El blog de Alma Buendía Soleado

miércoles, 4 de noviembre de 2026

¡Que la vida son dos días y yo quiero mis rovellons!


¡Buenos días, amigas de mi rincón!

Ya estamos en otoño y por Cataluña empieza una de esas temporadas que a muchos nos gustan: la de los bolets.

Cuando llegan las lluvias y los bosques empiezan a llenarse de humedad, ya hay quien prepara la cesta y se va a buscar setas. Y es que aquí tenemos mucha tradición con los bolets, especialmente con los rovellons, que son una auténtica delicia.

A mí me encantan, qué le vamos a hacer. Pero este año, cuando he visto el precio, casi me da algo. ¡A 30 euros el kilo!

¡Madre mía, si es que hay que pensárselo dos veces antes de echarlos a la bolsa! Jajajaja.

Pero bueno, tampoco hace falta comprar un kilo entero. Me he llevado unos poquitos, ocho euritos de capricho, y tan contenta.

Porque vamos a ver, ¿qué hacemos con la vida si todo va a ser mirar los precios, comprar lo más barato y dejar siempre para otro día aquello que nos apetece?

Que sí, que hay que cuidar el bolsillo, que las patatas están muy ricas y que con cuatro ingredientes podemos preparar una comida estupenda. Pero, de vez en cuando, también hay que darse una alegría.

Si un día te apetecen unos rovellons, te compras unos cuantos, los preparas con un poquito de ajo, perejil y aceite de oliva, te sientas a la mesa y disfrutas de cada bocado.

¡Y qué a gusto se queda una!

Que no estamos hablando de grandes lujos ni de gastarnos una fortuna. Estamos hablando de esos pequeños caprichos que nos hacen ilusión y que, muchas veces, nos alegran el día.

Porque la vida no puede ser solamente trabajar, hacer la compra, pagar recibos y pensar en lo que cuesta todo.

También hay que disfrutar de las pequeñas cosas.

Un café con una amiga, un paseo, una tarde tranquila, algo rico para comer o esos rovellons que llevas todo el año esperando.

Así que, queridas amigas, si algo os apetece y os lo podéis permitir, no os quedéis siempre con las ganas.

Que ya tendremos tiempo de comer patatas otro día.

¡Jajajajaja!

Y ahora os dejo, que tengo unos rovellons esperando y no quiero que se me pase el arroz... ¡Aunque hoy toca pisto!

Un abrazo grande de vuestra amiga.

Siempre hay un motivo para sonreír.

El Rincón de Amalia ❤️



martes, 3 de noviembre de 2026

Ni felpudo ni mala persona: el arte de saber decir hasta aquí


¡Buenos días, amigas de mi rincón!

Hoy vengo con una de esas reflexiones que te hacen pensar un ratito, de las que se leen con el café en la mano y que, cuando llegas al final, te dejan diciendo: «¡Pues mira, qué razón tiene!».

¿No os han dicho alguna vez eso de que sois demasiado buenas, que de buenas parecéis tontas? Pues a mí sí, y más de una vez.

Y ¿sabéis una cosa? Prefiero que alguien piense que soy tonta por ser buena a que tenga motivos para decir que soy mala persona.

¡Ea, ya lo he dicho! Y me he quedado más a gusto que un arbusto.

Yo soy de las que, cuando quieren a alguien, lo demuestran; de las que intentan ayudar si pueden, de las que muchas veces se tragan una contestación para no hacer daño y de las que, aunque les hayan hecho una faena, todavía buscan una explicación para entender a la otra persona.

Que una tiene sus defectos, ¡faltaría más! No vengo yo aquí a ponerme una aureola, que bastante tengo con mis cosas. Pero hay algo que tengo muy claro: no quiero ir por la vida haciendo a los demás lo que no me gustaría que me hicieran a mí.

Ahora bien, una cosa es tener buen corazón y otra muy distinta es llevar un cartel en la frente que diga: «Pasen ustedes, que aquí se puede hacer lo que les dé la gana».

¡Pues no, señores, que tampoco es eso!

Porque hay personas que confunden la bondad con la debilidad. Si les ayudas, se acostumbran. Si les perdonas, creen que pueden volver a hacerlo. Si te callas para no discutir, piensan que no te has enterado. Y si vuelves a tenderles la mano después de que te hayan fallado, algunos llegan a creer que tienes las manos para que te las pisen.

Y duele, vaya si duele.

Duele descubrir que alguien a quien has tratado con cariño no ha tenido el mismo cuidado contigo. Duele dar sin esperar nada extraordinario y darte cuenta de que, para algunas personas, lo que haces nunca es suficiente. Y duele, sobre todo, cuando te preguntas cómo alguien puede aprovecharse de un corazón que lo único que ha intentado es hacer las cosas bien.

Pero ¿sabéis qué he aprendido?

Que no quiero dejar de ser buena. Lo que quiero es aprender a serlo también conmigo misma.

Porque durante mucho tiempo podemos acostumbrarnos a comprender a todo el mundo, a justificar sus malos días, sus malas contestaciones y hasta sus malas maneras. Siempre encontramos un motivo para disculparlos. Que si estará preocupado, que si tendrá problemas, que si a lo mejor no se ha dado cuenta…

Y mientras tanto, ¿quién nos comprende a nosotras?

¿Quién nos pregunta cómo estamos? ¿Quién se da cuenta de que aquella sonrisa esconde un disgusto? ¿Quién nos cuida un poquito cuando somos nosotras las que necesitamos cariño?

A veces tenemos tanto empeño en no hacer daño a los demás que nos olvidamos del daño que nos estamos haciendo por dentro.

Y eso tampoco está bien, amigas mías.

Yo sigo siendo la misma persona de buen corazón, pero cada vez voy entendiendo mejor que no todo el mundo merece la misma confianza, que no todas las puertas tienen que permanecer abiertas y que decir «hasta aquí» no nos convierte en malas personas.

Antes quizá aguantaba más de la cuenta. Ahora voy aprendiendo, poquito a poco, que también tengo derecho a apartarme de aquello que me hace daño.

Sin gritar, sin montar un espectáculo, sin desearle mal a nadie. Simplemente tomando distancia cuando hace falta.

Porque yo puedo perdonar, pero eso no significa que tenga que olvidar lo que he aprendido. Puedo seguir deseándole lo mejor a una persona y, al mismo tiempo, decidir que ya no quiero tenerla tan cerca.

Y no, eso no es rencor. Es aprender a cuidarse.

La confianza es algo muy delicado. Se construye con tiempo, con cariño y con hechos, y puede romperse en un instante. Después, aunque haya perdón, hay cosas que ya no vuelven a ser exactamente iguales.

Por eso, cuidad a las personas que os quieren de verdad. No deis por hecho que siempre estarán ahí, que siempre comprenderán, que siempre perdonarán y que siempre encontrarán una sonrisa para vosotros.

Hasta los corazones más nobles se cansan. No porque se vuelvan malos, sino porque también necesitan descansar de tanto dar.

Y ahora os voy a decir una cosa que quiero que se me quede bien grabada a mí la primera:

Prefiero ser una persona buena que aprende a poner límites antes que una persona que se vuelve dura para que nadie pueda hacerle daño.

No quiero perder mi ternura por culpa de quienes no supieron cuidarla. No quiero convertirme en alguien desconfiado por culpa de quienes abusaron de mi confianza. Y tampoco quiero pasarme la vida enfadada con el mundo por las cosas que algunas personas hicieron mal.

Quiero seguir riéndome, disfrutando de las pequeñas cosas, tomando mi cafetito tranquila y encontrando motivos para sonreír, que bastantes vueltas da ya la vida como para andar repartiendo amarguras.

Eso sí, si alguien confunde mi bondad con que puede pisotearme, quizá llegue el día en que descubra que esta mujer tan sonriente también sabe cerrar la puerta.

¡Y sin portazo, que luego hay que pagar la reparación!

Así que, si alguna vez os dicen que sois tontas por ser buenas, pensadlo un momento y no os avergoncéis de vuestro corazón. La bondad no es ninguna vergüenza. Lo importante es aprender a distinguir entre quien agradece lo que hacemos y quien simplemente se acostumbra a recibir.

Y si alguna vez habéis permitido más de la cuenta, tampoco os castiguéis por ello. A veces aprendemos a base de tropezones, y aquí estamos, aprendiendo mientras vivimos.

Que nadie os convenza de que tenéis que volveros malas para haceros respetar.

Se puede tener un corazón dulce y un carácter firme. Se puede querer mucho y saber decir que no. Y se puede ser buena persona sin permitir que nadie nos quite la paz.

Y yo, amigas mías, si tengo que elegir, seguiré prefiriendo que me llamen buena antes que mala. Pero, a ser posible, ¡que también aprendan a tratarme bien!

Que una cosa es tener buen corazón y otra muy distinta es ser el felpudo de la casa.

¿No os parece?

Os mando un abrazo enorme, de esos que no cuestan dinero, pero que a veces valen más que cualquier tesoro.

Y no olvidéis que siempre hay un motivo para sonreír, incluso cuando estamos aprendiendo a decir que no.

Con todo mi cariño,

Amalia ❤️

El Rincón de Amalia

Siempre hay un motivo para sonreír.


lunes, 2 de noviembre de 2026

¡Lunes, la casa patas arriba y yo con ganas de no hacer nada! 😂

¡Buenos días, mis queridas amigas de mi rincón!

¡Ya estamos a lunes otra vez! Y aquí me tenéis, pensando en todas las cosas que tengo que hacer en casa mientras mi cuerpo parece haber firmado un contrato para no moverse del sofá… ¡o de la cama, que tampoco está nada mal!

Los platos del domingo siguen en el fregadero, la ropa sucia espera pacientemente su turno y la casa me está mandando indirectas por todas partes. Pero yo, que soy muy lista, hago como que no me entero. ¡Ojitos que no ven, casa que parece más limpia! 

Porque ganas de hacer cosas tengo, ¿eh? Lo que no sé es dónde se me han metido las fuerzas para ponerme manos a la obra. Deben de haberse ido de puente sin avisarme.

Me levanto con toda la intención del mundo y me digo: —Amalia, mujer, hoy vas a dejar la casa como los chorros del oro.

Pero entonces aparece el cafelito, tan rico, tan calentito y tan fiel, que me siento un ratito a disfrutarlo. Y, claro, una cosa lleva a la otra. Miro el móvil, leo una cosita, veo otra y, cuando me quiero dar cuenta, ¡se me ha pasado la mañana y la cama sigue sin hacer!

Ahhh, y el paseito de Coco, que mi caniche no perdona su paseo.

¡Ay, amigas, si existiera un hada madrina de las tareas del hogar! Una que llegara con su varita mágica, fregara los platos, pusiera una lavadora, quitara el polvo y, ya que estamos, me preparara la comida. ¡Eso sí que sería empezar la semana con buen pie!

Y que no me cobrara mucho, que una tiene que mirar por la economía; que la magia está muy bien, pero las facturas también existen. 😂

Ahora, hablando en serio, ¿no os parece que a veces nos exigimos demasiado? Parece que, si no hacemos mil cosas al día, no hemos aprovechado el tiempo. Y yo creo que también tenemos derecho a descansar, a tomarnos un café tranquilamente y a disfrutar de esos ratitos en los que no hacemos absolutamente nada.

Que la vida no puede consistir solamente en limpiar, cocinar, recoger y volver a empezar. ¡Que también estamos aquí para vivirla!

Eso sí, tampoco vamos a dejar que los platos se conviertan en patrimonio histórico de la humanidad, que luego nos toca hacer una excavación arqueológica en el fregadero. 

Así que hoy voy a negociar conmigo misma. Primero, mi cafelito. Después, un poquito de orden. Y, entre tarea y tarea, algún descansito, que tampoco quiero acabar el lunes pidiendo una audiencia con el mismísimo San Pedro.

Porque cumplir años tiene muchas ventajas: aprendemos a conocernos, dejamos de preocuparnos por tantas tonterías y descubrimos que nuestra tranquilidad vale muchísimo. Y si un día la casa no está perfecta, pues tampoco se acaba el mundo.

Lo importante es que no tengamos la casa tan limpia que nos olvidemos de disfrutar de la vida.

Y ahora contadme, mis queridas amigas, que quiero saber la verdad de la buena: ¿sois de las que os levantáis el lunes como una locomotora, dispuestas a comeros el mundo, o de las que necesitáis tres cafés y una conversación seria con vosotras mismas antes de empezar?

¡Y si alguna conoce al hada madrina de la limpieza, que me pase el teléfono, por favor! Que yo tengo mucho que hacer, pero también tengo muchas ganas de vivir bonito.

Os mando un abrazo enorme, de esos que llegan al corazón, y os deseo una semana llena de alegría, salud y motivos para sonreír.

Y no lo olvidéis nunca, mis queridas amigas:

¡Siempre hay un motivo para sonreír! ❤️

Con todo mi cariño,

Amalia, de El Rincón de Amalia.




sábado, 31 de octubre de 2026

«Qué suerte la mía haber sido tu hija». ❤️


Hay ausencias que no se acostumbran. Una aprende a vivir con ellas, a seguir caminando, a sonreír, a llenar los días de cosas que hacer. Pero, de vez en cuando, el corazón nos recuerda que hay alguien a quien seguimos buscando, aunque sepamos que ya no podemos encontrarla como antes.

El 31 de octubre hace catorce años que mi mamá se fue al cielo.

Catorce años sin ella. Y, sin embargo, hay días en los que parece que fue ayer cuando podía acercarme a su lado, hablar con ella, discutir por cualquier tontería y, al rato, volver a sentir que allí estaba mi madre, pendiente de mí.

Porque mi mamá era así. Siempre estaba atenta, siempre dispuesta a ayudarme, siempre buscando la manera de hacerme la vida un poquito más fácil. Me cuidaba muchísimo. Era de esas madres que no necesitaban grandes discursos para demostrar su amor, porque lo demostraban cada día, con sus manos y con sus pequeños detalles.

Era buenísima. Para mí, la mejor madre del mundo.

Y sí, también discutíamos. ¡Como tantas madres e hijas! Porque querernos no significaba estar siempre de acuerdo. Pero hoy, cuando miro hacia atrás, daría lo que fuera por poder tener una de aquellas conversaciones con ella, incluso por volver a discutir por alguna tontería. ¡Quién me iba a decir entonces que algún día echaría tanto de menos hasta esos momentos!

Mi madre cosía. Siempre tenía algo entre las manos, alguna prenda que arreglar, algún descosido que remendar, alguna cosa que podía dejar como nueva.

Y aquí viene una de esas pequeñas cosas que para mí son enormes.

Todavía conservo su caja de costura.

Han pasado catrce años y no me he desprendido de ella. Porque cuando la toco, cuando la miro, siento algo muy difícil de explicar. Es como si volviera a estar sentada a su lado, acompañándola mientras cosía. Como si, por un instante, pudiera acercarme a aquel tiempo en el que ella estaba aquí y yo todavía podía disfrutar de su presencia.

Para cualquiera puede ser una caja de costura. Para mí es mucho más. Es un recuerdo vivo de sus manos, de sus cuidados y de aquella mujer que siempre encontraba la manera de arreglarme las cosas.

Ojalá pudiera arreglar también esta ausencia, mamá.

Ojalá pudiera sentarme contigo un ratito, contarte mis cosas, escuchar tu voz y apoyar la cabeza en tu hombro. Ojalá pudiera darte uno de esos abrazos que no necesitan palabras, porque en ellos cabe todo lo que sentimos.

Hay algo que me está pasando con los años y que a veces ni yo misma sé explicar.

Te necesito más, mamá.

Pensaba que el tiempo me enseñaría a echarte menos de menos, pero hay momentos en los que siento justo lo contrario. Ahora que me voy haciendo mayor, noto más tu falta. Me gustaría tenerte cerca, sentir que puedo acudir a ti, volver a ser aquella hija que tenía a su madre pendiente de ella.

Porque una puede crecer, cumplir años, aprender a resolver los problemas y seguir adelante con la vida. Pero nunca deja de ser hija.

Y hay días en los que una no necesita consejos ni soluciones. Solo necesita a su madre.

Necesita sus brazos, su calor, su manera de mirar, esa tranquilidad que daba saber que había alguien que se preocupaba por ti de una forma única.

Hoy, mamá, no puedo abrazarte como quisiera. No puedo coger el teléfono y llamarte, ni sentarme contigo mientras coses alguna cosa. Pero tengo tus recuerdos, tengo tu caja de costura y tengo todo ese amor que me diste y que sigue formando parte de mí.

No sé si desde el cielo puedes verme. Me gusta pensar que sí, que de alguna manera sigues cerca, acompañándome en este camino.

Y si pudiera pedirte una sola cosa, no te pediría nada material. Te pediría un abrazo. Uno de esos abrazos tuyos, largos, de los que hacen que el mundo se detenga un momento y que todos los problemas parezcan un poquito más pequeños.

Solo uno, mamá. Aunque después tuviera que volver a despedirme.

El 31 de octubre se cumplirán catorce años desde que te marchaste, pero no hay calendario capaz de medir el amor de una hija por su madre.

Te llevo conmigo en mis recuerdos, en las pequeñas cosas que conservo y en ese rincón de mi corazón donde siempre tendrás tu sitio.

Y cuando acaricio tu caja de costura, me gusta imaginar que vuelvo a sentarme a tu lado, que tú sigues con tus labores y que yo estoy allí, cerquita de ti, como tantas veces.

Catorce años sin tus manos, mamá. Catorce años sin tu voz. Y todavía con las mismas ganas de abrazarte.

Te quiero, mamá. Te quise ayer, te quiero hoy y te querré mientras viva.

Tu hija, que sigue necesitándote y que nunca te olvidará. ❤️

Siempre hay un motivo para sonreír, aunque haya amores que nos hagan llorar cada vez que los recordamos.

El Rincón de Amalia



viernes, 30 de octubre de 2026

Hoy es mi día: ¡hasta yo me aplaudo!


¡Buenos días, mis queridas amigas de mi rincón!

Madre mía, ¡qué día llevo! Si es que hoy no he parado ni un momento. He tenido invitados a comer y me he metido en la cocina dispuesta a darles de comer como Dios manda.

He preparado mole mexicano, que ya sabéis que la cocina también sirve para viajar sin necesidad de hacer la maleta. Después, unos huevos rellenos de champiñones con bechamel, que estaban buenísimos. Hemos abierto una botellita de vino, hemos comido a gusto y, como estamos en tiempo de panellets, pues también he comprado unos cuantos para endulzarnos la vida.

Y por si fuera poco, ¡también he hecho dulce de membrillo!

Vamos, que si me descuido, me dan el diploma de cocinera, repostera y encargada general de acontecimientos gastronómicos. ¡JAJAJAJA!

He disfrutado de la comida, de la compañía y de esas pequeñas cosas que hacen que un día normal se convierta en un día especial.

Pero esperad, que todavía no os he contado lo mejor.

Cuando ya se ha terminado todo y he vuelto a mis cosas, me ha dado por mirar las estadísticas del blog. Y aquí empieza mi espectáculo particular.

Ayer vi 3.334 visitas. ¡Tres mil trescientas treinta y cuatro! Hoy he entrado y he visto más de dos mil. Luego he vuelto a mirar y había subido un poquito más. Después he vuelto otra vez… ¡y seguía subiendo!

¡Pero si estoy que me salgo! 😂

No sé si os podéis imaginar la escena: yo, tranquilamente en casa, delante del ordenador, mirando los numeritos y emocionándome como una niña con zapatos nuevos.

Y entonces me sale esa Amalia que llevo dentro, la que no necesita que nadie le organice una fiesta para montársela ella solita.

Me aplaudo y me digo:

«¡Tú vales mucho, mujer! ¡Mira todo lo que estás haciendo!»

Y me quedo tan a gusto. Porque sí, amigas, a veces también necesitamos felicitarnos nosotras mismas. No por creernos más que nadie, sino porque sabemos el cariño, el tiempo y la ilusión que ponemos en las cosas que hacemos.

Este blog es una parte de mí. Aquí comparto mis ocurrencias, mis reflexiones, mis aventuras con Coco y esas historias que unas veces os hacen reír y otras quizá os hacen pensar un poquito.

No sé quién entra, quién me lee hasta el final ni qué siente cada persona cuando pasa por mi rincón. Las estadísticas cuentan visitas, no necesariamente personas distintas, pero cada vez que veo esos números me entra una alegría que no os podéis imaginar.

Y no, no estoy diciendo que sea famosa. ¡Que todavía no me paran por la calle para pedirme un autógrafo! Aunque, tal como voy, cualquier día me veo firmando panellets. ¡JAJAJAJA!

Lo que quiero decir es que me hace ilusión comprobar que mi pequeño rincón sigue recibiendo visitas. Que yo escribo desde mi ordenador, con mis palabras, a mi manera, y que detrás de cada entrada hay un poquito de mí.

Hoy he tenido una buena comida, buena compañía, la cocina llena de cosas ricas y un montón de motivos para sonreír. Y ahora, para terminar el día, me llevo otra alegría mirando el blog.

¿Se puede pedir más?

Yo creo que no. Bueno, sí: que mañana sea otro día bonito y que sigamos teniendo salud, ilusión y ganas de hacer cosas.

Así que hoy me voy a la cama con una sonrisa y con una frase que quiero compartir con vosotras:

No esperes siempre a que los demás te digan lo que vales. Aprende también a reconocerte tú misma.

Si has hecho algo con cariño, si has conseguido algo que te hacía ilusión o si simplemente has superado un día difícil, date una palmadita en la espalda. ¡Y si te apetece, aplaude también! Que no hace falta tener público para celebrar las pequeñas victorias.

Yo hoy me aplaudo. Por mi comida, por mi blog, por mis ganas de seguir haciendo cosas y por esa alegría que me entra cada vez que miro las estadísticas.

¡Que estoy que no paro, amigas mías!

Y vosotras, ¿también os dais alguna vez una palmadita en la espalda cuando conseguís algo que os hace ilusión?

Contádmelo, que ya sabéis que soy una cotilla de mucho cuidado. 😂

Siempre hay un motivo para sonreír. 🧡

Un abrazo enorme de vuestra amiga,

Amalia

El Rincón de Amalia



jueves, 29 de octubre de 2026

¡Universo, que ya he vuelto, pero mi cabeza sigue de vacaciones! 😂🌴


¡Ay, Universo de mi vida, ya estoy de vuelta en casa! He disfrutado de unos días estupendos en Sant Salvador, he cambiado de aires, he respirado tranquilidad y he cargado las pilas. Pero, mira tú por dónde, en cuanto he vuelto y he puesto los pies en casa, ¡ya me están entrando ganas de preparar la próxima escapadita!

¡Universo, hijo mío, tú no te lo tomes a mal, pero a ver si te estiras un poquito y me mandas unos cuantos billetitos! 😂 Que yo no pido mucho, ¿eh? Bueno, depende de cómo se mire, porque si me preguntas dónde quiero ir, ¡me salen destinos hasta debajo de las piedras!

Ya me estoy imaginando otra vez frente al mar, con los pies en la arena, la brisita acariciándome la cara y esa tranquilidad que te hace olvidar hasta el día de la semana. Sin prisas, sin mirar el reloj y sin más preocupación que decidir si me tomo un cafelito mirando las olas o me quedo otro ratito escuchando el sonido del mar.

¡Ay, Universo, que una ya tiene una edad para saber lo que quiere! Y yo quiero disfrutar, conocer rinconcitos bonitos, reírme, pasear todo lo que mis piernas me permitan y guardar recuerdos de esos que después te sacan una sonrisa cuando estás sentada tranquilamente en casa.

Eso sí, tampoco te voy a poner las cosas demasiado difíciles. Si no hay para grandes viajes, nos apañamos con una escapadita cerquita. Y si toca quedarse en casa, pues aquí me tienes, con mi cafelito, mis cositas y la imaginación preparada para viajar sin pagar ni un euro de alojamiento. ¡Que para soñar todavía no me han puesto impuestos! 😂

Porque, queridas amigas de mi rincón, yo cada día tengo más claro que la vida está para disfrutarla. Que no hace falta tener una fortuna para ser feliz, pero que tampoco está de más que, de vez en cuando, nos llegue una alegría económica que nos permita cumplir algún caprichito.

Y yo, por si acaso, voy a seguir agradeciendo todo lo bueno que tengo, cada día vivido, cada persona querida, cada momento de paz y cada oportunidad de sonreír. Porque la gratitud no está reñida con los sueños. Una puede dar gracias por lo que tiene y, al mismo tiempo, pedirle al Universo que le siga abriendo caminos bonitos.

Así que, querido Universo, que eres Dios para mí, aquí está tu amiga Amalia, con el corazón agradecido, una sonrisa en la cara y unas ganas tremendas de seguir disfrutando de la vida.

¡Tú mándame las bendiciones y, si vienen acompañadas de unos cuantos billetazos, tampoco te voy a decir que no! Eso sí, que me pillen peinada, perfumada y con la maleta a mano. ¡Que yo para las vacaciones me organizo en un santiamén! 😂🧳

Y vosotras, mis queridas amigas, ¿sois de las que vuelven de vacaciones y ya están pensando en las siguientes, o sois más de deshacer la maleta y descansar del descanso?

¡Contadme, que aquí nos gusta soñar juntas!

Y recordad siempre: agradecer lo que tenemos, disfrutar de lo que vivimos y seguir soñando con lo que está por venir.

Porque la vida es un regalo, mis queridas amigas, y mientras tengamos ilusión y ganas de sonreír, siempre habrá un motivo para seguir soñando bonito.

¡Un abrazo enorme, lleno de cariño, alegría y buenos deseos para todas!

Amalia

Siempre hay un motivo para sonreír. ❤️🌷



miércoles, 28 de octubre de 2026

Si pudiera volver por un instante…


Si pudiera volver atrás por un solo instante, no cambiaría mi historia, porque todo lo vivido forma parte de la mujer que soy hoy. Pero, ¡ay, madre mía!, cómo me gustaría volver a abrazar a algunas de las personas que ya no están conmigo.

Me sentaría otra vez a la mesa con mi familia, escucharía aquellas historias que quizá un día me parecieron repetidas y disfrutaría un poquito más de esas tardes que parecían no tener final. Daría algún que otro abrazo más, diría algún «te quiero» que se me quedó dentro y prestaría más atención a esos pequeños momentos que, sin darnos cuenta, se convierten en tesoros.

Porque una va por la vida con las prisas, pensando que mañana habrá otra oportunidad, otra comida juntos, otra conversación, otra tarde para compartir… Y resulta que el tiempo, que no pide permiso ni espera a nadie, va pasando y nos deja recuerdos en el corazón.

Con los años he aprendido que la felicidad no siempre viene envuelta en grandes regalos ni aparece cuando conseguimos todo lo que queremos. Muchas veces está en un café compartido, una charla sin mirar el reloj, una risa tonta por cualquier ocurrencia o un abrazo de esos que te hacen sentir que estás en casa.

Y mira que somos complicados los humanos, ¿eh? A veces buscamos la felicidad tan lejos que no nos damos cuenta de que la tenemos sentada a nuestro lado.

No puedo volver atrás, por mucho que me gustaría en algunos momentos. Lo que sí puedo hacer es mirar mi historia con cariño, agradecer lo bueno que tuve y guardar en mi corazón a quienes dejaron una huella imborrable en mi vida. También aceptar que hubo días difíciles, porque no todo fue de color de rosa, ¡que a mí también me ha tocado bailar con alguna que otra piedra en el camino!

Pero aquí sigo, con mis años, mis recuerdos, mis cicatrices y mis ganas de disfrutar de lo que todavía está por venir.

Porque la vida no se ha terminado, amigas mías. Todavía quedan conversaciones, risas, lugares por descubrir, personas bonitas por conocer y pequeños regalos que nos pueden alegrar el día. A veces basta con abrir la ventana, respirar hondo, mirar al cielo y decir: «¡Anda, qué bonito está el día!».

Así que no esperemos a echar de menos las cosas para darles importancia. Abracemos hoy, digamos hoy lo que sentimos, disfrutemos hoy de quienes tenemos cerca y no dejemos siempre la felicidad para mañana.

Y si alguna vez nos visita la nostalgia, que nos encuentre con una sonrisa y el corazón lleno de recuerdos bonitos. Porque quienes formaron parte de nuestra vida siguen teniendo un rinconcito en nosotros, y eso nadie nos lo puede quitar.

Yo no puedo regresar al pasado, pero puedo hacer que el presente merezca la pena. Y tú, amiga mía, también puedes hacerlo.

¡Que no se nos olvide vivir, disfrutar y encontrar motivos para sonreír, que la vida sigue y todavía nos quedan muchos momentos bonitos por estrenar!

Un abrazo enorme de vuestra amiga Amalia.

Siempre hay un motivo para sonreír. 🧡



¡Que la vida son dos días y yo quiero mis rovellons!

¡Buenos días, amigas de mi rincón! Ya estamos en otoño y por Cataluña empieza una de esas temporadas que a muchos nos gustan: la de los bole...