El blog de Alma Buendía Soleado

jueves, 15 de octubre de 2026

Arriba esos corazones

¡Buenos días, amigas de mi rincón! ❤️

Venga, arriba esos corazones, que ya tenemos un nuevo día por delante. Y no me pongáis esa cara de sueño, que os estoy viendo… ¡Ja, ja, ja! Aunque, para ser sincera, a veces suena el despertador y a una le entran unas ganas tremendas de darse la vuelta, taparse hasta las orejas y decir: «¡Cinco minutitos más, por Dios!».

Pero aquí estamos, un día más, con los ojos abiertos y la vida esperándonos al otro lado de la ventana.

Y mirad, yo no os voy a desear un día perfecto, porque de esos no hay tantos como nos gustaría. Ni tampoco os voy a decir que sonriáis a todo, porque hay mañanas en las que una todavía no se ha tomado el café y ya le han salido tres problemas. ¡Y así no hay quien sonría, hija mía! 

Lo que sí quiero es que hagamos una cosa juntas: dar gracias a Dios por este nuevo amanecer.

Gracias, Dios, por abrir los ojos, por respirar, por tener una nueva oportunidad y por poder disfrutar de esas pequeñas cosas que, aunque parezcan poca cosa, son las que hacen bonita la vida.

Ese primer café que sabe a gloria, una canción que nos trae buenos recuerdos, una conversación con alguien a quien queremos, las risas que nos salen sin esperarlas o ese ratito de tranquilidad en el que parece que el mundo se ha puesto de acuerdo para dejarnos en paz.

¡Ay, qué bien sientan esos momentos!

Claro que también hay días en los que las preocupaciones llaman a la puerta sin pedir permiso. Que si una cosa pendiente, que si un dolorcillo por aquí, que si algo que nos ronda la cabeza… Y entonces miramos al cielo y soltamos un buen: «¡Ay, Señor, dame paciencia, que como me des fuerza, la lío!». 

Pero incluso en esos días tenemos algo que no debemos olvidar: estamos aquí, tenemos una nueva oportunidad y todavía nos quedan muchas cosas bonitas por vivir.

No hace falta tenerlo todo solucionado para dar gracias. Tampoco necesitamos estar alegres a todas horas ni fingir que no nos preocupa nada. Somos personas, tenemos nuestros días buenos y nuestros días regulares, y no pasa absolutamente nada.

Lo importante es no dejar que las preocupaciones nos roben también las pequeñas alegrías.

Así que esta mañana, cuando os toméis vuestro cafelito, hacedme un favor: parad un momentito, respirad hondo y pensad en algo bonito que tengáis en vuestra vida.

Y si no se os ocurre nada a la primera, no os preocupéis. A veces tenemos tantas cosas en la cabeza que se nos olvida mirar todo lo bueno que tenemos delante de las narices. ¡Que somos así de despistadas algunas veces!

Yo hoy quiero empezar dando gracias a Dios, poniendo en sus manos lo que venga y recordándome a mí misma que no necesito saber cómo será todo el camino. Basta con dar el siguiente pasito, con fe, con esperanza y con ganas de seguir disfrutando de la vida.

Porque la vida no siempre nos lo pone fácil, amigas, pero mientras podamos disfrutar de un amanecer, escuchar nuestra canción favorita, compartir una sonrisa o dar un abrazo de esos que lo curan casi todo, merece la pena seguir adelante.

Y ahora os dejo, que seguro que alguna todavía está por ahí con el café en la mano y el pelo revuelto. ¡Que os conozco! ❤️

Que Dios os acompañe, os cuide y os regale un día lleno de pequeños momentos felices.

Y recordad una cosa, mis queridas amigas: no hace falta que el día sea perfecto para encontrar algo bonito en él.

¡Sonreíd, vivid y no dejéis para mañana ese abrazo, esa llamada o ese ratito de felicidad que podéis disfrutar hoy!

Porque ya sabéis cuál es nuestro lema…

🌻 Siempre hay un motivo para sonreír. 🌻

Con todo mi cariño,

Amalia, desde El Rincón de Amalia. ❤️



He aprendido a vivir sin apego


Buenos días, amigas de mi rincón. ❤️

Hoy quiero hablaros de algo sobre lo que llevo tiempo pensando: el apego.

Durante muchos años fui una persona muy apegada a mi familia, a mis cosas, a mis recuerdos y a las personas que quería. Me gustaba tener cerca a los míos, sentir que todo estaba en su sitio y pensar que aquellas personas tan importantes para mí seguirían acompañándome durante mucho tiempo.

Pero la vida, que tiene sus propios planes y que pocas veces nos pregunta qué nos parece lo que decide, me fue enseñando una lección que me costó muchas lágrimas aprender.

Se llevó a mi hermana, a mi padre, a mi madre, a mi marido, a mi madrina… Personas que formaban parte de mi vida y de mi corazón. Y con cada despedida fui descubriendo lo mucho que puede doler vivir aferrada a alguien, deseando que nada cambie y que todo permanezca como una lo había conocido.

Porque una cosa es querer y otra muy distinta es vivir agarrada a lo que quiere.

Y yo, amigas, durante mucho tiempo viví agarrada a muchas cosas.

Hasta que un día comprendí que no podía seguir viviendo con miedo a perder. Que la vida no me iba a garantizar que las personas se quedaran, que los planes salieran como yo quería o que las cosas fueran siempre como a mí me gustaban.

Así que, poco a poco, fui aprendiendo a soltar.

No fue de un día para otro. La vida me fue enseñando, a veces con mucha dulzura y otras a base de golpes, que nada nos pertenece para siempre y que empeñarnos en retener lo que no podemos controlar solamente nos roba la tranquilidad.

Hoy ya no quiero vivir apegada a nada ni a nadie.

Y cuidado, que esto no significa que no quiera. ¡Al contrario! Quiero a los míos, disfruto de las personas que llegan a mi vida y agradezco cada momento bonito que tengo la suerte de vivir.

Pero ya no quiero agarrarme a nada con tanto miedo que termine olvidándome de disfrutarlo.

Si alguien llega a mi vida, procuraré darle cariño. Si alguien comparte conmigo un trocito de su camino, disfrutaré de su compañía. Y si un día nuestros caminos se separan, me quedaré con lo bonito que vivimos, sin convertir los recuerdos en cadenas que me impidan seguir caminando.

Lo mismo me ocurre con las cosas materiales. Hoy disfruto de lo que tengo, cuido mis pequeñas cosas y agradezco lo que puedo disfrutar. No necesito tener mucho para sentirme afortunada. He aprendido que la tranquilidad vale más que muchas de las cosas que antes creía imprescindibles.

Y ahora dejo que la vida transcurra.

Que venga lo que tenga que venir. Que me sorprenda con cosas bonitas y que, cuando lleguen días difíciles, encuentre la manera de atravesarlos sin perderme por el camino.

Porque tampoco os voy a engañar, amigas. Yo intento hacer el bien, procuro tratar a las personas con cariño y no deseo mal a nadie. Y, aun así, hay veces en que la vida me trae situaciones que me duelen y cosas que no entiendo.

Pero he comprendido que ser buena persona no nos libra de las dificultades. Lo que sí podemos hacer es intentar que las dificultades no nos conviertan en personas amargadas, desconfiadas o incapaces de disfrutar de lo bueno que todavía tenemos delante.

No quiero dejar de querer; quiero dejar de vivir con miedo a perder.

No quiero dejar de sentir; quiero aprender a aceptar que no todo depende de mí.

Y no quiero pasarme la vida preocupándome por lo que mañana podría desaparecer, porque entonces se me escaparía lo único que de verdad tengo: el día de hoy.

Así que aquí me tenéis, amigas, intentando vivir más ligera de equipaje, sin exigirle a la vida que me prometa nada y sin pedirle a nadie que se quede para siempre.

Si algo bonito llega, lo recibiré con una sonrisa. Si algo bueno permanece, lo disfrutaré mientras dure. Y si algo se marcha, intentaré aceptar su ausencia sin olvidar que mi vida sigue teniendo motivos para ser vivida.

Porque todavía me quedan cafés por tomar, conversaciones por compartir, sonrisas por regalar, cosas por aprender y momentos bonitos que ni siquiera imagino.

Y yo no pienso perdérmelos por estar mirando constantemente hacia atrás o preocupándome por lo que pueda pasar mañana.

He aprendido que la paz no consiste en tenerlo todo conmigo, sino en saber disfrutar de lo que tengo sin vivir aterrada ante la posibilidad de perderlo.

No sé cómo lo veréis vosotras. Quizá algunas penséis que querer sin apego es imposible, y otras entendáis perfectamente lo que quiero decir.

Por eso me gustaría conocer vuestra opinión. ¿Creéis que se puede querer mucho a una persona sin apegarse a ella? ¿Habéis aprendido también a soltar después de alguna pérdida?

Os leo con mucho cariño, que ya sabéis que en este rinconcito siempre hay sitio para compartir lo que llevamos dentro.

Y no lo olvidéis, mis queridas amigas: la vida no nos promete que todo se quede, pero mientras estemos aquí todavía podemos encontrar muchas razones para sonreír.

Un abrazo enorme y recordad mi lema: Siempre hay un motivo para sonreír. 

El Rincón de Amalia ❤️



miércoles, 14 de octubre de 2026

Hasta mañana, que así lo quiere Dios

Buenos días, amigas de mi rincón.

Esta mañana me he puesto a pensar en una cosa que, aunque parezca una tontería, tiene más miga de la que creemos. ¿Os habéis dado cuenta de que los seres humanos somos positivos por naturaleza?

Y diréis vosotras: «¡Amalia, hija, de buena mañana ya estás tú filosofando!». 

Pues sí, qué le vamos a hacer. Una se toma su café y, entre sorbito y sorbito, se le ocurren estas cosas.

Pensadlo un momento. Cuando nos vamos a dormir, casi siempre nos despedimos diciendo: «Hasta mañana, si Dios quiere». Y yo me pregunto: ¿no es curioso que, sin saber si ese mañana llegará, ya estemos dando por hecho que vamos a vivirlo?

Decimos: mañana nos tomamos un café, mañana salimos a pasear, mañana llamo a mi amiga, mañana termino lo que he dejado a medias… Y así, sin darnos cuenta, llenamos nuestra vida de pequeños planes y de esperanzas. No sabemos qué nos traerá el día siguiente, pero confiamos en que habrá un mañana. Y eso, queridas amigas, también es ser positivas.

No significa que todo nos vaya a salir bien, ni que tengamos que estar siempre contentas. Que hay días en los que una no está para tirar cohetes y bastante tiene con tirar del carro. Ser positivas es seguir dejando un huequecito para la esperanza, incluso cuando la vida nos ha enseñado que no todo está en nuestras manos.

Yo, por mi parte, he cambiado mi despedida de cada noche. Ya no digo «hasta mañana, si Dios quiere». Ahora digo:

«Hasta mañana, que así lo quiere Dios».

No sé explicaros muy bien por qué, pero me gusta más. La primera frase parece dejar el mañana en el aire, mientras que la segunda me sale del corazón como una manera de confiar, de descansar tranquila y de dejar el día de mañana en manos de Dios.

Y cuando me meto en la cama, se lo digo también a mi Coco:

—Hasta mañana, Coquito, que así lo quiere Dios. Mañana nos levantaremos, nos tomaremos nuestro café y saldremos a pasear. Tú irás oliendo todos los arbolitos, investigando cada esquina y leyendo tu periódico, que ya sabemos que no te puedes perder ninguna noticia del barrio. Y yo iré a tu lado, disfrutando del paseo y de tenerte conmigo.

Y así nos despedimos los dos, tan tranquilos, como si tuviéramos la agenda de mañana perfectamente organizada. ¡Y a ver quién le explica a este perro que sus planes dependen también de que su madre consiga ponerse los zapatos y salir por la puerta! 

Pero ¿sabéis qué? A mí me gusta pensar en ese mañana. Me gusta acostarme pensando en el café que me espera, en las cosas sencillas que podré hacer y en los pequeños momentos que todavía me quedan por disfrutar. Porque la vida no siempre nos permite elegir lo que sucede, pero muchas veces podemos elegir con qué esperanza nos vamos a dormir.

Y quizá por eso, aunque no nos demos cuenta, llevamos dentro una fuerza que nos empuja a seguir adelante. Esa costumbre tan humana de imaginar el día siguiente, de hacer planes y de creer que todavía nos quedan cosas bonitas por vivir.

Así que esta noche, cuando os metáis en la cama, probad a pensar en alguna cosita bonita que os gustaría hacer mañana. No hace falta que sea un gran viaje ni una aventura extraordinaria. A veces basta con un café calentito, una conversación agradable, un paseo al sol o una carcajada de esas que te hacen llorar de risa.

Y si mañana llega, que nos encuentre con ganas de disfrutarlo. Y si la vida nos cambia los planes, ya buscaremos la manera de adaptarnos, que de eso también sabemos un rato. Porque vivir con esperanza no es tener la seguridad de que habrá un mañana. Es aprender a mirar el mañana con ilusión, aunque no tengamos ninguna garantía.

Y yo, mientras pueda, seguiré despidiéndome así:

Hasta mañana, que así lo quiere Dios.

Y ahora os dejo, que mi Coquito tiene que descansar para estar mañana al corriente de todas las noticias del barrio. ¡Que el periodismo canino es muy sacrificado! 🐩

Un abrazo enorme, amigas. Cuidaos mucho, disfrutad de las pequeñas cosas y no dejéis para mañana todos los motivos para sonreír que podáis encontrar hoy.

Que Dios os bendiga y que mañana, si nos regala un nuevo día, nos encuentre con el corazón dispuesto a disfrutarlo.

El Rincón de Amalia 💗

Siempre hay un motivo para sonreír.



martes, 13 de octubre de 2026

Cuando el dolor nos deja anestesiados


Buenos días, amigas de mi rincón. ❤️

Hoy quiero contaros algo que me ocurrió hace algunos años y que, de vez en cuando, vuelve a mi memoria.

A veces hablamos del dolor, de las pérdidas, de lo mucho que queremos a las personas y del miedo que sentimos cuando pensamos que algún día podemos perderlas. Pero hay una parte del dolor de la que quizá hablamos menos: esa en la que hemos sufrido tanto que ya no sabemos ni cómo expresar lo que sentimos.

A mí me pasó.

Hubo un año en el que viví unos meses que me cambiaron la vida. En apenas cinco meses perdí a mi hermana, a mi padre y a mi madre. Mi hermana se fue en mayo, mi padre en julio y mi madre en octubre.

Tres despedidas en tan poco tiempo.

Y, como si la vida no tuviera bastante con todo aquello, Fernando, mi marido, estaba enfermo de cáncer.

Imaginaos cómo podía encontrarme yo por dentro. Había perdido a tres de las personas más importantes de mi vida y, al mismo tiempo, tenía que convivir con el miedo de que mi marido también pudiera marcharse.

Era demasiado dolor junto. Demasiadas ausencias, demasiadas preocupaciones y demasiadas emociones que apenas tenía tiempo de asimilar.

Pero la vida seguía, como sigue para todo el mundo. Aunque una por dentro sienta que se le ha parado el mundo, por fuera hay que continuar haciendo las cosas de cada día.

Yo iba a una psicóloga, Vanessa, porque en el hospital me habían recomendado que recibiera ayuda después de todo lo que había vivido.

Y entonces ocurrió algo que todavía recuerdo perfectamente.

Un amigo mío, un chico con el que había compartido muchos años de mi vida, se quitó la vida.

Yo había tenido una tienda y él trabajaba conmigo. Lo tenía contratado, sí, pero para mí no era solamente un trabajador. Era mi amigo.

Habíamos compartido muchísimas horas, conversaciones, momentos buenos y malos. En una tienda se pasan tantas horas que, a veces, se termina conviviendo más con las personas que trabajan contigo que con la propia familia.

Y nosotros teníamos una amistad bonita. Le tenía mucho cariño y sentí muchísimo su muerte.

Cuando fui al tanatorio, vi su fotografía y entré a dar el pésame a su madre.

Y aquí viene lo que me dejó desconcertada.

No lloré. Ni una lágrima.

Me dolía su muerte, lo quería y sentía muchísimo lo que había ocurrido. Sin embargo, allí estaba yo, delante de su fotografía, dando el pésame a su madre, sin que me saliera una sola lágrima.

Y me asusté.

Pensé que algo me estaba pasando, que quizá me había vuelto insensible al dolor. ¿Cómo podía haber perdido a una persona a la que quería y no llorar?

Yo sabía que lo sentía. Sabía que me dolía. Pero mis lágrimas no aparecían.

Y no entendía por qué.

Así que, en mi siguiente visita a la psicóloga, se lo conté a Vanessa.

Le expliqué lo ocurrido y le dije que estaba preocupada, que no entendía cómo podía sentir tanto dolor por la muerte de mi amigo y, sin embargo, no haber llorado en el tanatorio.

Tenía miedo de haberme vuelto una persona insensible.

Y entonces ella me dijo unas palabras que se me quedaron grabadas para siempre.

Me miró y me explicó que no me había vuelto insensible al dolor.

Lo que me ocurría era que había sufrido tanto que estaba anestesiada al dolor.

Me explicó que yo había sentido la muerte de mi amigo, pero que llevaba tanto sufrimiento acumulado por todas las pérdidas anteriores que, en aquel momento, no podía expresar el dolor como yo esperaba.

Y aquellas palabras me ayudaron a comprender algo que hasta entonces no había entendido.

No llorar no significaba que no quisiera a mi amigo.

No llorar no borraba los años de amistad, ni las conversaciones compartidas, ni el cariño que le tenía.

Yo sentía su pérdida. Lo que ocurría era que venía de atravesar tanto dolor que ya no sabía cómo reaccionar ante otra despedida.

A veces pensamos que, si queremos mucho a alguien, tenemos que llorar cuando se marcha. Que las lágrimas son la prueba de nuestro cariño y que, si no aparecen, es porque algo ha cambiado dentro de nosotros.

Pero no siempre es así.

Cada persona vive el duelo de una manera diferente. Hay quien llora mucho, quien necesita hablar, quien guarda silencio y quien parece seguir adelante sin derrumbarse. Y ninguna de esas reacciones, por sí sola, nos dice cuánto quería esa persona a quien ha perdido.

El dolor no tiene una única forma de manifestarse.

Y tampoco lleva un calendario. No podemos exigirnos sentir de una manera determinada, ni obligarnos a llorar porque creemos que es lo que deberíamos hacer.

Aquella conversación con Vanessa me enseñó algo que nunca he olvidado: a veces, cuando hemos sufrido demasiado, no dejamos de sentir; simplemente, nos cuesta encontrar la manera de expresar todo lo que llevamos dentro.

Por eso hoy, tantos años después, he querido compartir esta experiencia con vosotras.

Porque quizá alguna haya pasado por algo parecido. Quizá haya perdido a varias personas en poco tiempo y se haya preguntado por qué ya no reacciona como antes. Quizá haya sentido culpa por no llorar en un entierro o por no derrumbarse cuando todo el mundo esperaba verla hacerlo.

Si alguna vez os ha ocurrido, no os juzguéis por ello.

No sois menos sensibles. No queréis menos a quienes se han marchado. Y no tenéis que demostrar vuestro dolor delante de nadie.

Cada corazón tiene su manera de soportar las despedidas.

Y, aunque yo sigo siendo una persona que quiere, que siente y que se emociona, aquella experiencia me hizo comprender que el sufrimiento puede dejarnos sin palabras, sin lágrimas y hasta sin saber qué sentimos en un momento determinado.

Por eso, cuando alguien esté pasando por una pérdida, no le digamos cómo debería sentirse. No le preguntemos por qué no llora ni demos por hecho que está bien porque no se derrumba.

A veces, detrás de una persona que parece entera, hay una historia que pesa muchísimo.

Y quizá lo único que necesita es que alguien se siente a su lado, le coja la mano y le permita sentir lo que pueda sentir, sin juzgarla.

Hoy recuerdo a mi hermana, a mi padre, a mi madre, a Fernando y también a aquel amigo con el que compartí tantos años de trabajo y amistad.

Cada uno ocupa su lugar en mi historia.

Y si algo he aprendido con el paso de los años es que querer a alguien no significa que podamos evitar su pérdida, y sufrir una pérdida no significa que tengamos que demostrar nuestro dolor de una manera concreta.

Podemos llorar. Podemos guardar silencio. Podemos recordar con una sonrisa. Podemos sentirnos fuertes un día y desmoronarnos al siguiente.

Somos humanos, y el corazón no siempre sabe explicarse.

Así que hoy quiero dejaros esta reflexión:

No midamos el amor por las lágrimas que derramamos, ni la profundidad de una herida por lo que los demás pueden ver. Hay dolores que no hacen ruido, pero que necesitan tanto cariño y comprensión como cualquier otro.

Y recordad, amigas, que pedir ayuda cuando el dolor nos supera no nos hace débiles. A veces, hablar con alguien que nos escucha y nos comprende es el primer paso para empezar a poner un poquito de luz en medio de tanta oscuridad.

Os mando un abrazo enorme, de esos que no necesitan muchas palabras.

Y, como siempre os digo, incluso después de las experiencias más difíciles, procuremos encontrar un pequeño motivo para sonreír. No porque tengamos que estar alegres a la fuerza, sino porque también merecemos disfrutar de los momentos buenos que la vida nos regala.

Siempre hay un motivo para sonreír. ❤️

Con cariño,

Amalia, desde El Rincón de Amalia.


lunes, 12 de octubre de 2026

🌷 ¡Aquí estoy, y hoy también pienso vivir bonito!


Buenos días, mis queridas amigas de mi rincón. 

¿Habéis abierto ya los ojitos? ¿Está preparado ese primer café que nos pone las pilas y nos ayuda a poner el mundo en orden? ☕

Pues venga, vamos a empezar el día con alegría, que la vida ya se encarga ella solita de ponernos alguna que otra piedrecita en el camino.

Hoy quiero recordaros algo muy sencillo, pero que a veces se nos olvida entre tantas preocupaciones.

Si Dios te ha regalado otra mañana, no la vivas con miedo a lo que pueda pasar. Vívela con ilusión por todo lo bonito que todavía puede suceder.

Porque, vamos a ver, amigas mías, ¿quién sabe lo que nos espera hoy?

A lo mejor recibimos una llamada que nos alegra el corazón, nos encontramos con alguien que hacía tiempo que no veíamos, nos echamos unas risas con una tontería o simplemente disfrutamos de un ratito de tranquilidad, de esos que no cuestan dinero y valen un mundo.

Y es que no siempre necesitamos que sucedan cosas extraordinarias para ser felices. A veces, lo extraordinario está en las cosas más sencillas.

En ese café calentito entre las manos, en el solecito que entra por la ventana, en el paseo con nuestro perrito, en una conversación agradable o en esa canción que nos sabemos de memoria y que, aunque desafinemos como una almeja, nos hace cantar a pleno pulmón. ¡Que para eso estamos en nuestra casa! 🎶

Claro que tenemos preocupaciones. ¡Pues claro que sí! Somos personas, no somos de piedra. Hay días en los que nos levantamos con más ganas y otros en los que parece que nos hemos acostado con las pilas cargadas y alguien nos las ha quitado durante la noche.

Pero incluso esos días merecen que les demos una oportunidad.

No podemos controlar todo lo que sucede a nuestro alrededor, ni evitar todas las dificultades, ni saber qué nos traerá el mañana. Lo que sí podemos intentar es no permitir que el miedo a lo que pueda ocurrir nos robe la alegría de lo que tenemos hoy.

Porque, amigas, el mañana es una esperanza, pero el hoy es un regalo que tenemos entre las manos.

Así que abramos la puerta, respiremos profundamente y digámosle a la vida:

¡Aquí estoy! Con mis años, mis experiencias, mis cicatrices, mis ilusiones y mis ganas de seguir descubriendo cosas bonitas. No sé qué me traerá este día, pero pienso recibirlo con el corazón abierto.

Y si luego las cosas no salen como esperábamos, ya nos apañaremos. Nos sentaremos un ratito, nos tomaremos otro café si hace falta y buscaremos la manera de seguir adelante. Que de eso también sabemos un poquito, ¿verdad? 😉

Yo hoy quiero vivir bonito. No porque mi vida sea perfecta, sino porque sé que la perfección no existe. Quiero disfrutar de lo que tengo, cuidar a quienes quiero, agradecerle a Dios esta nueva oportunidad y no dejar para mañana todas esas pequeñas alegrías que puedo disfrutar hoy.

Y vosotras, mis queridas amigas, haced lo mismo. Poneos guapas, aunque sea para estar en casa; regalaos una sonrisa delante del espejo, poneos esa canción que tanto os gusta y salid a recibir el día con los brazos abiertos.

Que la vida no nos encuentre siempre preocupadas por lo que vendrá, sino disfrutando también de lo que ya está aquí.

Que Dios nos bendiga, nos acompañe y nos regale un día lleno de salud, serenidad y pequeños momentos felices. 🙏❤️

Y ahora contadme, que ya sabéis que soy muy preguntona…

¿Qué pequeño motivo tenéis hoy para sonreír?

Yo os dejo el mío:

¡Que estamos aquí, que tenemos un nuevo día por delante y que todavía nos quedan muchas cosas bonitas por vivir!

Un abrazo enorme, de esos que aprietan un poquito y te dejan el corazón calentito.

Con todo mi cariño,

Amalia 🌷

El Rincón de Amalia

Siempre hay un motivo para sonreír. ❤️



domingo, 11 de octubre de 2026

¡Preparamos las maletas, que nos vamos a la playa!


Buenos días, amigas de mi rincón. ❤️

Hoy es domingo y en mi casa hay movimiento. Bueno, tampoco os vayáis a pensar que estamos organizando una mudanza, pero por aquí andamos preparando las maletas, porque mañana lunes, 12 de octubre, Día de la Hispanidad, mi Coco y yo nos vamos unos días a la costa.

¡Y qué ganas tenemos los dos!

Todos los años, cuando llega octubre, me gusta escaparme una semanita, o diez días si se tercia, a un pueblecito donde viví durante muchos años. Allí tengo buenas amistades, vecinas a las que quiero mucho y un montón de recuerdos que forman parte de mi vida.

Es uno de esos lugares a los que una vuelve y siente que, aunque haya pasado el tiempo, hay cosas que siguen estando en su sitio.

Allí falleció Fernando, y también por eso ese pueblo ocupa un lugar especial en mi corazón. Hay lugares que guardan pedacitos de nuestra historia, y volver a ellos nos permite recordar con cariño a quienes formaron parte de ella.

Pero no penséis que me voy a poner triste, ¡ni mucho menos! Que una puede recordar, emocionarse y seguir disfrutando de la vida. Una cosa no quita la otra.

Y ahora vamos con lo más importante de esta aventura: ¡las maletas!

Estoy yo preparando la mía y Coco, como buen ayudante, se coloca a mi lado para supervisar la operación. No sé si ayuda mucho, pero vigilarme me vigila. 😂

Eso sí, cuando llega el momento de preparar su equipaje, ¡madre mía, qué despliegue!

Yo llevo mi maleta, pero él necesita una bolsa enorme. Hay que llevar su camita, su comida, los cuencos para comer y beber, sus chuches y todo lo necesario para que no eche nada en falta.

¡Vamos, que al final parece que el perro se muda y yo voy de visita!

Pero bueno, ¿qué queréis que os diga? Si él está contento, yo estoy contenta. Y si hay que hacerle sitio a sus cosas, pues se hace. Para eso somos un equipo.

El hotel donde vamos está frente a la playa. Por las mañanas, cuando te despiertas, puedes escuchar el ruido del mar. Y a mí ese sonido me da una paz que no os podéis imaginar.

No necesitamos grandes planes ni hacer cosas extraordinarias. En ese pueblecito tenemos lo esencial: un supermercado, una farmacia, un estanco y unos cuantos bares. ¿Qué más queremos?

Desayunaremos en el hotel, buscaremos algún restaurante para comer y por la noche volveremos tranquilamente a nuestra habitación.

Y durante el día, a disfrutar.

Pasearemos por la playa, nos sentaremos a contemplar el mar, tendremos nuestros ratitos de tranquilidad y, si el tiempo acompaña, disfrutaremos del solecito de octubre.

El año pasado nos hizo muy buen tiempo, así que este año vamos a cruzar los dedos para que el sol quiera acompañarnos también.

Aunque, pensándolo bien, la felicidad no depende solamente de que haga sol. A veces basta con estar en el lugar donde una se siente a gusto, rodeada de buenos recuerdos y compartiendo el momento con quien quiere.

Y yo tengo la suerte de llevarme conmigo a mi pequeño compañero de aventuras.

Coco también ha vivido muchos años allí y parece que disfruta tanto como yo. Volvemos a lugares conocidos, paseamos por sitios que nos resultan familiares y compartimos esos días sin prisas, sin obligaciones y sin necesidad de hacer nada especial.

Porque a veces nos complicamos demasiado la vida buscando grandes acontecimientos, cuando la felicidad está escondida en las cosas más sencillas.

En escuchar el mar al despertar.

En desayunar tranquilamente.

En encontrarte con una amiga por la calle.

En dar un paseo sin mirar el reloj.

En sentarte un ratito a pensar, respirar hondo y dar gracias por estar aquí, viviendo un día más.

Y en mirar a tu perrito, que está tan feliz a tu lado, sin saber que tú también le estás dando las gracias en silencio por acompañarte.

Así que hoy domingo toca terminar de preparar las maletas, comprobar que no se nos olvida nada y dejarlo todo listo para salir mañana por la mañana.

Bueno, todo, todo… Espero que Coco no me haga sacar media maleta para meter alguna de sus pertenencias de última hora. Que conociéndolo, no me extrañaría nada. 😂

Y aunque durante estos días no tenga mi ordenador conmigo, procuraré seguir compartiendo alguna entrada con vosotras siempre que pueda. Porque me gusta pasarme por aquí, contaros mis cosillas y sentir que, al otro lado de la pantalla, hay alguien que me lee y comparte conmigo un ratito de su día.

No sé si podré escribir todos los días, pero lo intentaré. Y si algún día no aparezco, ya sabéis dónde estoy: cerquita del mar, disfrutando de mi escapadita con Coco.

Que la vida también está para eso, amigas. Para hacer una pausa, cambiar de paisaje, reencontrarnos con personas queridas y regalarnos momentos que nos hagan sonreír.

Y ahora os dejo, que tengo un perro supervisor, una maleta por cerrar y una bolsa de equipaje canino que parece no tener fondo.

¡Deseadnos buen tiempo y que disfrutemos mucho de estos días!

Un abrazo enorme para todas y recordad que no hace falta irse muy lejos ni gastar una fortuna para ser feliz. A veces basta con volver a un lugar querido, escuchar el mar y tener a tu lado a alguien que te hace la vida más bonita.

¡Siempre hay un motivo para sonreír! ❤️

Con cariño,

Amalia, desde El Rincón de Amalia.



Las puertas que todavía nos quedan por abrir


Buenos días, amigas de mi rincón. 

Hoy quiero que hagamos un pequeño ejercicio de esos que nos ayudan a mirar la vida con otros ojos. Imaginad que estamos en un pasillo muy largo, el pasillo de nuestra propia vida.

Si miramos hacia atrás, veremos un montón de puertas que ya se han cerrado. Algunas se cerraron porque la vida quiso, otras porque tuvimos que tomar decisiones y algunas, sencillamente, porque ya habían cumplido su misión.

Detrás de esas puertas quedaron personas, momentos, ilusiones, trabajos, despedidas y hasta versiones de nosotras mismas que ya no somos.

Y sí, amigas, a veces da un poquito de pena mirar atrás. Porque hay cosas que nos habría gustado conservar para siempre y personas a las que habríamos abrazado mil veces más. Pero la vida tiene sus propios planes y no siempre nos pregunta si estamos preparadas.

Ahora bien, ¿sabéis una cosa? ¡Que no todo está detrás de nosotras!

Delante hay otras puertas que todavía no hemos abierto. Algunas nos llevarán a descubrir cosas nuevas, otras nos regalarán momentos que ni imaginamos y puede que alguna nos sorprenda tanto que nos preguntemos cómo hemos podido vivir sin conocer aquello.

Por eso, mujer, no te quedes todo el día mirando la puerta que se cerró. Puedes recordarla con cariño, agradecer lo bonito que hubo detrás de ella y hasta llorar un poquito si lo necesitas. Pero después, sécate las lágrimas, arréglate el pelo y sigue caminando, que todavía tienes pasillo por delante.

Y no me digas que a estas alturas ya no estás para empezar cosas nuevas. ¡Anda que no hay cosas que aprender, lugares que conocer, libros que leer, labores que terminar y risas que compartir!

A veces somos nosotras mismas las que nos cerramos las puertas antes de intentarlo. Nos decimos que no podemos, que ya somos mayores, que no tenemos tiempo o que para qué vamos a cambiar las cosas.

Y yo me pregunto: ¿quién ha dicho que tengamos que dejar de tener ilusiones porque cumplimos años?

La vida nos cambia, nos enseña y, en ocasiones, nos pone unas pruebas que ni en nuestros peores sueños habríamos imaginado. Pero también nos da la oportunidad de conocernos mejor, de descubrir nuestra fuerza y de aprender a escuchar esa vocecita interior que, cuando la dejamos hablar, muchas veces sabe lo que necesitamos.

Así que vamos a confiar un poquito más en nosotras mismas. No hace falta conocer todo el camino para dar el siguiente paso. Basta con tener ganas de avanzar y permitirnos descubrir qué hay detrás de la próxima puerta.

Y si una puerta no se abre, no pasa nada. Probamos otra. Que para eso tenemos imaginación, paciencia y, cuando hace falta, una buena dosis de cabezonería española, jajajaja.

Amigas mías, no somos solamente lo que hemos vivido; también somos todo lo que todavía podemos llegar a vivir.

Así que hoy os propongo una cosa: dejemos el pasado en su sitio, guardemos los recuerdos bonitos en el corazón y miremos hacia delante con ilusión.

Quién sabe si detrás de esa puerta que todavía no nos hemos atrevido a abrir nos espera una de las sorpresas más bonitas de nuestra vida.

Y ahora, venga, a poner una sonrisa en esa cara y a disfrutar del día. Que mientras haya vida, siempre habrá algo nuevo que descubrir.

Os mando un abrazo enorme, de esos que llegan al corazón.

Y no lo olvidéis nunca: siempre hay un motivo para sonreír. ❤️

Con cariño,


El Rincón de Amalia



Arriba esos corazones

¡Buenos días, amigas de mi rincón! ❤️ Venga, arriba esos corazones, que ya tenemos un nuevo día por delante. Y no me pongáis esa cara de sue...