El blog de Alma Buendía Soleado

miércoles, 1 de julio de 2026

Las pequeñas cosas que me hacen feliz

Hoy me he parado un momento a pensar en algo muy sencillo… y muy importante.

A veces creemos que la felicidad tiene que venir en forma de cosas grandes, viajes espectaculares o momentos extraordinarios. Pero la verdad es que no siempre es así.

Hoy, por ejemplo, he tenido un día de esos que parecen normales, pero que, en realidad, están llenos de pequeños regalos.

He ido a la peluquería y he salido contenta, viéndome bien, sintiéndome cuidada. Y además, una mujer me ha dicho algo tan sencillo como: "Amalia, estás muy guapa". Y fíjate qué cosa tan pequeña… pero cómo alegra el día.

También he ido al veterinario con mi Coco, y el veterinario siempre se sorprende de lo bueno que es. No se mueve, no protesta, se comporta como un angelito. Y yo lo miro y pienso qué suerte tengo de tenerlo.

Después lo he dejado con Blanca y he ido a comprar unos helados. Con Coco es imposible comprar helados porque no llegarían enteros a casa. Coco se para en cada esquina porque tiene que olerla; en cada arbolito tiene que levantar su patita, aunque no salga ni una gota de pipí. Así que los helados acabarían derritiéndose antes de llegar.

Y, al volver a casa, he abierto mi cajita mensual de belleza. Es un pequeño regalo que me hago, aunque nunca sé exactamente lo que va a venir. Y ese momento de abrirla, de descubrir lo que hay dentro, de sorprenderme… me da una ilusión que no se puede explicar con palabras. No es solo lo que trae, es el ratito de alegría que me regala.

Y entonces lo he visto claro.

La vida no necesita grandes cosas para ser bonita.

A veces basta con un piropo inesperado, con ver que tu perro está sano y feliz, con salir de la peluquería sintiéndote bien o con abrir una cajita que te hace ilusión.

Y si, además, tienes a tu hijo feliz al otro lado del océano, haciendo su vida y cumpliendo sus sueños… entonces ya no puedo pedir mucho más.

Hoy me he dado cuenta de que yo ya soy feliz con esto.

Con lo pequeño. Con lo cotidiano. Con lo que muchas veces no valoramos.

Y quizá la felicidad sea justo eso.

Ojalá nunca perdamos la capacidad de ser felices con las cosas sencillas. Ahí, muchas veces, es donde vive la verdadera felicidad.



lunes, 29 de junio de 2026

Cuando la soledad se convierte en un regalo


Hay una diferencia enorme entre estar sola y sentirse sola.

Durante años confundí ambas cosas. Creía que estar sola era sinónimo de tristeza, de vacío o de que faltaba algo. Con el tiempo descubrí que no era así. Aprendí a escucharme, a conocerme mejor y a disfrutar de esos momentos en los que no necesito a nadie para sentirme en paz.

No fue un cambio de un día para otro. Fue un aprendizaje lento, de esos que la vida va regalando poco a poco. Empecé a descubrir que un paseo sin prisas, una taza de café en silencio, un buen libro, una canción o simplemente mirar el mar podían llenar el corazón mucho más de lo que imaginaba.

Y qué maravillosa libertad aparece cuando descubres que tu tranquilidad no depende de quién llega o de quién se va de tu vida. Depende de la relación que construyes contigo misma, de cómo te hablas, de cómo te cuidas y del cariño con el que decides tratarte cada día.

Eso no significa dejar de querer a los demás. Al contrario. Significa aprender a querer sin necesidad, a disfrutar de la compañía sin miedo a la ausencia. Porque cuando una está bien consigo misma, las personas dejan de ser un salvavidas para convertirse en un regalo.

También comprendí que decir "hoy me apetece estar conmigo" no es egoísmo. Es una forma de recargar el alma, de ordenar los pensamientos y de recordar quién eres entre tanto ruido. Hay silencios que curan más que muchas conversaciones, y ratos de soledad que abrazan más que algunos lugares llenos de gente.

Porque cuando aprendes a disfrutar de tu propia compañía, la soledad deja de ser un vacío y se convierte en un refugio. Ya no esperas que otros llenen tu vida; simplemente agradeces a quienes deciden compartir un pedacito del camino contigo.

Y entonces ocurre algo curioso: dejas de correr detrás de las personas, de las explicaciones y de las situaciones que no dependen de ti. Empiezas a valorar mucho más la paz que el ruido, la tranquilidad que la prisa y la autenticidad que las apariencias.

Hoy disfruto de mi propia compañía. Me río conmigo, me doy permiso para descansar, para pensar, para soñar y para seguir aprendiendo. Y cuanto mejor me llevo conmigo misma, mejor puedo compartir mi vida con quienes realmente suman.

Porque la mejor relación que tendremos durante toda nuestra vida es la que mantenemos con nosotras mismas. Cuidarla no es un lujo; es uno de los regalos más valiosos que podemos hacernos.





sábado, 27 de junio de 2026

🌞 ¡Un día menos de calor! ¡Ya queda menos!


No sé vosotros, pero yo ya no puedo más con esta ola de calor. Parece que ha venido para quedarse y, sinceramente, estoy deseando que nos dé un respiro.

Yo soy team invierno, sin ninguna duda.

En verano me ducho, me seco... ¡y cuando todavía no he terminado de secarme, ya estoy sudando otra vez! ¿Os pasa también? Es como si el calor dijera: "No te emociones, que aquí sigo yo".

Recuerdo que cuando era joven me encantaba ir a la playa. Podía pasar allí horas y horas disfrutando del sol y del mar. Pero ahora... ¡ni soñando! Solo de pensarlo me da calor. Prefiero mil veces estar fresquita en casa.

Y Coco opina exactamente igual que yo.

Salimos muy tempranito a pasear, cuando el sol todavía nos da una tregua. En cuanto volvemos a casa empieza su ritual: busca la baldosa más fresquita del suelo, se tumba un rato y, cuando esa ya está caliente, se levanta y busca otra. Así va recorriendo toda la casa. ¡Al final casi me limpia el suelo él solito!

Nosotros ya tenemos el aire acondicionado encendido y, la verdad, donde mejor se está estos días es en casa, intentando pasar las horas de más calor con tranquilidad.

Pero como siempre digo, me gusta buscar el lado positivo de las cosas.

Hoy no voy a pensar en los grados que marca el termómetro.

Voy a pensar esto:

¡Ya queda un día menos de calor!

Y solo por eso... ya merece la pena sonreír.

Ahora os toca a vosotros.

¿De qué team sois?

❄️ ¿Team invierno?

☀️ ¿O team verano?

¡Os leo en los comentarios!



viernes, 26 de junio de 2026

Un abrazo para Venezuela

Hoy escribo con el corazón un poco encogido.

He recibido noticias de un terremoto que ha afectado a Venezuela, un país que siento cercano a través de personas que quiero mucho. En momentos así, una se queda sin palabras claras, porque todo suena pequeño ante algo tan grande.

Lo primero que he hecho ha sido llamar a mis amigos músicos, ese matrimonio maravilloso que vive aquí cerca de mí, con sus dos hijas.  gracias a Dios están bien. Ellos tienen familia en Venezuela, y también he podido saber que, de momento, todos allí están bien. Esa noticia me ha dado un poco de calma dentro de la preocupación.

También he hablado con Andrea, una amiga de Borja que vive aquí en Barcelona, y en su caso su familia en Venezuela también se encuentran bien por ahora. Son llamadas que haces casi sin pensar, por impulso, porque cuando ocurre algo así, lo primero que necesitas es saber que los tuyos están a salvo.


Pienso en todas esas personas que estaban en sus casas, en su día normal, en su rutina de siempre… y de repente la tierra se mueve y todo cambia. No hay aviso, no hay preparación suficiente. Solo queda el impacto, el miedo y después el silencio.

Venezuela es un país que ya arrastra desde hace tiempo muchas dificultades en su vida cotidiana, con problemas de recursos, de servicios básicos, de estabilidad. Y ahora este nuevo golpe vuelve a poner a prueba a tantas familias que ya venían luchando demasiado.

Y, aun así, también pienso en algo importante: en la respuesta humana. En los equipos de rescate, en los países que están enviando ayuda, en las manos que se tienden sin preguntar de dónde vienes. En esos gestos que, en medio del dolor, recuerdan que la solidaridad existe y se mueve rápido cuando hace falta.

Hoy no hay conclusiones bonitas. Solo hay acompañamiento. Dolor por lo que se ha perdido, respeto por lo que está pasando y un abrazo enorme, aunque sea invisible, para todas esas personas que hoy están viviendo una de las partes más duras de la vida.

Y ojalá, poco a poco, llegue la calma. Y con ella, la seguridad de que cada familia pueda volver a encontrarse.

Y aun en medio de momentos difíciles como este, siempre queda algo que no se rompe: la esperanza. La vida, de una forma u otra, encuentra caminos para recomponerse, para volver a empezar, para sanar lo que parece roto.

Hoy, lo importante es mirar con humanidad lo que está ocurriendo, enviar calma a quienes lo están viviendo de cerca y recordar que, incluso en medio del movimiento de la tierra, también hay manos que ayudan, vecinos que se cuidan y corazones que se sostienen unos a otros.

Estoy convencida de que Venezuela, con la fuerza de su gente, su unión y su corazón enorme, saldrá adelante una vez más. Porque cuando hay comunidad, cuando hay solidaridad y cuando no se pierde la fe en la vida, todo poco a poco va encontrando su lugar.

Hoy nos queda acompañar desde la distancia con cariño, con respeto y con pensamiento positivo. Y confiar, de verdad confiar, en que incluso lo que parece más duro con el tiempo se transforma, se ordena y deja paso a algo más estable.

Porque incluso después del temblor… la vida sigue. Y la esperanza también. 

Y en ese seguir, siempre hay una certeza silenciosa que nos sostiene: todo se va a recomponer, el país encontrará su equilibrio de nuevo, y la vida volverá a abrir caminos de calma, de unión y de futuro. Porque mientras haya personas que no se rinden, siempre habrá salida, siempre habrá luz, siempre habrá esperanza.





lunes, 22 de junio de 2026

Un día de verano, una mosquitera rebelde y una ensalada de reina


Hoy ha sido uno de esos días de calor de los que no admiten discusión. A las nueve de la mañana Coco y yo ya estábamos paseando, porque más tarde no había quien saliera a la calle. A las once ya estábamos de vuelta en casa, refugiados del sol como dos expertos supervivientes del verano.

He ido a comprar una sola cosa: una bolsa de hielo pequeñito. Sí, de ese que enfría rápido y te alegra la bebida en cuestión de segundos. Un euro con noventa y nueve céntimos. Mi gran gasto del día.

Mientras tanto, sigo teniendo en casa una mosquitera que compré hace más de un mes. Llegó doblada y solicité que vinieran a recogerla. Pues aquí sigo, con la mosquitera y sin que nadie haya venido a buscarla. La pobre se está convirtiendo en un miembro más de la familia. A este paso le voy a tener que poner nombre y reservarle una silla en la mesa.

También he aprendido una cosa interesante sobre el aire acondicionado. Yo lo tengo a 26 grados y resulta que, para gastar menos electricidad, lo mejor es ponerlo en modo ECO. Así mantiene el fresquito sin trabajar más de la cuenta. Con la factura de la luz nunca se sabe, así que cualquier truco es bienvenido.

A la hora de comer me he preparado una ensalada que estaba para hacerle una foto. Cogollo, remolacha, pepinillo encurtido bien crujiente, huevo duro y una lata de sardinas. Todo aliñado con aceite de oliva y vinagre de manzana. Sencilla, fresca y deliciosa. Y, por supuesto, Coco también ha recibido su pequeña parte de huevo y una sardinilla. Porque cuando me mira con esos ojitos, yo no tengo ninguna posibilidad de ganar la negociación.

Después ha llegado el momento sagrado del verano: la siesta. Persianas bajadas, aire acondicionado en modo ahorro y una buena cabezadita. Hay tradiciones que no deberían perderse nunca.

Y ahora aquí estoy, sentada escribiendo estas líneas mientras miro las visitas del blog. Ayer fueron 242 y hoy ya van más de 180. No sé quiénes sois algunos de vosotros porque no dejáis comentarios, pero quiero daros las gracias igualmente. Porque detrás de cada visita hay una persona que ha dedicado unos minutos de su tiempo a leer mis historias.

Y eso, para mí, ya es un regalo.

Un abrazo de parte de Coco y mío.



sábado, 20 de junio de 2026

Cuando ayudar te hace feliz

Hoy ha sido uno de esos días que te hacen acostarte con una sonrisa.

Me he levantado tempranito, me he duchado y, a las nueve y media de la mañana, Coco y yo ya estábamos en la calle esperando que vinieran a recogernos. Nuestro destino era la Cruz Roja, donde hoy se celebraba el Día mundial del Refugiado.

Había un concierto muy especial. Mis amigos Brigitte y Juan Carlos actuaban junto a sus hijas, Mia y Eva Luna. Fue un concierto precioso, de esos que te llegan al corazón. Las canciones hablaban de la vida, de los sueños, de las despedidas y de las personas que han tenido que dejar atrás su hogar y a sus seres queridos para buscar un futuro mejor.

Como hoy no había muchos voluntarios, fui un poco antes para ayudar a preparar un pequeño picoteo para los asistentes. También me pidieron un favor: grabar la actuación, el discurso de la alcaldesa y las palabras del presidente de la Cruz Roja. Y, por supuesto, dije que sí.

Así que allí estaba yo, con mi camiseta de la Cruz Roja, móvil en mano unas veces y colocando platos, bebidas y aperitivos otras. Entre una cosa y otra, la mañana pasó volando.

Y Coco... ¡qué os voy a contar de Coco! Se vino conmigo y fue un auténtico campeón. Había muchos niños, algunos hijos de familias refugiadas, y todos querían acariciarlo. Él se dejó mimar como el príncipe que es. No ladró ni una sola vez, se portó de maravilla y nos dejó disfrutar tranquilamente del concierto.

Cuando terminó todo, seguí ayudando un rato más repartiendo refrescos y agua. Y al final regresamos a casa cansados, sí, pero felices.

Hay días que no salen en los periódicos, días sencillos que parecen pequeños. Pero son precisamente esos días los que llenan el alma. Hoy ha sido uno de ellos.

Y mientras escribo estas líneas, miro a Coco, mi angelito de cuatro patas, y doy gracias por las personas buenas, por la música, por la solidaridad y por la oportunidad de compartir momentos tan bonitos.

Porque ayudar siempre deja algo en quien recibe, pero también deja mucho en quien da.







viernes, 19 de junio de 2026

Una sonrisa inolvidable y un hasta siempre


Hay personas que pasan por nuestra vida como una ráfaga de aire fresco, dejándola llena de luz, de risas y de ganas de comerte el mundo. Así era mi amiga. A sus 73 años, una edad en la que muchos se cansan, ella conservaba la ilusión intacta, una sonrisa eterna y una alegría contagiosa.

Ayer le tocó partir después de tres meses de una lucha injusta y silenciosa que empezó de la forma más inesperada. Ha sido un golpe duro, pero en medio de la tristeza, me consuela saber que por fin descansa, libre de dolor y de secuelas, y que Dios la ha acogido para que no sufra más. Fue una auténtica luchadora; la vida no se lo puso fácil, pero ella siempre eligió sonreír.

Hoy no quiero recordarte en la cama de un hospital, sino aquí, en mi casa, compartiendo un día de esos que se te quedan grabados en el corazón. Me viene a la memoria un día maravilloso en la que la invité a comer. Nunca había probado la sopa de cebolla ni la mazorca de maíz, y ver su cara de sorpresa, su ilusión por descubrir algo nuevo y lo muchísimo que disfrutamos juntas de ese almuerzo y de una sobremesa que se alargó casi todo el día, es el regalo más bonito que me guardo de ella. ¡Qué bien lo pasábamos juntas!

Hoy no quiero recordarla con lágrimas, sino con una sonrisa. Quiero recordar nuestras charlas, nuestras risas y todos esos momentos sencillos que hicieron que nuestra amistad fuera tan especial.

Mari, gracias por el cariño, por la compañía y por tantos recuerdos bonitos que se quedan para siempre en mi corazón.

Te digo adiós con amor, pero también con gratitud por haber tenido la suerte de compartir un trocito de camino contigo.

Te vas demasiado pronto, amiga, pero te vas habiendo dejado el mundo un poquito más alegre de como lo encontraste. Gracias por tu amistad, por tus ganas de vivir y por enseñarme que siempre, pase lo que pase, hay un motivo para sonreír.

Sé que tú no vas a poder leer esto que he escrito, pero me sentía en la necesidad de hacerte un pequeño homenaje por lo buena, cariñosa y simpática que fuiste. Y quiero dar gracias a la vida por haber compartido mi vida un tiempo contigo.

Siempre en mi corazón.



Las pequeñas cosas que me hacen feliz

Hoy me he parado un momento a pensar en algo muy sencillo… y muy importante. A veces creemos que la felicidad tiene que venir en forma de co...