No soy escritora, solo cuento y relato mi vida.
Amo a mis perritos, me gustan las plantas y me gusta ser feliz.
No soy lo que escribo, soy lo que tú sientes al leerme.
Lo que de verdad me daría miedo no es envejecer, es llegar a esta edad sin haber vivido de verdad.
Sin esas carcajadas que te dejan sin aire, sin esas historias que se cuentan una y otra vez entre amigos, sin esas marcas en el alma que recuerdan lo fuerte que una ha sido.
No me da miedo el paso del tiempo, ni las canas que ya se asoman con descaro.
Porque cada una de ellas tiene su historia, y cada arruga guarda un momento que mereció la pena.
He aprendido que la vida no se cuenta por los años, sino por las veces que una se levanta, se limpia las lágrimas y dice:
“¡Venga, que todavía queda mucho por disfrutar!”.
No temo hacerme mayor, me asustaría más vivir con el corazón vacío, sin risas sinceras, sin abrazos que curan, sin esas sobremesas largas que huelen a café y a cariño.
Porque cuando se ha vivido con el alma encendida, los años no pesan: se celebran.
Ya no tengo prisa. Voy despacio, sí, pero con los ojos bien abiertos.
Miro el cielo, escucho el mar, acaricio a mi perrito Coco, y doy las gracias por cada nuevo amanecer.
No reniego de mis canas ni de mis cicatrices.
Ahora me miro al espejo y veo a una mujer que ha sentido, que ha perdido, que ha amado, y que ha sabido reinventarse con una sonrisa.
No, no me asusta hacerme vieja.
Porque mientras tenga ilusiones, mientras me emocione una canción, mientras tenga a quién abrazar y algo por lo que brindar, seguiré viviendo con las ganas de siempre, con la alegría de quien sabe que ha ganado la partida a la vida.
Aquí siempre hay un rinconcito para tus palabras… aunque sean pocas, siempre me alegra leerlas.
Hay días normales.
Y luego están estos días.
Los que no se planean, no se buscan… pero llegan.
Y cuando llegan, te remueven el alma, te desmontan por dentro y, aun así, te dejan una paz rara, bonita, difícil de explicar.
Hoy me levanté temprano.
Me duché, me arreglé, desayuné con calma. Mi compañero fiel, Coco y yo nos fuimos a pasear. Hacía mucho frío, de ese que se mete en los huesos, pero aun así fue un paseo tranquilo, de esos sencillos que ya son un regalo.
Después vinieron unos amigos, un matrimonio con sus dos hijas. Dos niñas encantadoras, educadas, tranquilas… Se quedaron en casa con Coco, que estaba feliz, mientras nosotros salíamos.
A las diez habíamos quedado en la puerta de mi casa: ellos, y tres amigas más. Llamamos a un taxi de seis plazas y nos fuimos todos juntos a otro pueblo.
Íbamos a una rueda de mensajes del médium Cristian Fernández.
Llegamos pronto… y la cola era enorme. Me impresionó ver cuánto mueve la mediunidad, cuánto necesita la gente consuelo, respuestas, esperanza.
Entramos al teatro. Muy grande.
Nos sentamos en la penúltima fila para estar los seis juntos. Y no, no hace falta estar delante: Cristian se mueve por todo el teatro, sube, baja, se para donde tiene que pararse.
Yo iba convencida, pero convencidísima, de que a mí no me iba a pasar nada.
Nada de visitas. Nada de mensajes.
Iba tan segura, tan negada, que incluso me iba riendo.
Mientras tanto, mis acompañantes decían:
—Ojalá venga mi madre…
—Ojalá venga mi padre…
Yo no.
Yo no quería.
No sé si por miedo, por respeto o porque no me sentía preparada.
Cristian empezó a dar mensajes. Historias durísimas. Una madre que había perdido a su hijo en un accidente de moto… y yo ya llorando, porque cuando una siente de verdad, el dolor ajeno también duele.
Y entonces pasó.
Cristian se paró justo en nuestra fila y dijo:
—A ver… ¿aquí hay alguien que me ha traído hasta esta fila?
Empezó a describir a una mujer.
Le di un codazo a Juan Carlos, tan fuerte que seguro le dejé morado.
Siguió describiendo… y otro codazo.
Yo lo sabía.
Era mi madre.
Y mi hermana.
Cuando dijo que esa mujer estaba acompañada… ya no tuve ninguna duda.
Levanté la mano. Le cogí la mano a Cristian.
No he temblado así en mi vida.
Me dolía la cabeza.
El cuerpo entero me vibraba.
Temblando.
Llorando.
Con miedo.
—¿Eres tú?
—Sí… es mi madre y mi hermana.
Me invitó a subir al escenario.
Dije que no.
No quería focos, ni miradas, ni que todo el mundo me viera llorar.
Al final, se sentó a mi lado.
Y ahí empezó todo.
Nunca he temblado así.
El cuerpo entero me vibraba.
Y llegaron ellos.
Mi madre.
Mi hermana.
Mi padre.
Mi marido.
Los cuatro.
Y hasta un perrito.
Me dijo cosas que solo yo sabía.
Cosas que Cristian no podía saber, pero que mi familia sí.
Lloré.
Temblé.
Me agarré a su mano como si me fuera la vida en ello.
¿Y sabéis qué fue lo más bonito de todo?
Lo que dijeron.
Que están muy orgullosos de mí.
Orgullosos de lo fuerte que soy.
De cómo sigo viviendo después de que la vida se los llevara a todos y me dejara aquí.
Eso me llegó directo al corazón.
Cuando me preguntó cómo quería despedirme, lo tuve claro:
—Diles que los quiero mucho.
Que los llevo en mi corazón.
Que cada día pienso en ellos.
Y que estoy feliz porque están orgullosos de cómo estoy llevando la vida sin ellos.
Allí, a oscuras, me abracé a Cristian.
Necesitaba consuelo.
Y lo encontré.
Después vinieron más historias. Más lágrimas. Más familias rotas. Lloramos todos. Todos.
Al final nos hicimos foto con Cristian.
Nos fuimos a tomar un café los seis.
Volvimos a casa hablando sin parar.
Se reían y decían:
—La que no quería que viniera nadie… y mira.
Y sí.
Nunca se puede decir “de esta agua no beberé”.
No fue casualidad.
Fue causalidad.
Mi familia quería hablar conmigo.
La tarde siguió tranquila: vermut, comida, conversación. Coco feliz con las niñas. Y yo… con el corazón revuelto pero lleno.
Hoy ha sido un día de alegría y de tristeza.
Alegría por saber que están juntos, que están bien.
Tristeza porque no puedo abrazarlos.
Pero hoy sé algo con absoluta certeza:
El amor no se muere.
Cambia de forma, de lugar… pero no se va.
Y mientras yo esté aquí, viviendo, riendo, llorando y queriendo, ellos siguen viviendo en mí.
Y eso, da paz. Da fuerza, Y da vida.
-Gracias, Cristian, por tu luz, tu respeto y tu forma tan bonita de acompañar.
Por quedarte a mi lado cuando lo necesité y por tratar cada historia con tanto cuidado.
Hoy has sembrado paz en muchos corazones. El mío, entre ellos.
Hoy no ha sido un día de grandes planes.
De esos días tranquilos, sencillos, que pasan sin hacer ruido.
Como esperábamos al técnico de la lavadora, que dijeron que vendría el miércoles por la mañana, sin hora, el paseo con Coco ha sido exprés.
Abrigo bien puesto, paso rápido y vuelta a casa.
A Coco no le importa demasiado la duración; con tal de salir, olisquear un poco y sentir el aire frío en la cara, ya es feliz.
Hace frío, mucho viento, ese frío que se te mete en los huesos y te recuerda que el invierno sigue ahí.
Hasta parecía que el día pedía un poco más de nieve, aunque no haya caído.
Después han empezado a llegar las visitas bonitas.
Una amiga con churros y chocolate caliente.
Cuando una se ha ido, ha llegado otra, esta vez con dos cajas de bombones, como si el día se empeñara en endulzarse solo.
Entre charla y risas, la casa se ha ido llenando de ese calor que no viene de la calefacción.
Más tarde han llegado los técnicos de la lavadora, dos señores muy formales.
La han mirado, han probado botones
y, curiosamente, hoy la lavadora se ha portado de maravilla, cuando yo la utilizo mi lavadora le da por irse de paseo cuando centrifuga, pues, hoy no tenía ganas de paseo. Me ha dejado por mentirosa. Hoy ni una protesta.
Veremos mañana, pero hoy ha habido tregua.
Y ahora aquí estamos.
Son las ocho de la tarde.
Coco dormita tranquilo.
La calefacción encendida.
La casa en calma.
No ha sido un día espectacular,
pero ha sido un día acompañado.
Y esos días, aunque no salgan en ningún sitio,
son los que de verdad sostienen la vida.
Hoy me llegó un regalo.
Ni llamó, ni tocó la puerta, ni hizo ruido.
Apareció solo, en el momento en que abrí los ojos.
Traía un lazo dorado como el sol de la mañana, y una tarjeta sencilla que decía: día.
El remitente: Dios.
La destinataria: yo.
Y pensé… cuántas veces he recibido este regalo y ni me he dado cuenta.
Cada mañana, puntual, me lo trae Dios: un día nuevo.
Y yo, corriendo de un lado a otro, mirando el reloj, dando por hecho el milagro.
Porque este regalo es simple y maravilloso:
poder abrir los ojos y sentir que todavía estoy aquí, tomar un café calentito mientras Coco se enreda en mis piernas y me mira con sus ojitos de “ya vamos a salir”, saber que Borja está lejos, sí, pero feliz, y que cada mensaje suyo es un abrazo que atraviesa kilómetros.
Cada mañana Dios me dice: aquí tienes un día nuevo, disfrútalo.
Y yo pienso… cuántas veces no lo abrimos como se debe.
Nos distraemos viendo la vida de otros, comparando envolturas, olvidando que lo que tenemos en nuestras manos es único y perfecto.
Hoy no.
Hoy me senté un momento.
Respiré hondo.
Miré la calle desde mi ventana, dejé que el sol calentara un poquito la cara, y sentí que incluso con rodillas que duelen, hombros que protestan y achaques que aparecen sin avisar, todo es un milagro.
Porque caminar despacito con Coco, escuchar sus brincos, sentir el aire fresco en la cara… eso es un regalo.
Reírme con alguna tontería, mirar cómo la ciudad despierta, escuchar los pájaros aunque sean pocos… eso es un regalo.
Tomar un momento para mí, para agradecer, para sonreír… eso también es un regalo.
La vida no promete eternidades.
No nos asegura que todo será perfecto.
Pero nos da esto: un día nuevo, todos los días.
Y cada una decide cómo vivirlo.
Hay gente que lo vive amargada.
Y hay gente que lo vive feliz.
Yo elegí ser de las que lo vive feliz.
Así que sí, me duele la rodilla, me duele el hombro, a veces el cansancio me quiere ganar…
pero también tengo a Coco brincando, mi café caliente, mi casa llena de luz, la memoria de mi hijo cerca, y la certeza de que puedo salir a disfrutar del regalo que Dios me ha dado: un día más.
Hoy abrí mis ojos despacio.
Como quien abre pan caliente, como quien recibe flores en maceta, como quien aprende, al fin,
que la vida no se mide en logros ni en planes,
sino en instantes, en pequeños milagros cotidianos, en gratitud.
Y Que Borja me mande un mensaje diciendo que está bien, que me hace reír con alguna historia de México… eso también es un regalo.
Aquí estoy… con olor a mañana nueva, alma alegre y corazón agradecido.
Mientras pueda abrir los ojos, Dios seguirá mandándome amor en forma de vida.
Hoy me ha pasado algo muy bonito.
De esas cosas que no se planean, que simplemente ocurren… y te reconcilian con la vida.
Hoy han venido a casa Brigitte y Juan Carlos.
Hasta hoy eran conocidos. De los que saludas, con los que charlas un rato en un evento entre mucha gente. Pero hay algo curioso: entre tantas personas, con ellos se creó una conexión especial. Sin esfuerzo. Sin ruido. Como si el destino dijera bajito: “presta atención, aquí hay algo”.
Y hoy esa línea invisible se ha cruzado.
Hoy ya son amigos.
Hemos pasado un día precioso.
Hemos comido, hemos brindado (quizá un poquito más de la cuenta, pero de la buena 😄), hemos reído y, sobre todo, hemos compartido. Juan Carlos ha tocado la guitarra, Brigitte ha cantado con esa voz dulce que acaricia el alma… y por primera vez he visto a Juan Carlos cantar. He ido a conciertos suyos, pero nunca lo había visto así. Hoy sí. Hoy se dio. Y fue precioso.
Mia y Evaluna han cuidado de Coco con un cariño que me ha permitido estar tranquila, presente, disfrutando. Y eso no es poco. Coco y yo hemos sido muy felices hoy, porque no hemos estado solos: hemos estado acompañados. Y cuando una se siente acompañada de verdad, la vida pesa menos.
Mi casa es sencilla, pero está llena de amor.
Y mi deseo es que ellos se hayan sentido aquí como en su casa. Porque eso es lo que eran hoy: familia elegida, de la que llega sin avisar y se queda sin pedir permiso.
Me siento profundamente agradecida.
Porque intuyo, y el corazón rara vez se equivoca, que esta amistad va a ser bonita, sana y duradera. De las que suman, de las que no desgastan, de las que se construyen con música, respeto y mucho cariño.
Hoy la vida me ha recordado algo importante:
todavía pasan cosas buenas.
Todavía llegan personas maravillosas.
Y todavía hay días que se guardan para siempre.
Hoy se ha tejido algo bonito y silencioso.
Un cariño sencillo entre Coco, Mia y Evaluna, la voz dulce de Brigitte, la música de Juan Carlos y mi corazón agradecido.
Sin promesas, sin planes, sin ruido.
Solo la certeza de que, cuando las personas encajan, la vida se vuelve más amable y la compañía se convierte en regalo.
A veces queremos decir algo
y no encontramos las palabras.
Otras veces lo sentimos todo tan fuerte
que no sabemos cómo explicarlo sin rompernos un poco.
Por eso nacen estas canciones.
Si quieres una canción hecha a medida para alguien, dímelo.
Puede ser para una madre, una amiga, un amor, una despedida, un gracias, un abrazo que no llega o algo que se quedó dentro.
Cuéntame para quién es, qué historia hay, qué te gustaría decir aunque no sepas cómo…
y la hacemos juntas.
No hay un precio fijo.
Aquí no se compra ni se vende nada.
Si después te nace agradecerlo, será bienvenido, como te salga y como puedas.
Desde el corazón, sin obligaciones.
Porque esto no va de dinero.
Va de ponerle música a lo que importa a los sentimientos.
Más abajo puedes escuchar algunas de las canciones que ya he creado.
Cada una tiene su historia.
Cada una nació de una emoción real, compartida, sin disfraces.
Y quiero decirte algo importante, con toda honestidad:
No soy cantante profesional ni me dedico a la música.
Hago estas canciones por puro placer, con herramientas sencillas y mucho cariño.
No busco perfección.
Busco verdad.
Si resuena contigo, aquí estoy.
Aquí puedes ver y escuchar las canciones que he ido creando.
Todas están hechas con cariño y desde el corazón.
Hoy me ha pasado algo bonito.
Una persona que compró mi libro me ha escrito para decirme que ya lo ha terminado.
Me ha dicho que se ha emocionado mucho leyéndolo.
Que sentía que no estaba leyendo, sino que yo se lo estaba contando.
Tal como hablo.
Me ha dicho algo que me ha hecho parar un momento y respirar hondo:
que el libro es duro…
pero alegre.
Y me ha dicho: “Es que tú eres así. Dura y alegre a la vez.”
Y sí.
Soy así.
La vida no siempre me ha tratado con suavidad, pero tampoco ha conseguido quitarme la risa.
He aprendido a sostener lo que duele sin dejar de celebrar lo que sigue vivo.
A decir las cosas como salen, sin adornos, sin máscaras.
A escribir como hablo, porque no sé hacerlo de otra manera.
No escribo para quedar bien.
Escribo para ser verdad.
Y cuando alguien me dice que al leerme siente que estoy ahí, hablándole, entiendo que todo, absolutamente todo, ha tenido sentido.
Gracias a quienes leen con el corazón abierto.
Gracias a quienes no buscan perfección, sino alma.