón: en tu casa, en un parque, en una terraza con un café calentito… o simplemente mientras Coco me mira con esos ojitos llenos de amor. 🐾

A veces nos olvidamos de lo simple, de esos pequeños instantes que hacen que nuestro corazón diga: “¡Aquí estoy, y me encanta!” Un paseo sin prisas, una conversación que te hace reír, o incluso sentarte a escribir tus pensamientos en un cuaderno… eso puede ser más palacio que cualquier castillo de ensueño.

Yo lo he comprobado muchas veces: cuando estás contenta, curiosa, agradecida y con ganas de vivir, cualquier sitio se llena de luz. Incluso el rincón más humilde puede convertirse en un lugar mágico. Y eso, amiga, no hay dinero que lo compre.

Así que hoy te invito a mirar tu día con ojos de palacio:

  • Sonríe aunque el sitio sea pequeñito.

  • Celebra lo sencillo, que lo grande está en los detalles.

  • Disfruta de lo que tienes y de quien tienes cerca, sin exigencias, sin comparaciones.

Porque al final, la vida no se mide en metros cuadrados ni en lujos. Se mide en momentos felices, en risas compartidas, en cariño que se siente y en curiosidad que nunca se apaga.

Y si lo piensas bien… ¿no es eso precisamente un palacio completo y brillante?




viernes, 27 de febrero de 2026

He terminado mi curso de mediunidad



Hace un tiempo, en el blog, hablamos de la mediunidad… y yo contaba que me había apuntado a un curso por pura curiosidad y ganas de aprender. Pues bien, ¡ya lo he terminado!

Quiero compartir con vosotros esta experiencia, porque ha sido muy bonita y enriquecedora. La mediunidad no da miedo; simplemente es un camino de conocimiento y práctica. Yo no pretendo dedicarme a ello profesionalmente, pero me encanta aprender, explorar y disfrutar cada descubrimiento. A mis 66 años sigo con la ilusión de aprender algo nuevo cada día.

El curso ha sido muy completo: cuatro jueves, cuatro horas cada jueves, con un grupo de 18 personas encantadoras. Cada sesión era distinta, siempre con ejercicios de intuición, telepatía y prácticas que nos invitaban a escuchar, sentir y conectar. Lo más bonito ha sido compartir estos momentos con mis compañeros y compañeras, sentir la energía del grupo, y darme cuenta de cómo cada uno aporta algo único al aprendizaje.

Recuerdo cómo nos sorprendíamos en algunos ejercicios, cómo descubríamos cosas sobre nosotros mismos y cómo aprendíamos a respetar y aceptar los límites de cada persona. Ha sido un espacio seguro para crecer, para experimentar y para aprender sin miedo.

Hoy estoy muy contenta de haberlo hecho, de haberme atrevido a probar, y disfruto muchísimo de mi diploma. Es otro recuerdo, otro aprendizaje, otra alegría que sumar a mi vida. Y también un recordatorio de que la curiosidad y la apertura nunca tienen edad, que siempre podemos explorar, conocer y conectar, si nos dejamos llevar con respeto y amor por lo que hacemos.

Aprender no tiene edad, y la curiosidad siempre nos hace crecer. Este curso me ha enseñado eso, y mucho más: a valorar la paciencia, la empatía, la escucha y la conexión con los demás. Estoy agradecida por la experiencia y por cada persona que compartió conmigo estos cuatro jueves de aprendizaje.

Hoy, al recibir mi diploma, sentí una mezcla de alegría, orgullo y gratitud. Gratitud hacia Cristian, nuestro profesor, por su paciencia, su cariño y su guía, y hacia todas las personas que compartieron conmigo estos jueves. Me siento afortunada de haber podido conectar con seres que están en otra dimensión, de aprender a escuchar y a transmitir mensajes, y de dar un poquito de felicidad a quienes lo necesiten. Esta experiencia me recuerda que, más allá de aprender técnicas, lo más valioso es poder ayudar y acompañar a otros, aportar luz y cariño donde se pueda. Y eso me llena de emoción y de ganas de seguir aprendiendo, cada día un poquito más.



jueves, 26 de febrero de 2026

Hoy he negociado con un caniche


Hoy el paseo no ha sido largo. No porque no tuviéramos ganas… sino porque estábamos esperando un paquete. Y claro, cuando una espera al mensajero, no puede hacerse la interesante por la calle como si el mundo no dependiera de un timbre.

Así que hemos salido Coco y yo con intención de “paseíto corto”.
Pero alguien no estaba de acuerdo con el plan.

Llegamos a la puerta de casa… y Coco se plantó.

Plantado.

Con esa postura de:
— Yo entrar… no lo veo.

Le digo:
— Venga, Coco, que tenemos que estar en casa.
Y él:
— Una esquina más.

Y allá que vamos hasta la esquina.

Volvemos a la puerta.
Se vuelve a frenar.
— Otra esquina.

Y yo pensando: “Este perro cree que soy negociadora internacional.”

Fuimos a la otra esquina. Volvimos. Se volvió a parar.
Si hubiera habido una tercera esquina, también la habríamos hecho.

Pero no. Hoy no podíamos estar más rato en la calle. El paquete estaba al caer y si llaman y no estoy… me da algo. Así que, con amor, con paciencia… y tirando un poquito de la correa, he ganado yo.

Victoria humana.
Derrota canina temporal.

Pero mientras tiraba suavemente de él, me di cuenta de algo precioso: a Coco le gusta la calle. Le gusta oler, mirar, vivir. Es más callejero que yo. Él no entiende de paquetes ni de horarios. Solo entiende de momento presente.

Y eso me hizo sonreír.

Porque mientras yo pensaba en “¿y si viene el mensajero?”, él pensaba en “¿y si hay algo maravilloso en la siguiente esquina?”.

Y quizá tiene razón.

A veces vivimos con prisas por cosas que están por llegar…
y la felicidad está en una esquina más.

Hoy he ganado yo porque el paquete manda.
Pero mañana, si no hay timbre que nos ate, igual gana él.

Y nos vamos a todas las esquinas del barrio.

“Hoy ganó el paquete… pero mañana, Coco y yo conquistamos el barrio.”





miércoles, 25 de febrero de 2026

Si mi café hablara

Si mi café de la mañana hablara…
igual me daría un abrazo o me diría:
“Tranquila, mujer, que aún no es hora de exigirse nada”.

Porque una se levanta con la cara de recién aterrizada en el día, el pelo en modo “aquí ha pasado algo mientras dormía”, y las zapatillas… ay, las zapatillas.
¿Quién decidió que tienen derecha e izquierda?
Porque yo las veo iguales, las siento iguales
y camino igual de torcida con cualquiera.
Capaz llevo media vida poniéndomelas cambiadas
y nadie me ha avisado.

Menos mal que está el café.
Ese que no juzga, no pregunta ni señala ojeras ni canas nuevas.
No dice:
—“¿Te has peinado?”
—“¿Y la crema?”
—“¿Eso es nuevo?”
No.
El café llega, humea, me mira con cariño
y me dice sin palabras:
“Siéntate, respira… ya te irás poniendo en marcha”.

A estas alturas, mi ritual mañanero es sagrado:
café caliente, zapatillas con identidad dudosa
y la dignidad recolocándose poco a poco.
Así que no importa si el espejo hoy no coopera,
si el maquillaje ha decidido no venir o si el pelo va por libre.

El café nos ve tal cual estamos y aun así nos quiere.
Y con eso, amigas, la mañana ya empieza ganando.

Que tengáis un día bonito, con o sin peinar,
con o sin zapatilla correcta, pero siempre… con café.



martes, 24 de febrero de 2026

Barbacoa feliz



Hoy no ha sido solo una barbacoa.
Ha sido cultura compartida. Ha sido abrir la puerta de mi tierra y decir: “Venid, que os enseño algo nuestro”.

Había dos personas que nunca habían comido calçots. No son de aquí, y quisimos hacer esta calçotada en su honor. Encendimos el fuego despacio, con calma, como se hacen las cosas que importan. Él se puso manos a la obra con los calçots, atento, curioso, como un alumno aplicado.

Antes, claro, hicimos lo que se debe: un vermut con patatitas, olivas y risas. Porque las cosas buenas empiezan siempre conversando.

Y luego llegó el momento.
Enseñar a comer calçots como se debe: con las manos, levantando el brazo, manchándose de salsa sin miedo. Porque eso une. Eso rompe la vergüenza. Eso te hace reír.

Los calçots no son solo cebollas largas.
Son un ritual. Son humo y sus llamas vivas Son invierno que se vuelve fiesta. Son tradición que se comparte. Y ver cómo ellos disfrutaban descubriendo algo nuevo… eso no tiene precio.

Después vinieron, la panceta, el pollo, los chorizos, entrecot … y un vinito negro que acompañaba las conversaciones. Y cuando la comida termina en canciones, es que el día ha sido redondo. Ellos son músicos, y acabamos cantando, riendo, sintiendo que la vida, cuando quiere, se pone generosa.

y por supuesto el final nuestro que es un buen "mojito"

Coco correteaba feliz.
Los perros lo notan todo. Notan cuando hay alegría de verdad, cuando el ambiente es bonito, cuando el corazón está en paz.

Y lo más curioso es que estamos en febrero… ¡y en manga corta! Como si el invierno también quisiera celebrar con nosotros.

Hoy doy gracias a Dios por la gente que me rodea, por mi Coco sano y feliz, por los calçots, por el fuego, por el vino, por la música… y por los días sencillos que se convierten en inolvidables.

Porque a veces la felicidad no hace ruido.
Solo huele a brasas, sabe a salsa y termina cantando.



La mano de Dios

Esta canción nació en un momento cualquiera… o quizá en uno muy especial. Entre pensamientos, recuerdos y ese silencio que a veces acompaña...