No me levantaba porque fuera la más fuerte.
Había días en los que no tenía ganas ni de abrir los ojos.
La vida me ha dado golpes. Algunos han dolido mucho. Pero, incluso en los momentos más difíciles, siempre he terminado encontrando un pequeño rayo de luz.
Me costaba levantarme, sí.
Pero cuando miraba a mi hijo, encontraba el motivo.
Y cuando veía a Coco mover la cola al verme, encontraba una sonrisa.
Ellos son mi fuerza.
No porque yo sea de hierro.
No porque no tenga miedo.
Sino porque comprendí que mi fortaleza era el suelo firme donde mi hijo podía crecer tranquilo… y el refugio donde Coco siempre encontraría amor y seguridad.
Con el tiempo descubrí que yo necesito muy poco para ser feliz.
Saber que mi hijo está bien.
Saber que Coco sigue a mi lado.
Saber que Dios me ha regalado un día más.
Hay días en los que levantarse cuesta.
Pero entonces me miro al espejo y me digo con firmeza:
"Hoy es el mejor día de mi vida. Hoy es mi día. Y mañana será todavía mejor."
Y, casi sin darme cuenta, vuelvo a sonreír.
Porque la felicidad no siempre hace ruido.
Muchas veces llega en silencio.
En una llamada.
En un abrazo.
En una cola que se mueve de alegría.
En saber que las personas que más amas están bien.
Y mientras ellos estén bien…
Yo también estaré bien.






