El blog de Alma Buendía Soleado

sábado, 19 de septiembre de 2026

Hoy sé lo que entonces no sabía

Si a mis sesenta y seis años pudiera darle un consejo a la mujer que fui cuando era más joven, te aseguro que sería bien sencillo:

Aprende a decir «no» más a menudo.

Nos pasamos una buena parte de la vida intentando caerle bien a todo el mundo, cumpliendo con lo que los demás esperan de nosotras y buscando su aprobación.

Nos callamos muchas cosas.

Aguantamos más de la cuenta.

Nos adaptamos a situaciones que no nos hacían felices y dejamos nuestras propias necesidades para el último lugar.

Intentamos encajar en sitios donde, seguramente, nunca estuvimos hechas para encajar.

Y luego llega un día en que te das cuenta de algo.

La mayoría de las cosas por las que tanto sufriste… no eran tan importantes.

Aquellas críticas que tanto miedo te daban.

Las exigencias que te dejaban agotada.

Las personas por las que tantas veces te olvidaste de ti misma.

Nada de aquello valía todo lo que te costó.

Por eso, si pudiera volver atrás y sentarme un ratito con aquella muchacha que fui, le diría:

Di lo que piensas.

No tengas que dar explicaciones de cada decisión que tomes.

No te pases la vida intentando convencer a quien no quiere entenderte.

Cuida tu tiempo.

Cuida tu corazón.

Y, sobre todo, cuida tu tranquilidad.

Y si algo solamente te trae dolor, desgaste o decepciones, ten el valor de darte la vuelta y marcharte.

Sin sentirte culpable.

Sin explicar más de lo necesario.

Sin mirar atrás todo el rato.

Porque los remordimientos que más pesan no suelen venir de los tropiezos.

Vienen de esas palabras que no dijimos por miedo.

De esas situaciones que aguantamos mucho más de lo que debíamos.

De tantos momentos en los que pusimos a todo el mundo por delante y nos dejamos a nosotras mismas para el final.

Y con los años aprendes una cosa que quizá nadie te explicó cuando eras joven:

Cuidar de una misma no es ser egoísta.

Es quererse.

Es respetarse.

Y, muchas veces, es una necesidad.

Porque una también merece vivir en paz.

El rincón de Amalia 💖



viernes, 18 de septiembre de 2026

Un día me di cuenta de que había crecido


Buenos días, amigas de mi rincón.

Hoy me he puesto a pensar en una cosa… ¿sabéis cuándo me di cuenta de que había crecido?

Y no, no fue por las arruguitas alrededor de los ojos. 😂
Ni porque el espejo empezara a enseñarme cosas que yo no le había pedido.

Tampoco fue porque los años fueran pasando.

Me di cuenta de que había crecido por dentro.

Fue cuando dejé de necesitar tener siempre la razón. Cuando entendí que hay discusiones que no merece la pena ganar y personas a las que no merece la pena perseguir.

Cuando aprendí que, si alguien decide marcharse de tu vida, puedes quererle, puedes echarle de menos… pero no tienes por qué salir corriendo detrás.

Y también cuando comprendí que pedir perdón es muy bonito, pero esperar eternamente a que alguien lo haga puede robarnos demasiada paz.

La madurez no llegó dando golpes en la puerta.

Llegó poquito a poco, casi sin hacer ruido.

Y un buen día me encontré pensando:

“Pues mira, ya no quiero complicarme la vida.”

Ahora no necesito gustarle a todo el mundo. Ni que todo el mundo entienda mis decisiones. Ni encajar en lugares donde no estoy cómoda.

Quiero estar tranquila conmigo.

Quiero rodearme de personas que me quieran como soy, con mis cosas buenas, mis manías y mis días de “hoy no estoy para nadie”. 

Y mi cuerpo… ¡ay, mi cuerpo!

Antes podía mirarlo y encontrarle defectos por todas partes. Ahora lo miro de otra manera.

Este cuerpo ha vivido mucho.

Ha reído, ha llorado, ha trabajado, ha querido, ha perdido, ha vuelto a levantarse y ha seguido caminando cuando las cosas no se lo pusieron precisamente fácil.

¿Cómo no voy a quererlo?

Cada marca cuenta una historia. Cada arruga tiene detrás un montón de vida.

Así que ya no quiero pasarme el día corriendo detrás de los “tengo que”.

Tengo que hacer esto.
Tengo que hacer aquello.
Tengo que quedar bien.
Tengo que preocuparme por lo que pensarán…

Pues no.

Ahora quiero disfrutar más de las cosas pequeñas.

De mi café con leche.

De una conversación que me haga reír.

De un paseo sin mirar el reloj.

De una tarde tranquila.

De una canción que me traiga un recuerdo bonito.

De estar en casa con Coco y sentir que, por un momento, todo está bien. ❤️

He aprendido a escucharme.

A cuidarme.

A decir que no cuando no quiero.

A decir que sí cuando me apetece.

A dejar ir lo que ya no me hace bien.

Y, sobre todo, he aprendido que elegirme a mí misma no es ser egoísta.

Es quererme un poquito más.

Quizá eso sea hacerse mayor de verdad.

No cumplir años.

Sino aprender a vivirlos.

Y aquí estoy, mis queridas amigas, con mis arruguitas, mis recuerdos, mis historias y mis ganas de seguir disfrutando.

Porque todavía me queda mucho por vivir.

Y, mientras tanto…

Siempre hay un motivo para sonreír. ❤️

¿Y vosotras? ¿En qué momento os disteis cuenta de que habíais cambiado por dentro?



jueves, 17 de septiembre de 2026

Hoy mi cabeza se fue al pasado


Buenos días, amigas de mi rincón.

Hoy el día se ha levantado nublado, de esos días en los que parece que hasta las nubes nos invitan a pensar un poquito más de la cuenta. Y mira tú por dónde… hoy mi cabeza se ha ido al pasado.

Sin maleta, sin billete y sin avisar. Porque la memoria es así: aparece cuando quiere y nos lleva de la mano a lugares que creíamos olvidados.

Me he acordado de aquellos años en los que las tardes parecían no acabarse nunca. Las puertas de las casas estaban abiertas, se escuchaban voces en la calle y los patios olían a comida recién hecha, a café y a ese olor tan especial de la tierra mojada después de regarla.

Nos pasábamos las horas jugando en la calle. No necesitábamos gran cosa: una cuerda, una pelota, unas canicas o cualquier invento que se nos ocurriera. Con poquito éramos capaces de pasarlo en grande.

Y cuando desde la puerta se escuchaba aquello de: “¡Ya es hora, para casa!”, sabíamos que se había terminado la diversión. 

También recuerdo cuando, si querías hablar con una amiga, tenías que ir a buscarla a su casa. No había móviles, ni mensajes, ni eso de “te escribo luego”. Allí que ibas tú, andando, y si no estaba… pues vuelta para casa.

La televisión tenía sus horarios y había que esperar a que llegara el programa que querías ver. Y de las fotografías, mejor ni hablamos… hacer una foto era casi un acontecimiento. No como ahora, que hacemos veinte y luego no sabemos cuál guardar. 

Y qué decir de las fiestas. Con un poco de música, algo para picar y muchas ganas de reír ya teníamos montado el sarao.

Después crecimos. Llegaron los amores, los hijos, las responsabilidades, las preocupaciones… y fueron pasando los años casi sin pedir permiso.

Ahora miro hacia atrás y pienso: ¡pero si parece que fue ayer!

Hay muchas cosas que hoy tenemos y que antes ni imaginábamos. Pero hay algo que no podemos comprar ni recuperar: aquellos años.

No puedo volver a aquellas calles, ni a aquellas tardes interminables, ni sentarme con algunas de las personas que ya no están.

Pero sí puedo cerrar los ojos.

Y por un ratito vuelvo.

Vuelvo a ser aquella muchacha con sus sueños, sus ilusiones y toda la vida por delante.

Y entonces sonrío.

Porque los años pasan, sí… pero no se van del todo. Algunos se quedan guardaditos dentro de nosotros y esperan pacientemente a que una canción, un olor, una fotografía o simplemente un día nublado los despierte.

Y hoy ha sido ese día.

Así que aquí estoy, recordando, sonriendo y dando gracias por haber vivido aquellos tiempos.

Porque quizá entonces no lo sabíamos, pero mientras estábamos allí, estábamos fabricando los recuerdos que algún día tanto íbamos a echar de menos.

Siempre hay un motivo para sonreír. ❤️

Mis queridas amigas, ¿a vosotras también os pasa que un día cualquiera, sin saber por qué, la cabeza se os marcha de viaje al pasado?



sábado, 12 de septiembre de 2026

La rodilla protesta, pero yo sigo

Buenos días, amigas de mi rincón.

Llevo ya un par de semanas que cuando no me duele una cosa, me duele otra. El otro día era el hombro y hoy le ha tocado a la rodilla.

¡Ay, las cosas de la edad! Una quiere hacerse mayor tranquilamente, pero parece que el cuerpo tiene ganas de ir dejando pequeñas notas por todas partes: «Aquí tienes un dolorcito», «aquí tienes una molestia»… 😂

Y digo yo que una no puede hacerse mayor sin que vayan apareciendo estas cosillas. Porque cuando una era más joven, se levantaba, se sentaba, se agachaba y volvía a levantarse sin pensar en nada. Ahora hay movimientos que una hace con cuidado, como si estuviera desactivando una bomba.

Hoy mi rodilla me está dando la lata sobre todo al agacharme y al levantarme. Caminando puedo hacerlo bastante bien, pero cuando tengo que sentarme o levantarme… ¡madre mía!

Pero bueno, con dolor y todo, tampoco me he quedado de brazos cruzados.

Me he hecho mi comida, he fregado la cocina, he limpiado un poquito la casa y he jugado con Coco. Y, por supuesto, hemos salido a dar nuestra vueltecita.

Eso sí, hoy ha sido una vuelta pequeñita, pequeñita. Lo justo para que Coco pudiera salir y olisquear un poco, y yo no le pidiera demasiado a mi rodilla.

Porque también hay que aprender a escuchar al cuerpo. No pasa nada por bajar un poco el ritmo cuando hace falta.

Y esta tarde estamos los dos tranquilitos en casa. Coco con sus juegos y su alfombra olfativa, y yo intentando que esta rodilla deje de protestar.

No estoy hoy especialmente alegre, para qué os voy a engañar. Pero tampoco quiero que un día de dolor me quite todas las cosas buenas que tengo.

Porque una cosa tengo clara: hacerse mayor tendrá sus achaques, pero mientras podamos seguir disfrutando de las pequeñas cosas, siempre habrá un motivo para sonreír.

Y mañana… ya veremos qué parte del cuerpo decide llamar mi atención. 

Un beso grande, amigas.

El rincón de Amalia ❤️


Siempre hay un motivo para sonreír.



miércoles, 9 de septiembre de 2026

POR SI ACASO… HOY NOS QUEDAMOS EN CASA 🌧️🐩


Ayer recibimos una de esas alertas en el móvil que hacen que una empiece a mirar al cielo con otros ojos. 

Aviso de tormentas, lluvia fuerte, rachas de viento… y claro, una, que es muy prudente, o muy miedosa, según se mire, piensa: “Pues hoy Coco y yo nos quedamos tranquilitos en casa, que no tenemos ninguna necesidad de que nos pille una tormenta por ahí.”

Esta mañana se han anulado los colegios, también algunas actividades y deportes al aire libre, y nos han recomendado extremar las precauciones.

Así que aquí estamos.

Son casi las doce y todavía no hemos salido. 

Ha llovido un poquito, sí, pero de momento por aquí estamos bastante tranquilos. Miro por la ventana, vuelvo a mirar… y nada. El cielo amenaza, pero parece que la tormenta se lo está pensando.

Y mientras tanto, ¿qué hacemos?

Pues yo he sacado la alfombra olfativa de Coco y le voy escondiendo sus pequeñas chuches para que las busque. Él tan contento, olfateando de un lado para otro, entretenido con su juego… y yo, por lo menos, tranquila sabiendo que está dentro de casa y no nos va a caer un chaparrón encima.

Porque también hay que saber disfrutar de estos pequeños momentos.

Hoy no hemos salido a pasear todavía, pero hemos jugado, hemos olfateado, hemos esperado a que pase el temporal… y aquí seguimos.

Eso sí, Coco me mira de vez en cuando con una cara que parece decir:

“Mami… ¿pero cuándo nos vamos a la calle?” 😂🐩

Y yo le contesto:

“Cuando el cielo deje de ponerse tontorrón, Coco.”

Así que esperaremos.

Que una cosa es tener ganas de salir y otra muy distinta es salir con el paraguas volando, Coco debajo del brazo y yo haciendo de protagonista de una película de aventuras. 

De momento, casita, tranquilidad, juegos y mucha paciencia.

Y si finalmente sale el sol… ¡pues a la calle!

Porque quedarse en casa por precaución está muy bien, pero tampoco vamos a dejar que cuatro gotas nos arruinen el día. 

Por si acaso, hoy nos quedamos cerquita.

A veces también hay que aprender a esperar a que escampe. 🌧️

El rincón de Amalia❤️


martes, 8 de septiembre de 2026

Hoy estoy feliz: de desayunos, morcilla, amistades y una planta que no necesitaba

 Buenos días, mis queridas amigas. Sí, ya sé que el reloj del ordenador marca las 14:00 en punto y que, a estas horas, lo correcto sería decir “buenas tardes”. ¡Pues no! Para mí siguen siendo buenos días, porque todavía no he comido. Y mientras una no haya comido, el día sigue siendo día. Esto es una norma mía y no admite discusión. 

 Además, hoy tengo una razón estupenda para decir ¡buenos días! porque he tenido una mañana de esas que te dejan el corazón calentito y una sonrisa puesta durante horas. Hoy estoy feliz. Y no porque haya pasado nada extraordinario, de esas cosas que salen en los periódicos o que cambian la vida de un día para otro. No. Estoy feliz por algo mucho más sencillo y, para mí, muchísimo más importante: Una buena mañana, buena compañía, risas, conversación, un desayuno diferente, un paseo y unas amistades maravillosas. ¿Se puede pedir más?

Una mañana que empezó tempranito Esta mañana hemos salido Coco y yo tempranito. Primero, como manda la tradición, hemos salido a dar nuestro paseo para que mi pequeño haga sus cositas. Y después nos hemos ido a desayunar a un bar nuevo que han puesto por aquí. Es un sitio muy agradable. Lo llevan una madre y sus dos hijos, y son de esas personas que enseguida te hacen sentir a gusto. Lo único malo es que no tienen terraza. Y claro, para mí eso es un pequeño inconveniente porque voy con Coco. Pero resulta que me dejan entrar con él y, sinceramente, tampoco me preocupa demasiado, porque mi perro en un bar se comporta como un señor. Coco entra, busca su sitio debajo de la mesa, se sienta o se tumba y allí se queda tan tranquilo. No ladra. No molesta. No pide comida. No anda de un lado para otro. ¡Parece que no haya perro! Bueno… salvo cuando se levanta y pone esa carita de “¿y mi parte del desayuno?”. 😂 Pero, en general, se porta estupendamente. 

Y allí nos estamos acostumbrando a desayunar de una manera que no es nada habitual para mí. Porque yo soy mujer de desayunos sencillos. Un café con leche y, si voy a una churrería, dos churritos. Y si desayuno en casa, pues una magdalena, dos galletitas y mi café con leche. Y tan feliz. Pero aquí, entre unas cosas y otras, estamos cogiendo unas costumbres que cualquier día voy a tener que ir al bar con babero. 

Hoy éramos cinco. Hoy habíamos quedado tres amigas y un amigo. Bueno… cinco, porque Coco también cuenta. Y allí nos hemos juntado Brigitte, Antonia, Joaquín, Coco y yo. Y ha sido estupendo. Joaquín es de esas personas con las que puedes estar hablando un rato y siempre terminas aprendiendo algo. Es una persona muy polifacética. Tiene una asociación, una fundación, entre otras muchas cosas, trabaja haciendo prevención de incendios en empresas. Vamos, que tiene conversación para rato. Y eso me encanta. Me gusta conocer personas que tienen cosas que contar, personas curiosas, que saben de diferentes temas, que han vivido, aprendido y siguen teniendo ganas de compartir. Y hoy hemos aprendido unas cuantas cosas con él. Mientras tanto, cada uno a lo suyo. Joaquín se ha pedido un café americano de esos que parecen una piscina. Un vaso entero de café solo. Y él, tan tranquilo, nos dice que no desayuna. ¡Pues hijo mío, después de ver aquel vaso de café, casi me parece que te has comido un desayuno entero! 😂 Pero lo mejor ha sido Brigitte y Antonia. Porque mientras yo estaba con mi pequeño bocadillito, ellas, a las nueve de la mañana, se estaban comiendo unos callos. Sí, sí. CALLITOS. 

A las nueve de la mañana. Yo todavía estoy intentando asimilarlo. Dicen que estaban buenísimos. Yo no los he probado, pero ellas han dado buena cuenta de ellos y no han dejado lugar a dudas. Una se los ha tomado con cerveza y la otra con Coca-Cola. Y yo pensando: “¡Madre mía, qué desayuno más completo!”

Y yo… morcilla  yo me he pedido un mini bocadillito de morcilla. Mira que hacía años que no comía morcilla. Años. Y ahora resulta que llevo dos semanas seguidas cayendo en la tentación. Esto ya empieza a ser preocupante.  Así que he decidido que la próxima vez voy a cambiar. Porque una cosa es que me guste y otra es que parezca que me he reencontrado con ella después de una separación de veinte años. Pero estaba muy rico, eso sí. Y entre el tentempié, el café y la conversación, se me ha pasado la mañana volando.

Después, el cigarrito y la charla. Cuando hemos terminado, hemos salido a la calle. Y aquí tengo que reconocer algo que Joaquín y yo sabemos perfectamente que no se debe hacer. Nos hemos fumado un cigarrito. ¡Ea! Ya está dicho. Nos hemos sentado en un banco y hemos continuado nuestra conversación tranquilamente. Porque hay conversaciones que no se terminan cuando se acaba el café. Y esa ha sido una de ellas. Hemos seguido hablando, riendo, comentando cosas y disfrutando de ese ratito sin ninguna prisa. Después Antonia se ha marchado, Joaquín también, porque tenía cosas que hacer, y nos hemos quedado Brigitte y yo. Y ahí ha empezado otra aventura.

Entrar en un bazar chino: error de principiante. Porque hay cosas que una mujer sabe que no debe hacer. Por ejemplo: Entrar en un bazar chino cuando tienen plantas. Yo debería tenerlo prohibido. Debería existir un cartel en la puerta que dijera:

“Amalia, tú no entras.” Porque cada vez que entro, salgo con algo. Y si tienen plantas, ya no hay nada que hacer. Es superior a mis fuerzas. Y, efectivamente, hoy he entrado. Y, efectivamente, he salido con una planta. 😂😂😂 Yo misma me lo prohíbo, pero luego entro y la planta me mira. Y claro… ¿Qué voy a hacer? ¿Dejarla allí abandonada? Pues no. Así que ahora tengo una nueva habitante en casa. No sé dónde la voy a poner todavía, pero eso ya es un problema del futuro. Primero se compra la planta. Después ya veremos dónde cabe.

Un paseo de vuelta a casa Después hemos seguido paseando Brigitte, Coco y yo. Y ha sido otro de esos paseos sencillos que parecen no tener importancia, pero que a mí me hacen muchísimo bien. Caminando, hablando, viendo cosas, disfrutando del día… Hasta que cada una ha seguido su camino. Brigitte se ha ido a hacer unas compras y yo he tirado para casa con Coco. Y entonces he pensado: ¡Qué mañana tan bonita he tenido! Sin grandes planes. Sin nada extraordinario. Simplemente salir de casa, pasear, desayunar con amigos, reír, aprender, charlar, comprar una planta que no necesitaba y volver a casa con Coco.

Y ahora… las albóndigas me esperan Y aquí viene la otra parte de la historia. Anoche, como sabía que hoy probablemente iba a llegar tarde a casa, me preparé la comida. Hice albóndigas con patatas. Porque una también tiene que cuidarse y pensar un poquito por adelantado. Y ahora tengo la comida hecha. Bueno… hecha está. Lo que pasa es que ahora mismo no tengo demasiada hambre. Normal. Después del homenaje de esta mañana, todavía tengo el recuerdo en el estómago. 😂 Pero dentro de un ratito comeré mis albóndigas con patatas y tan contenta. Y mientras tanto, aquí estoy. En casa. Con Coco. Con mi plantita nueva. Y con esa sensación tan bonita que te queda después de haber pasado unas horas con personas con las que estás bien.

Hoy estoy feliz Y hoy quiero quedarme con eso. Con la felicidad de las cosas sencillas. Porque muchas veces buscamos la felicidad en acontecimientos enormes, en viajes, en compras, en grandes noticias… Y resulta que algunas veces la felicidad está en algo tan sencillo como: Un café con leche. Unos amigos alrededor de una mesa. Una conversación interesante. Un paseo. Un perro bueno debajo de la mesa. Una planta que no necesitabas. Y muchas risas. Hoy he tenido todo eso. Y hoy, sinceramente, estoy feliz. Así que aunque sean las 14:00h y el reloj diga que debería despedirme con un “buenas tardes”, yo me niego. Porque todavía no he comido. Y mientras no haya comido… ¡Buenos días, mis queridas amigas! Que nunca nos falten esos ratitos sencillos que nos hacen volver a casa con el corazón contento. Y que nunca perdamos la capacidad de reírnos, de aprender, de compartir una mesa y de disfrutar de una mañana cualquiera como si fuera un regalo. Porque quizá la felicidad sea precisamente eso: Darnos cuenta de que un día normal también puede ser un día maravilloso. Un beso enorme de vuestra amiga, Amalia 

 El Rincón de Amalia🧡






Envejecer es para valientes


El otro día leí una frase que me hizo pensar: "Envejecer no es para débiles".

Y pensé yo: ¡Claro que no! 
Envejecer no es para débiles… ¡es para valientes y con un par de narices!

Porque hay que tener valor para mirarse al espejo y decir:
_Pues sí, aquí están mis arruguitas.
_Sí, el cuerpo ya no es el de los veinte.
_Sí, tengo canas.
_¿Y qué?

¡Pues nada! Que una no se va a poner a discutir con el espejo todas las mañanas! 

Yo tengo 66 años. Sesenta y seis, ni uno menos y ni uno más. Y cuando me preguntan la edad, la digo tan tranquila. Bueno… tan tranquila no, ¡a veces hasta me sorprendo yo misma! 

Porque digo una cosa: ¿qué necesidad tenemos de quitarnos años?

Si los años que hemos vivido son precisamente los que nos han traído hasta aquí. Cada cumpleaños es una pequeña victoria. Hemos pasado por días buenos, días no tan buenos, penas, alegrías, pérdidas, amores, decepciones, risas, lágrimas… y aquí seguimos.

¡Pues vamos a celebrarlo, digo yo!

Y tampoco quiero pasarme la vida quejándome de que mi hijo está lejos o de que tienen su vida. Y las madres pasamos a segundo lugar, tienen su trabajo, su vida y aunque el amor de una madre siempre está ahí ya no somos tan necesarias como cuando eran pequeños.

Claro que me gustaría tenerlo cerquita. ¡Cómo no! Pero ellos tienen derecho a vivir, a equivocarse, a hacer su camino y a tener sus propias preocupaciones.

Y yo también tengo que aprender a hacer el mío.

Porque estar sola algunas veces no significa estar abandonada. Significa que tengo que aprender a disfrutar de mi propia compañía.

Y mira que yo conmigo misma tengo conversación para rato… 😂

Me pongo mi música, escribo en mi blog, coso, hago mis cositas, paseo con Coco, me arreglo, me pongo mi colonia aunque no vaya a ninguna parte y, si me da la gana, me tomo un café en una taza bonita.

¿Por qué vamos a esperar a que llegue una ocasión especial para disfrutar?

¡La ocasión especial somos nosotras mismas!

Yo no quiero vivir pendiente de parecer más joven.

Quiero sentirme viva.

Quiero que mis canas cuenten historias. Que mis arrugas recuerden las veces que me he reído. Que cada pequeña marca de mi cara me recuerde que aquí ha habido vida.

Y cuando me vuelva a mirar al espejo, en lugar de buscar lo que ha cambiado, quiero mirar a la mujer que ha llegado hasta aquí.

Con sus cosas buenas y sus cosas regulares.

Con sus días de "¡Hoy me como el mundo!" y sus días de "¡Que me dejen tranquila, que hoy no estoy para nadie!". 

Porque sí, señoras y señores…

¡Tengo 66 años!

Y no pienso esconderlos.

No quiero quitarme años.

Quiero vivirlos.

Quiero estrenar cada uno de los que me queden. Quiero seguir riéndome, aprendiendo, haciendo planes, poniéndome guapa, escribiendo mis historias y dando guerra.

Porque mientras haya una mañana esperándome al otro lado de la noche…

yo pienso levantarme y salir a por ella.

Y si para eso hay que cumplir años…

¡Pues que vengan!

Aquí los espero. 

El rincón de Amalia🧡



Hoy sé lo que entonces no sabía

Si a mis sesenta y seis años pudiera darle un consejo a la mujer que fui cuando era más joven, te aseguro que sería bien sencillo: Aprende a...