Hay placeres que no cuestan dinero, aunque valen una fortuna.
Uno de ellos es salir de la panadería con una barra de pan recién hecha y decirse a una misma: "No voy a tocarla hasta llegar a casa".
Y entonces llega el aroma.
Ese olor a pan calentito, a horno, a barrio, a cosas sencillas.
Miras la puntita.
La puntita te mira a ti.
Y la batalla está perdida.
Le das un mordisquito pequeño. Solo para probar.
Cinco pasos más adelante, otro.
Y cuando llegas a casa, descubres que la barra ya viene inaugurada.
Yo creo que las puntas del pan tienen vida propia. Nos llaman. Nos seducen. Nos convencen de que un trocito no cuenta.
Y quizás tengan razón.
Porque la felicidad muchas veces no está en las cosas grandes. Está en una conversación agradable, en un paseo tranquilo, en una sandía fresquita en verano, en un perro que mueve la cola cuando llegas a casa... o en una puntita de pan recién hecho que te acompaña por la calle.
Hoy he comprado una barra para mojar en la salsa de unos pies de cerdo.
La intención era llegar a casa con ella intacta.
La realidad fue otra.
Y no me arrepiento ni lo más mínimo.
Porque hay pequeños placeres que alimentan mucho más que el estómago.
Alimentan el alma.
Y la puntita del pan es uno de ellos.





