El blog de Alma Buendía Soleado

viernes, 26 de junio de 2026

Un abrazo invisible para Venezuela

Hoy escribo con el corazón un poco encogido.

He recibido noticias de un terremoto que ha afectado a Venezuela, un país que siento cercano a través de personas que quiero mucho. En momentos así, una se queda sin palabras claras, porque todo suena pequeño ante algo tan grande.

Lo primero que he hecho ha sido llamar a mis amigos músicos, ese matrimonio maravilloso que vive aquí cerca de mí, con sus dos hijas.  gracias a Dios están bien. Ellos tienen familia en Venezuela, y también he podido saber que, de momento, todos allí están bien. Esa noticia me ha dado un poco de calma dentro de la preocupación.

También he hablado con Andrea, una amiga de Borja que vive aquí en Barcelona, y en su caso su familia en Venezuela también se encuentran bien por ahora. Son llamadas que haces casi sin pensar, por impulso, porque cuando ocurre algo así, lo primero que necesitas es saber que los tuyos están a salvo.


Pienso en todas esas personas que estaban en sus casas, en su día normal, en su rutina de siempre… y de repente la tierra se mueve y todo cambia. No hay aviso, no hay preparación suficiente. Solo queda el impacto, el miedo y después el silencio.

Venezuela es un país que ya arrastra desde hace tiempo muchas dificultades en su vida cotidiana, con problemas de recursos, de servicios básicos, de estabilidad. Y ahora este nuevo golpe vuelve a poner a prueba a tantas familias que ya venían luchando demasiado.

Y, aun así, también pienso en algo importante: en la respuesta humana. En los equipos de rescate, en los países que están enviando ayuda, en las manos que se tienden sin preguntar de dónde vienes. En esos gestos que, en medio del dolor, recuerdan que la solidaridad existe y se mueve rápido cuando hace falta.

Hoy no hay conclusiones bonitas. Solo hay acompañamiento. Dolor por lo que se ha perdido, respeto por lo que está pasando y un abrazo enorme, aunque sea invisible, para todas esas personas que hoy están viviendo una de las partes más duras de la vida.

Y ojalá, poco a poco, llegue la calma. Y con ella, la seguridad de que cada familia pueda volver a encontrarse.

Y aun en medio de momentos difíciles como este, siempre queda algo que no se rompe: la esperanza. La vida, de una forma u otra, encuentra caminos para recomponerse, para volver a empezar, para sanar lo que parece roto.

Hoy, lo importante es mirar con humanidad lo que está ocurriendo, enviar calma a quienes lo están viviendo de cerca y recordar que, incluso en medio del movimiento de la tierra, también hay manos que ayudan, vecinos que se cuidan y corazones que se sostienen unos a otros.

Estoy convencida de que Venezuela, con la fuerza de su gente, su unión y su corazón enorme, saldrá adelante una vez más. Porque cuando hay comunidad, cuando hay solidaridad y cuando no se pierde la fe en la vida, todo poco a poco va encontrando su lugar.

Hoy nos queda acompañar desde la distancia con cariño, con respeto y con pensamiento positivo. Y confiar, de verdad confiar, en que incluso lo que parece más duro con el tiempo se transforma, se ordena y deja paso a algo más estable.

Porque incluso después del temblor… la vida sigue. Y la esperanza también. 

Y en ese seguir, siempre hay una certeza silenciosa que nos sostiene: todo se va a recomponer, el país encontrará su equilibrio de nuevo, y la vida volverá a abrir caminos de calma, de unión y de futuro. Porque mientras haya personas que no se rinden, siempre habrá salida, siempre habrá luz, siempre habrá esperanza.





lunes, 22 de junio de 2026

Un día de verano, una mosquitera rebelde y una ensalada de reina


Hoy ha sido uno de esos días de calor de los que no admiten discusión. A las nueve de la mañana Coco y yo ya estábamos paseando, porque más tarde no había quien saliera a la calle. A las once ya estábamos de vuelta en casa, refugiados del sol como dos expertos supervivientes del verano.

He ido a comprar una sola cosa: una bolsa de hielo pequeñito. Sí, de ese que enfría rápido y te alegra la bebida en cuestión de segundos. Un euro con noventa y nueve céntimos. Mi gran gasto del día.

Mientras tanto, sigo teniendo en casa una mosquitera que compré hace más de un mes. Llegó doblada y solicité que vinieran a recogerla. Pues aquí sigo, con la mosquitera y sin que nadie haya venido a buscarla. La pobre se está convirtiendo en un miembro más de la familia. A este paso le voy a tener que poner nombre y reservarle una silla en la mesa.

También he aprendido una cosa interesante sobre el aire acondicionado. Yo lo tengo a 26 grados y resulta que, para gastar menos electricidad, lo mejor es ponerlo en modo ECO. Así mantiene el fresquito sin trabajar más de la cuenta. Con la factura de la luz nunca se sabe, así que cualquier truco es bienvenido.

A la hora de comer me he preparado una ensalada que estaba para hacerle una foto. Cogollo, remolacha, pepinillo encurtido bien crujiente, huevo duro y una lata de sardinas. Todo aliñado con aceite de oliva y vinagre de manzana. Sencilla, fresca y deliciosa. Y, por supuesto, Coco también ha recibido su pequeña parte de huevo y una sardinilla. Porque cuando me mira con esos ojitos, yo no tengo ninguna posibilidad de ganar la negociación.

Después ha llegado el momento sagrado del verano: la siesta. Persianas bajadas, aire acondicionado en modo ahorro y una buena cabezadita. Hay tradiciones que no deberían perderse nunca.

Y ahora aquí estoy, sentada escribiendo estas líneas mientras miro las visitas del blog. Ayer fueron 242 y hoy ya van más de 180. No sé quiénes sois algunos de vosotros porque no dejáis comentarios, pero quiero daros las gracias igualmente. Porque detrás de cada visita hay una persona que ha dedicado unos minutos de su tiempo a leer mis historias.

Y eso, para mí, ya es un regalo.

Un abrazo de parte de Coco y mío.



sábado, 20 de junio de 2026

Cuando ayudar te hace feliz

Hoy ha sido uno de esos días que te hacen acostarte con una sonrisa.

Me he levantado tempranito, me he duchado y, a las nueve y media de la mañana, Coco y yo ya estábamos en la calle esperando que vinieran a recogernos. Nuestro destino era la Cruz Roja, donde hoy se celebraba el Día mundial del Refugiado.

Había un concierto muy especial. Mis amigos Brigitte y Juan Carlos actuaban junto a sus hijas, Mia y Eva Luna. Fue un concierto precioso, de esos que te llegan al corazón. Las canciones hablaban de la vida, de los sueños, de las despedidas y de las personas que han tenido que dejar atrás su hogar y a sus seres queridos para buscar un futuro mejor.

Como hoy no había muchos voluntarios, fui un poco antes para ayudar a preparar un pequeño picoteo para los asistentes. También me pidieron un favor: grabar la actuación, el discurso de la alcaldesa y las palabras del presidente de la Cruz Roja. Y, por supuesto, dije que sí.

Así que allí estaba yo, con mi camiseta de la Cruz Roja, móvil en mano unas veces y colocando platos, bebidas y aperitivos otras. Entre una cosa y otra, la mañana pasó volando.

Y Coco... ¡qué os voy a contar de Coco! Se vino conmigo y fue un auténtico campeón. Había muchos niños, algunos hijos de familias refugiadas, y todos querían acariciarlo. Él se dejó mimar como el príncipe que es. No ladró ni una sola vez, se portó de maravilla y nos dejó disfrutar tranquilamente del concierto.

Cuando terminó todo, seguí ayudando un rato más repartiendo refrescos y agua. Y al final regresamos a casa cansados, sí, pero felices.

Hay días que no salen en los periódicos, días sencillos que parecen pequeños. Pero son precisamente esos días los que llenan el alma. Hoy ha sido uno de ellos.

Y mientras escribo estas líneas, miro a Coco, mi angelito de cuatro patas, y doy gracias por las personas buenas, por la música, por la solidaridad y por la oportunidad de compartir momentos tan bonitos.

Porque ayudar siempre deja algo en quien recibe, pero también deja mucho en quien da.







viernes, 19 de junio de 2026

Una sonrisa inolvidable y un hasta siempre


Hay personas que pasan por nuestra vida como una ráfaga de aire fresco, dejándola llena de luz, de risas y de ganas de comerte el mundo. Así era mi amiga. A sus 73 años, una edad en la que muchos se cansan, ella conservaba la ilusión intacta, una sonrisa eterna y una alegría contagiosa.

Ayer le tocó partir después de tres meses de una lucha injusta y silenciosa que empezó de la forma más inesperada. Ha sido un golpe duro, pero en medio de la tristeza, me consuela saber que por fin descansa, libre de dolor y de secuelas, y que Dios la ha acogido para que no sufra más. Fue una auténtica luchadora; la vida no se lo puso fácil, pero ella siempre eligió sonreír.

Hoy no quiero recordarte en la cama de un hospital, sino aquí, en mi casa, compartiendo un día de esos que se te quedan grabados en el corazón. Me viene a la memoria un día maravilloso en la que la invité a comer. Nunca había probado la sopa de cebolla ni la mazorca de maíz, y ver su cara de sorpresa, su ilusión por descubrir algo nuevo y lo muchísimo que disfrutamos juntas de ese almuerzo y de una sobremesa que se alargó casi todo el día, es el regalo más bonito que me guardo de ella. ¡Qué bien lo pasábamos juntas!

Hoy no quiero recordarla con lágrimas, sino con una sonrisa. Quiero recordar nuestras charlas, nuestras risas y todos esos momentos sencillos que hicieron que nuestra amistad fuera tan especial.

Mari, gracias por el cariño, por la compañía y por tantos recuerdos bonitos que se quedan para siempre en mi corazón.

Te digo adiós con amor, pero también con gratitud por haber tenido la suerte de compartir un trocito de camino contigo.

Te vas demasiado pronto, amiga, pero te vas habiendo dejado el mundo un poquito más alegre de como lo encontraste. Gracias por tu amistad, por tus ganas de vivir y por enseñarme que siempre, pase lo que pase, hay un motivo para sonreír.

Sé que tú no vas a poder leer esto que he escrito, pero me sentía en la necesidad de hacerte un pequeño homenaje por lo buena, cariñosa y simpática que fuiste. Y quiero dar gracias a la vida por haber compartido mi vida un tiempo contigo.

Siempre en mi corazón.



miércoles, 17 de junio de 2026

El misterioso caso de las agujas desaparecidas

¡Buenas tardes a todos los amigos de mi rincón!

Hoy os escribo con una mezcla de emoción, muchas ganas y... ¡un poquito de frustración divertida! Ayer os contaba mis ataques de risa con el podcast, hoy la cosa va de manualidades, que ya sabéis que no puedo estarme quieta.

El otro día me di un capricho y me compré una lana preciosa: la Katia Cotton especial para hacer grannys. Me costó 40 euros, que no es precisamente un ovillo de saldo, pero es una maravilla de hilo, suave y con unos colores vivos de esos que a mí tanto me alegran la vista. Mi idea es hacerme un suéter de verano bien fresquito, de esos calados tipo túnica que quedan ideales para las tardes de calor. Tenía todo el plan pensado en mi cabeza.

Hoy, después de volver del veterinario con mi Coco (que se ha portado como un campeón en su revisión), me he dicho: "¡Venga, Amalia, ponte con el suéter!".

He ido toda decidida a buscar mis agujas de ganchillo... y aquí empieza el misterio. ¡No aparecen por ningún lado!

Os confieso que en mi casa tengo tantos trastos de trabajos manuales que a veces parece una tienda de artesanía. Entre las pinturas, los botes, los hilos y las montañas de telas que guardo para mis proyectos de patchwork, ¡cualquiera encuentra algo a la primera! Pero claro, ahora que tenía el ganchillo entre ceja y ceja, estas pillinas de agujas han decidido jugar al escondite conmigo. ¿Dónde se habrán metido?

Sé que terminarán saliendo del rincón menos pensado (probablemente cuando ya no las busque), pero mientras tanto, me toca armarme de paciencia y seguir revolviendo cajones. ¡La lana me está mirando desde la mesa y me da una envidia!

¿Y a vosotras? ¿También os pasa que cuando queréis empezar un proyecto os desaparecen las herramientas por arte de magia? ¿Dónde suele ser el sitio más raro donde habéis encontrado una aguja perdida? ¡Contadme en los comentarios, que necesito ideas para buscar!

Un abrazo enorme y feliz tarde a todos.



martes, 16 de junio de 2026

Entre pausas, suspiros... ¡y un ataque de risa!

¡Buenas tardes a todos los que os asomáis a mi rincón!

Me he presentado a un concurso literario, ya os lo conté en otra entrada.

Hasta aquí todo parece muy profesional. Escribí mi relato, lo corregí, lo revisé y quedé bastante contenta con el resultado. Pero resulta que, además del texto, tengo que enviar un podcast leyéndolo.

Y ahí empezó la comedia.

Durante el día no puedo grabar porque siempre hay algún ruido: coches, puertas, vecinos, algún perro que decide opinar sobre la vida... Así que espero a la noche, cuando todo está en silencio.

Entonces me siento muy seria delante de la grabadora. Coloco el texto. Respiro hondo. Pongo voz de escritora importante.

—"Aquella tarde..."

Y ya está.

A la segunda frase me entra la risa.

Porque de repente me escucho a mí misma haciendo pausas dramáticas, respetando las comas, los puntos suspensivos y poniendo una voz que me parece sacada de una novela de misterio.

Y me entra un ataque de risa.

Corto la grabación.

Vuelvo a empezar.

Y vuelvo a reírme.

Mi grabadora ya está llena de tomas falsas y Coco me mira con una expresión que parece decir:

"¿Pero qué le pasa hoy a esta mujer?"

"Mi humana lleva media hora diciendo la misma frase y luego se ríe sola. Algo raro está pasando aquí..."

Lo mejor es que escribir no me cuesta nada. Me siento delante del ordenador y las palabras salen solas. Pero escucharme leyendo mi propio relato es otra historia.

A estas alturas no sé si conseguiré grabarlo a la primera, a la décima o a la número cincuenta.

Lo que sí sé es que me lo estoy pasando   bomba.

Y pensándolo bien, eso también cuenta.

Porque a veces nos preocupamos tanto por hacerlo perfecto que olvidamos disfrutar del camino. Y yo, entre risas, pausas dramáticas y tomas falsas, me lo estoy pasando de maravilla.

Así que seguiré intentándolo.

Y si algún día consigo grabar el podcast entero sin reírme, prometo celebrarlo por todo lo alto.

Aunque, sinceramente, tampoco me importaría que quedara alguna risita por el camino.

Pase lo que pase, que me quiten lo bailao y lo que me estoy divirtiendo. Al fin y al cabo, ¿hay algo mejor que reírse de uno mismo?




jueves, 11 de junio de 2026

La puntita del pan



Hay placeres que no cuestan dinero, aunque valen una fortuna.

Uno de ellos es salir de la panadería con una barra de pan recién hecha y decirse a una misma: "No voy a tocarla hasta llegar a casa".

Y entonces llega el aroma.

Ese olor a pan calentito, a horno, a barrio, a cosas sencillas.

Miras la puntita.

La puntita te mira a ti.

Y la batalla está perdida.

Le das un mordisquito pequeño. Solo para probar.

Cinco pasos más adelante, otro.

Y cuando llegas a casa, descubres que la barra ya viene inaugurada.

Yo creo que las puntas del pan tienen vida propia. Nos llaman. Nos seducen. Nos convencen de que un trocito no cuenta.

Y quizás tengan razón.

Porque la felicidad muchas veces no está en las cosas grandes. Está en una conversación agradable, en un paseo tranquilo, en una sandía fresquita en verano, en un perro que mueve la cola cuando llegas a casa... o en una puntita de pan recién hecho que te acompaña por la calle.

Hoy he comprado una barra para mojar en la salsa de unos pies de cerdo.

La intención era llegar a casa con ella intacta.

La realidad fue otra.

Y no me arrepiento ni lo más mínimo.

Porque hay pequeños placeres que alimentan mucho más que el estómago.

Alimentan el alma.

Y la puntita del pan es uno de ellos.



Un abrazo invisible para Venezuela

Hoy escribo con el corazón un poco encogido. He recibido noticias de un terremoto que ha afectado a Venezuela, un país que siento cercano a...