El blog de Alma Buendía Soleado

jueves, 9 de julio de 2026

10 de julio: Feliz Santa Amalia



Hoy es un día especial para mí.

Es mi santo.

Muchas personas ni siquiera saben que existe Santa Amalia. Mi nombre no aparece en la mayoría de los santorales y, por eso, casi nadie se acuerda de felicitarme. Si yo no lo digo, el día pasa como cualquier otro.

¿Y sabes una cosa?

No me importa.

Porque he aprendido que no hace falta que los demás recuerden una fecha para darle valor. El valor se lo damos nosotros.

Así que hoy quiero celebrar mi santo.

Lo celebraré a mi manera, sin grandes fiestas. Coco tendrá su comida húmeda favorita y yo me compraré un pastelito. Y con eso seré feliz.

Hay quien piensa que solo merece la pena celebrar los grandes acontecimientos. Yo no.

Yo celebro cuando una tomatera da su primer tomate.

Celebro cuando llega un paquete que esperaba con ilusión.

Celebro cuando consigo mover un mueble yo sola.

Celebro una canción terminada, un nuevo episodio del podcast, una sonrisa inesperada o un café tranquilo.

Y, por supuesto, también celebro mi santo.

Porque la vida está hecha de pequeños momentos. Y cuando aprendemos a disfrutarlos, descubrimos que cada día puede tener algo bonito.

Hoy quiero aprovechar para felicitar de todo corazón a todas las mujeres que se llaman Amalia.

Quizá, como me pasa a mí, pocas personas se acuerden de felicitarlas.

Pues hoy quiero hacerlo yo.

¡Feliz Santa Amalia!

Que nunca te falten la ilusión, la esperanza, la salud y personas que te hagan sonreír.

Y si hoy nadie se acordó de felicitarte, aquí tienes mi abrazo más sincero.

Feliz día.

Con cariño,

Amalia Vizuete Gómez

El Rincón de Amalia



El día que dejé de intentar ser “la mujer perfecta”


Hay cosas que una tarda años en entender.

A mí me costó lo mío, no te creas.

Durante mucho tiempo pensé que ser una buena mujer significaba tenerlo todo bajo control: ser responsable, ser fuerte, ser la que siempre encuentra la solución cuando los demás no saben ni por dónde empezar.

Vamos… la mujer multiusos.

La que sirve para un roto, para un descosido y, si hace falta, hasta para arreglar el mundo mientras pone la lavadora.

Y claro, entre tanto “yo me encargo”, pasa algo muy curioso: te ocupas de la vida de todos… menos de la tuya.

Porque muchas crecimos con una idea muy seria metida en la cabeza:
que una buena mujer no molesta demasiado, no pide demasiado y, si puede ser, no da mucha guerra.

Casi como si tuviéramos que pedir permiso hasta para respirar fuerte.

Así que una cumple.

Trabaja.
Responde.
Hace lo que toca.

Y desde fuera todo parece perfecto.

La vida ordenadita, las responsabilidades al día y tú funcionando como un reloj suizo.

Pero hay un momento, a veces llega sin avisar, en el que algo dentro hace “clic”.

No es un drama ni una crisis de película.

Es más bien una pregunta que aparece de repente:

“Muy bien todo… pero ¿y yo cuándo?”

Y al principio hasta te sientes un poco culpable por pensarlo.

Como si desear algo distinto fuera una especie de pecado doméstico.

Pero con los años una descubre una verdad que no te cuentan cuando eres joven:

muchas mujeres pasan una buena parte de su vida intentando encajar… y otra buena parte intentando volver a encontrarse.

Porque a veces lo que parecía “lo correcto”
era simplemente lo que hacía la vida más fácil para todos los demás.

Para todos… menos para ti.

Hasta que un día te cansas.

No de la vida.

De intentar ser quien no eres.

Y entonces haces algo muy revolucionario:
empiezas a escucharte.

Y al escucharte recuerdas algo maravilloso: quién eras antes de empezar a cumplir expectativas como si fueran tareas del colegio.

El día que dejas de intentar encajar en todos los sitios… empiezas a caber mejor dentro de ti.

Y oye, igual el camino no siempre es el más cómodo… pero tiene una ventaja enorme:

por primera vez la vida que estás viviendo
se parece de verdad a la tuya.

“Pasé media vida intentando encajar…
hasta que descubrí que donde mejor se vive es dentro de una misma.”



miércoles, 8 de julio de 2026

Hoy mi voz ha encontrado un nuevo camino


Hay días que parecen no invitar a salir de casa.

Hoy ha sido uno de ellos.

El calor apretaba con fuerza, las alertas sonaban en muchos teléfonos por los incendios cercanos y lo más sensato era quedarse en casa.

 Coco y yo hemos salido temprano a dar un paseo, cuando aún no apretaba mucho el sol.

Después hice lo que tantas veces hacemos cuando el mundo de fuera nos pide paciencia: cosí un rato, hice un poquito de ganchillo, preparé la comida, disfruté de una siesta y dejé que las horas pasaran despacio.

Pero el día aún guardaba una sorpresa para mí.

Llevaba tiempo dándole vueltas a una idea.

Quería que mis palabras pudieran acompañar a las personas también con mi voz.

Y hoy, por fin, me decidí.

He creado mi cuenta en Spotify.

He grabado mis dos primeros podcasts.

Y, cuando he pulsado el botón de publicar, he sentido la misma ilusión que siente un niño cuando abre un regalo.

No porque aspire a tener miles de oyentes.

Sino porque sé que, aunque solo una persona escuche uno de mis episodios y consiga sonreír un poquito más, ya habrá merecido la pena.

La vida siempre nos regala oportunidades para empezar algo nuevo.

No importa la edad que tengamos.

Los sueños no entienden de calendarios.

Solo necesitan ilusión y el valor de dar el primer paso.

Hoy mi voz ha empezado un camino nuevo.

No sé hasta dónde llegará.

Pero sí sé una cosa.

Cada episodio llevará un trocito de mi corazón.

Y eso, para mí, ya es un regalo.

Gracias por acompañarme siempre.

Nos seguimos leyendo por aquí… y, desde hoy, también nos seguimos escuchando.

Con todo mi cariño.

Escucha aquí: "El rincón de Amalia" en Spotify




Llegar hasta aquí es un privilegio


Bueno, muchachas, ya estamos en esa edad en la que una se mira al espejo y piensa: ¡Anda! Si esas arruguitas ayer no estaban. Y el pelo… pues el tinte ya no hace milagros. Y de la báscula… mejor ni hablamos.

Vemos pasar a las chicas de veinte años, tan guapas, tan frescas y con toda la vida por delante, y se nos escapa una sonrisa. Pero, ¿sabéis una cosa? Nosotras también tuvimos esa edad. Reímos, soñamos, nos enamoramos y nos comimos el mundo a nuestra manera. Ellas también llegarán un día donde estamos nosotras, y entonces descubrirán que la juventud está muy bien, pero la experiencia… ¡esa sí que vale oro!

A estas alturas ya hemos criado hijos, cocinado miles de comidas, trabajado duro, pagado facturas, reído hasta llorar y llorado hasta volver a sonreír. Hemos pasado por pérdidas que nos rompieron el alma, por momentos en los que pensamos que no podríamos seguir… y, sin embargo, aquí estamos.

Somos mujeres fuertes. No porque la vida haya sido fácil, sino porque aprendimos a levantarnos una y otra vez. Somos como un buen vino: el tiempo no nos estropea, nos da carácter. Como esos coches clásicos que, con los años, se convierten en auténticas joyas.

Sí, el cuerpo cambia. Las canas aparecen, las arrugas cuentan historias y alguna que otra rodilla protesta más de la cuenta. ¿Y qué? Lo verdaderamente importante sigue intacto: la fuerza, el coraje, la capacidad de amar y las ganas de seguir disfrutando de la vida.

Así que este tramo del camino lo vamos a recorrer con la cabeza bien alta, con una sonrisa, con sentido del humor y con el orgullo de todo lo vivido. Porque cada arruga habla de una batalla superada, cada cana es un capítulo de nuestra historia y cada año cumplido es un regalo que no todo el mundo tiene la suerte de recibir.

Y si alguien alguna vez nos dice algo por las canas o las arrugas, le sonreiremos con cariño y le responderemos:

"Llegar hasta aquí no es un defecto… es un privilegio. Y pienso disfrutarlo cada día."

Para mis amigas de más de 60 años.





domingo, 5 de julio de 2026

Una comida sencilla... y un día para recordar



Ayer vivimos uno de esos días que no necesitan grandes lujos para convertirse en un recuerdo precioso.

Nos reunimos en casa de Blanca y Toni para compartir una comida entre amigos. Juan Carlos nos sorprendió con unos tequeños venezolanos que estaban buenísimos. ¡Qué ricos! También disfrutamos de un buen pollo asado y de un montón de cositas para picar. Pero, si os digo la verdad, lo mejor del menú no estaba en la mesa.

Lo mejor fue la compañía.

Brigitte puso su alegría y su voz, Juan Carlos nos regaló su música con la guitarra, Blanca y Toni nos abrieron las puertas de su casa con todo el cariño, y también estuvieron Mía y Eva Luna, llenando la casa de sonrisas y buen ambiente.

Y, por supuesto, Coco también fue uno más de la reunión. Se lo pasó de maravilla, saludando a todos, buscando mimos y disfrutando de estar rodeado de personas que lo quieren. Verlo tan feliz también nos hizo felices a nosotros.

Después de comer llegaron las canciones. Cantamos, reímos, bailamos y hasta les enseñé una canción que había compuesto esa misma mañana inspirada en los tequeños y en la amistad. Les gustó muchísimo, y para mí fue una alegría enorme compartirla con todos.

Sin darnos cuenta, las horas fueron pasando. Cuando miramos el reloj ya eran las once de la noche. Cada uno volvió a su casa con una sonrisa, dejando a Blanca y a Toni con la misión de poner un poco de orden después de una jornada tan animada. Seguro que, mientras recogían, también sonreían recordando todo lo vivido.

Hay personas que piensan que la felicidad consiste en hacer cosas extraordinarias. Yo cada día estoy más convencida de que la felicidad se encuentra en momentos como este: una mesa compartida, una guitarra, unas canciones, unas risas, un perro feliz y amigos que hacen que el tiempo pase sin darte cuenta.

Porque, al final, lo que de verdad nos llevamos de la vida no son las cosas... son los momentos compartidos con las personas que queremos.

Y esos momentos no tienen precio.



miércoles, 1 de julio de 2026

Las pequeñas cosas que me hacen feliz

Hoy me he parado un momento a pensar en algo muy sencillo… y muy importante.

A veces creemos que la felicidad tiene que venir en forma de cosas grandes, viajes espectaculares o momentos extraordinarios. Pero la verdad es que no siempre es así.

Hoy, por ejemplo, he tenido un día de esos que parecen normales, pero que, en realidad, están llenos de pequeños regalos.

He ido a la peluquería y he salido contenta, viéndome bien, sintiéndome cuidada. Y además, una mujer me ha dicho algo tan sencillo como: "Amalia, estás muy guapa". Y fíjate qué cosa tan pequeña… pero cómo alegra el día.

También he ido al veterinario con mi Coco, y el veterinario siempre se sorprende de lo bueno que es. No se mueve, no protesta, se comporta como un angelito. Y yo lo miro y pienso qué suerte tengo de tenerlo.

Después lo he dejado con Blanca y he ido a comprar unos helados. Con Coco es imposible comprar helados porque no llegarían enteros a casa. Coco se para en cada esquina porque tiene que olerla; en cada arbolito tiene que levantar su patita, aunque no salga ni una gota de pipí. Así que los helados acabarían derritiéndose antes de llegar.

Y, al volver a casa, he abierto mi cajita mensual de belleza. Es un pequeño regalo que me hago, aunque nunca sé exactamente lo que va a venir. Y ese momento de abrirla, de descubrir lo que hay dentro, de sorprenderme… me da una ilusión que no se puede explicar con palabras. No es solo lo que trae, es el ratito de alegría que me regala.

Y entonces lo he visto claro.

La vida no necesita grandes cosas para ser bonita.

A veces basta con un piropo inesperado, con ver que tu perro está sano y feliz, con salir de la peluquería sintiéndote bien o con abrir una cajita que te hace ilusión.

Y si, además, tienes a tu hijo feliz al otro lado del océano, haciendo su vida y cumpliendo sus sueños… entonces ya no puedo pedir mucho más.

Hoy me he dado cuenta de que yo ya soy feliz con esto.

Con lo pequeño. Con lo cotidiano. Con lo que muchas veces no valoramos.

Y quizá la felicidad sea justo eso.

Ojalá nunca perdamos la capacidad de ser felices con las cosas sencillas. Ahí, muchas veces, es donde vive la verdadera felicidad.



lunes, 29 de junio de 2026

Cuando la soledad se convierte en un regalo


Hay una diferencia enorme entre estar sola y sentirse sola.

Durante años confundí ambas cosas. Creía que estar sola era sinónimo de tristeza, de vacío o de que faltaba algo. Con el tiempo descubrí que no era así. Aprendí a escucharme, a conocerme mejor y a disfrutar de esos momentos en los que no necesito a nadie para sentirme en paz.

No fue un cambio de un día para otro. Fue un aprendizaje lento, de esos que la vida va regalando poco a poco. Empecé a descubrir que un paseo sin prisas, una taza de café en silencio, un buen libro, una canción o simplemente mirar el mar podían llenar el corazón mucho más de lo que imaginaba.

Y qué maravillosa libertad aparece cuando descubres que tu tranquilidad no depende de quién llega o de quién se va de tu vida. Depende de la relación que construyes contigo misma, de cómo te hablas, de cómo te cuidas y del cariño con el que decides tratarte cada día.

Eso no significa dejar de querer a los demás. Al contrario. Significa aprender a querer sin necesidad, a disfrutar de la compañía sin miedo a la ausencia. Porque cuando una está bien consigo misma, las personas dejan de ser un salvavidas para convertirse en un regalo.

También comprendí que decir "hoy me apetece estar conmigo" no es egoísmo. Es una forma de recargar el alma, de ordenar los pensamientos y de recordar quién eres entre tanto ruido. Hay silencios que curan más que muchas conversaciones, y ratos de soledad que abrazan más que algunos lugares llenos de gente.

Porque cuando aprendes a disfrutar de tu propia compañía, la soledad deja de ser un vacío y se convierte en un refugio. Ya no esperas que otros llenen tu vida; simplemente agradeces a quienes deciden compartir un pedacito del camino contigo.

Y entonces ocurre algo curioso: dejas de correr detrás de las personas, de las explicaciones y de las situaciones que no dependen de ti. Empiezas a valorar mucho más la paz que el ruido, la tranquilidad que la prisa y la autenticidad que las apariencias.

Hoy disfruto de mi propia compañía. Me río conmigo, me doy permiso para descansar, para pensar, para soñar y para seguir aprendiendo. Y cuanto mejor me llevo conmigo misma, mejor puedo compartir mi vida con quienes realmente suman.

Porque la mejor relación que tendremos durante toda nuestra vida es la que mantenemos con nosotras mismas. Cuidarla no es un lujo; es uno de los regalos más valiosos que podemos hacernos.





10 de julio: Feliz Santa Amalia

Hoy es un día especial para mí. Es mi santo. Muchas personas ni siquiera saben que existe Santa Amalia. Mi nombre no aparece en la mayoría d...