El blog de Alma Buendía Soleado

viernes, 27 de febrero de 2026

He terminado mi curso de mediunidad



Hace un tiempo, en el blog, hablamos de la mediunidad… y yo contaba que me había apuntado a un curso por pura curiosidad y ganas de aprender. Pues bien, ¡ya lo he terminado!

Quiero compartir con vosotros esta experiencia, porque ha sido muy bonita y enriquecedora. La mediunidad no da miedo; simplemente es un camino de conocimiento y práctica. Yo no pretendo dedicarme a ello profesionalmente, pero me encanta aprender, explorar y disfrutar cada descubrimiento. A mis 66 años sigo con la ilusión de aprender algo nuevo cada día.

El curso ha sido muy completo: cuatro jueves, cuatro horas cada jueves, con un grupo de 18 personas encantadoras. Cada sesión era distinta, siempre con ejercicios de intuición, telepatía y prácticas que nos invitaban a escuchar, sentir y conectar. Lo más bonito ha sido compartir estos momentos con mis compañeros y compañeras, sentir la energía del grupo, y darme cuenta de cómo cada uno aporta algo único al aprendizaje.

Recuerdo cómo nos sorprendíamos en algunos ejercicios, cómo descubríamos cosas sobre nosotros mismos y cómo aprendíamos a respetar y aceptar los límites de cada persona. Ha sido un espacio seguro para crecer, para experimentar y para aprender sin miedo.

Hoy estoy muy contenta de haberlo hecho, de haberme atrevido a probar, y disfruto muchísimo de mi diploma. Es otro recuerdo, otro aprendizaje, otra alegría que sumar a mi vida. Y también un recordatorio de que la curiosidad y la apertura nunca tienen edad, que siempre podemos explorar, conocer y conectar, si nos dejamos llevar con respeto y amor por lo que hacemos.

Aprender no tiene edad, y la curiosidad siempre nos hace crecer. Este curso me ha enseñado eso, y mucho más: a valorar la paciencia, la empatía, la escucha y la conexión con los demás. Estoy agradecida por la experiencia y por cada persona que compartió conmigo estos cuatro jueves de aprendizaje.

Hoy, al recibir mi diploma, sentí una mezcla de alegría, orgullo y gratitud. Gratitud hacia Cristian, nuestro profesor, por su paciencia, su cariño y su guía, y hacia todas las personas que compartieron conmigo estos jueves. Me siento afortunada de haber podido conectar con seres que están en otra dimensión, de aprender a escuchar y a transmitir mensajes, y de dar un poquito de felicidad a quienes lo necesiten. Esta experiencia me recuerda que, más allá de aprender técnicas, lo más valioso es poder ayudar y acompañar a otros, aportar luz y cariño donde se pueda. Y eso me llena de emoción y de ganas de seguir aprendiendo, cada día un poquito más.



jueves, 26 de febrero de 2026

Hoy he negociado con un caniche


Hoy el paseo no ha sido largo. No porque no tuviéramos ganas… sino porque estábamos esperando un paquete. Y claro, cuando una espera al mensajero, no puede hacerse la interesante por la calle como si el mundo no dependiera de un timbre.

Así que hemos salido Coco y yo con intención de “paseíto corto”.
Pero alguien no estaba de acuerdo con el plan.

Llegamos a la puerta de casa… y Coco se plantó.

Plantado.

Con esa postura de:
— Yo entrar… no lo veo.

Le digo:
— Venga, Coco, que tenemos que estar en casa.
Y él:
— Una esquina más.

Y allá que vamos hasta la esquina.

Volvemos a la puerta.
Se vuelve a frenar.
— Otra esquina.

Y yo pensando: “Este perro cree que soy negociadora internacional.”

Fuimos a la otra esquina. Volvimos. Se volvió a parar.
Si hubiera habido una tercera esquina, también la habríamos hecho.

Pero no. Hoy no podíamos estar más rato en la calle. El paquete estaba al caer y si llaman y no estoy… me da algo. Así que, con amor, con paciencia… y tirando un poquito de la correa, he ganado yo.

Victoria humana.
Derrota canina temporal.

Pero mientras tiraba suavemente de él, me di cuenta de algo precioso: a Coco le gusta la calle. Le gusta oler, mirar, vivir. Es más callejero que yo. Él no entiende de paquetes ni de horarios. Solo entiende de momento presente.

Y eso me hizo sonreír.

Porque mientras yo pensaba en “¿y si viene el mensajero?”, él pensaba en “¿y si hay algo maravilloso en la siguiente esquina?”.

Y quizá tiene razón.

A veces vivimos con prisas por cosas que están por llegar…
y la felicidad está en una esquina más.

Hoy he ganado yo porque el paquete manda.
Pero mañana, si no hay timbre que nos ate, igual gana él.

Y nos vamos a todas las esquinas del barrio.

“Hoy ganó el paquete… pero mañana, Coco y yo conquistamos el barrio.”





miércoles, 25 de febrero de 2026

Si mi café hablara

Si mi café de la mañana hablara…
igual me daría un abrazo o me diría:
“Tranquila, mujer, que aún no es hora de exigirse nada”.

Porque una se levanta con la cara de recién aterrizada en el día, el pelo en modo “aquí ha pasado algo mientras dormía”, y las zapatillas… ay, las zapatillas.
¿Quién decidió que tienen derecha e izquierda?
Porque yo las veo iguales, las siento iguales
y camino igual de torcida con cualquiera.
Capaz llevo media vida poniéndomelas cambiadas
y nadie me ha avisado.

Menos mal que está el café.
Ese que no juzga, no pregunta ni señala ojeras ni canas nuevas.
No dice:
—“¿Te has peinado?”
—“¿Y la crema?”
—“¿Eso es nuevo?”
No.
El café llega, humea, me mira con cariño
y me dice sin palabras:
“Siéntate, respira… ya te irás poniendo en marcha”.

A estas alturas, mi ritual mañanero es sagrado:
café caliente, zapatillas con identidad dudosa
y la dignidad recolocándose poco a poco.
Así que no importa si el espejo hoy no coopera,
si el maquillaje ha decidido no venir o si el pelo va por libre.

El café nos ve tal cual estamos y aun así nos quiere.
Y con eso, amigas, la mañana ya empieza ganando.

Que tengáis un día bonito, con o sin peinar,
con o sin zapatilla correcta, pero siempre… con café.



martes, 24 de febrero de 2026

Barbacoa feliz



Hoy no ha sido solo una barbacoa.
Ha sido cultura compartida. Ha sido abrir la puerta de mi tierra y decir: “Venid, que os enseño algo nuestro”.

Había dos personas que nunca habían comido calçots. No son de aquí, y quisimos hacer esta calçotada en su honor. Encendimos el fuego despacio, con calma, como se hacen las cosas que importan. Él se puso manos a la obra con los calçots, atento, curioso, como un alumno aplicado.

Antes, claro, hicimos lo que se debe: un vermut con patatitas, olivas y risas. Porque las cosas buenas empiezan siempre conversando.

Y luego llegó el momento.
Enseñar a comer calçots como se debe: con las manos, levantando el brazo, manchándose de salsa sin miedo. Porque eso une. Eso rompe la vergüenza. Eso te hace reír.

Los calçots no son solo cebollas largas.
Son un ritual. Son humo y sus llamas vivas Son invierno que se vuelve fiesta. Son tradición que se comparte. Y ver cómo ellos disfrutaban descubriendo algo nuevo… eso no tiene precio.

Después vinieron, la panceta, el pollo, los chorizos, entrecot … y un vinito negro que acompañaba las conversaciones. Y cuando la comida termina en canciones, es que el día ha sido redondo. Ellos son músicos, y acabamos cantando, riendo, sintiendo que la vida, cuando quiere, se pone generosa.

y por supuesto el final nuestro que es un buen "mojito"

Coco correteaba feliz.
Los perros lo notan todo. Notan cuando hay alegría de verdad, cuando el ambiente es bonito, cuando el corazón está en paz.

Y lo más curioso es que estamos en febrero… ¡y en manga corta! Como si el invierno también quisiera celebrar con nosotros.

Hoy doy gracias a Dios por la gente que me rodea, por mi Coco sano y feliz, por los calçots, por el fuego, por el vino, por la música… y por los días sencillos que se convierten en inolvidables.

Porque a veces la felicidad no hace ruido.
Solo huele a brasas, sabe a salsa y termina cantando.



sábado, 21 de febrero de 2026

¡Bienvenidos al Comando Borrachas y Borrachos!



Sí, sí… lo has leído bien. Borrachas y borrachos, pero no de lo que te imaginas. Nuestro comando está borracho de alegría, de risas, de ganas de ayudar y de compartir momentos maravillosos. 🍷💛

Nacimos con una misión: contagiar felicidad allá donde vayamos. No hay reglas estrictas, no hay uniformes aburridos, solo hay ganas de reír, cantar, bailar y dar abrazos que se sientan en el corazón.

Cada letra de nuestro nombre tiene su magia, su sentido y su espíritu:

B – Bondad, porque no hay nada más poderoso que dar con el corazón.
O – Organización, sí, hasta en la juerga hay método… para repartir alegría sin caos.
R – Risas, muchas, estruendosas y contagiosas.
R – Respeto, porque el buen humor nunca pasa por encima de nadie.
A – Amor, ese que se reparte sin medida y se multiplica.
C – Compañerismo, porque juntos todo es mejor.
H – Humanidad, porque somos humanos, imperfectos y maravillosos.
A/O – Alegría y Optimismo, el motor de todo lo que hacemos.
S – Solidaridad, porque ayudar hace que el mundo sea más brillante.

¿Ves? No somos solo un grupo con ganas de fiesta… somos un movimiento de felicidad en acción. 🎉

Nos gusta cantar, hacer chistes malos, bailar en la cocina, contar historias, abrazar y acompañar. Y todo eso con una regla clara: si entras en  nuestro comando, sales con el corazón más ligero y la sonrisa más grande

Si quieres unirte, no hace falta otra cosa que ganas de pasarlo bien y de repartir alegría. Aquí no se juzga, no hay estrés, no hay presión. Solo hay diversión, cariño y momentos que se quedan pegados al alma.

Así que… prepárate para ser un poco travieso, un poco gamberro y mucho, muchísimo más feliz. Porque nuestro Comando Borrachas y Borrachos está aquí para demostrar que la felicidad y la solidaridad se pueden beber a tragos grandes.

¿Te animas?




jueves, 19 de febrero de 2026

La mente no distingue entre miedo y esperanza


A veces me he parado a pensar en algo muy sencillo y muy grande a la vez:
mi mente tiene la capacidad de crear miedo… incluso cuando no está pasando nada.

Puede anticipar pérdidas que no han llegado.
Puede imaginar finales que no existen.
Puede hacerme sentir en el cuerpo algo que solo está ocurriendo en un pensamiento.

Y entonces me hago una pregunta poderosa:

Si mi mente puede hacer todo eso con el miedo…
¿qué podría hacer si la entreno para crear esperanza?

La mente no distingue demasiado entre lo que imaginas con angustia y lo que imaginas con ilusión.
Ambas cosas activan emociones reales.
Ambas cosas influyen en cómo respiras, cómo caminas, cómo miras el día.

Cuando creo en el miedo, empiezo a buscar señales que lo confirmen.
Mi atención se vuelve selectiva.
Todo parece una amenaza, un “y si…”, una posibilidad oscura.

Pero cuando creo en la esperanza, ocurre algo diferente.
Empiezo a notar oportunidades.
Empiezo a ver gestos amables.
Empiezo a recordar que también hay caminos que se abren.

No se trata de negar la realidad.
Se trata de elegir desde dónde la miro.

Visualizar mi felicidad no es engañarme.
Es darle a mi mente una dirección más amable.
Es imaginar esa versión de mí que vive tranquila, que disfruta, que agradece, que confía.

Porque aquello que sostengo en mi interior termina moldeando mi experiencia.

Si cada día me visualizo fuerte, poco a poco me comporto con más fortaleza.
Si me visualizo en paz, empiezo a responder con más serenidad.
Si me visualizo feliz, mi cuerpo aprende esa emoción.

La mente es un instrumento poderoso.
Puede encadenarme al miedo… o puede acompañarme hacia la esperanza.

Y hoy me hago responsable de eso.

No puedo controlar todo lo que pasa fuera.
Pero sí puedo decidir qué cultivo dentro.

Si voy a imaginar algo…
que sea algo que me expanda.

Y ahora te dejo una pregunta, de corazón a corazón:

¿En qué estás creyendo más últimamente… en el miedo o en la esperanza?
¿Y cómo cambiaría tu vida si empezaras a visualizar tu felicidad cada día, aunque solo fueran cinco minutos?

Si te apetece, cuéntamelo en los comentarios.
Me encantará leerte.



martes, 17 de febrero de 2026

No son las personas felices las que agradecen; son las personas agradecidas las que son felices


Hay frases que, cuando las lees, sientes que te describen. Como si alguien hubiera puesto en palabras algo que tú ya sabías por dentro, pero nunca habías sabido explicar del todo. Con esta frase me pasó eso. Se me quedó rondando, suave, insistente, verdadera.

Durante mucho tiempo yo también pensé que primero había que ser feliz para luego agradecer. Que la felicidad llegaría cuando todo estuviera en su sitio, cuando no doliera nada, cuando no hubiera miedos ni sobresaltos. Y mientras tanto, iba esperando… sin darme cuenta de que la vida ya estaba ocurriendo.

Con el tiempo he aprendido algo importante: no agradezco porque sea feliz; soy feliz porque agradezco.

Quiero decir algo con honestidad: no todos mis días son alegres. Hay días en los que lloro. Días en los que la tristeza aprieta, sobre todo porque mi hijo está lejos. Lo echo de menos. Mucho. Y hay momentos en los que esa ausencia pesa.

Pero casi en el mismo segundo, algo dentro de mí cambia el paso. Y agradezco. Agradezco que mi hijo está bien, que está sano, que está cumpliendo su sueño, que está viviendo su vida. Y ese pensamiento, lejos de negarme la tristeza, me anima, me sostiene y me devuelve a la gratitud.

Yo tengo considerables bajones. Tengo días grises. No voy sonriendo todos los días ni pretendo hacerlo. Pero incluso en esos días tristes, agradezco.

Agradezco tener la nevera llena. Tener comida. Tener un techo. Tener salud. Tener una vida sencilla, pero cuidada.

Agradezco el paseo diario con Coco, mi perrito. Verlo caminar tranquilo, olfatearlo todo, mirarme como si yo fuera su lugar seguro. Agradezco el mar, aunque a veces solo lo vea de lejos. Un café caliente. Una conversación bonita. Un día en calma.

Agradecer no significa que todo esté bien. Significa que no dejo que lo que duele lo ocupe todo.

Nada más abrir los ojos por la mañana, ya hay motivos para dar gracias. Estar aquí. Respirar. Tener un día más por delante. Aunque no sea perfecto.

Cuando agradezco, mi mente se aquieta. Deja de pelearse con lo que falta y empieza a reconocer lo que ya está. Y en ese cambio de mirada aparece algo muy valioso: paz. Una paz tranquila, sin fuegos artificiales, pero real.

Yo he comprobado que cuanto más agradezco, más motivos encuentro para hacerlo. No porque la vida cambie mágicamente, sino porque cambio yo. Porque miro distinto. Porque valoro más.

La felicidad, al menos para mí, no es estar eufórica todo el tiempo. Es sentir que la vida, tal como es hoy, también merece un gracias.

Por eso cada día intento terminar la jornada pensando en algo bueno, aunque sea pequeño. Y te aseguro que funciona. Poco a poco, sin ruido, algo se recoloca por dentro.

Hoy quería compartir esto contigo, por si te sirve. Porque no son las personas felices las que agradecen. Somos las personas agradecidas las que, incluso en los días tristes, aprendemos a ser felices.










He terminado mi curso de mediunidad

Hace un tiempo, en el blog, hablamos de la mediunidad… y yo contaba que me había apuntado a un curso por pura curiosidad y ganas de aprende...