Hoy me he levantado muy temprano.
Me he duchado, me he arreglado y le he dado el desayuno a mi querido Coco. Después lo he llevado a casa de sus tiets, Blanca y Toni, que lo adoran y lo cuidan como a un rey. Y yo… con mi ilusión, he puesto rumbo a Barcelona.
Hoy era el día de colaborar contra el cáncer.
He cogido el tren llena de ganas, pensando en toda la gente a la que esta enfermedad le ha cambiado la vida. Cuando he llegado a Barcelona y he salido de la estación, el cielo estaba negro, negro… parecía que iba a caer el diluvio universal. Y yo pensando: “Ay, Amalia… ¡y sin paraguas!”
Pero seguí adelante.
Recogí mi hucha, mi dorsal y me puse manos a la obra. Desde las nueve y media hasta las tres de la tarde he estado caminando, hablando con gente, sonriendo, poniendo pegatinas y diciendo una y otra vez:
—“Buenos días, ¿quiere colaborar con el cáncer?”
Y ahí he visto de todo.
Personas maravillosas que, con poquito, daban mucho.
Y otras que ni siquiera me miraban.
Y duele un poco, no voy a mentir. Porque yo no pedía para mí. Pedía para ayudar. Y a veces un simple “no, gracias” ya sería suficiente. Pero bueno… también he aprendido hoy que no hay que quedarse con los desaboridos de la vida.
Hay que quedarse con la gente buena.
Con la señora que se paró a contarme cómo el cáncer se llevó a su madre, a su hermana y a su sobrina. Necesitaba hablar… y yo la escuché.
Con el señor mayor del bastón, que me dijo que tenía una paga pequeña, pero aun así colaboró y me deseó suerte. Nos dimos la mano y sentí una ternura enorme.
Con cada persona que aportó unas monedas.
Con cada mirada amable.
Con cada “gracias por estar aquí”.
Y al final, el sol salió.
Como si el día quisiera decirme algo.
He caminado diez kilómetros hoy. ¡Diez! Cuando normalmente hago dos. Estoy cansadísima, no te voy a engañar. Pero feliz. Muy feliz.
Después he devuelto mi hucha, me he despedido de las otras voluntarias y he vuelto a casa. He recogido a Coco, que se lo había pasado maravillosamente bien con sus tiets Blanca y Toni, y les llevé un detallito porque las personas que cuidan con amor también merecen cariño.
Y ahora, mientras escribo esto, Coco y yo estamos en casa descansando.
Cansados.
Pero felices.
Porque hoy he confirmado algo que quiero recordar siempre:
A pesar de los prepotentes, de los que no miran, de los que pasan de largo… aún queda gente empática, colaboradora y buena.
Y gracias a Dios… todavía son muchos. 💛







