El blog de Alma Buendía Soleado

viernes, 13 de febrero de 2026

Son un regalo los días de lluvia


Ayer fue el viento.
Hoy es la lluvia.

Dos días seguidos en casa. Dos días mirando por la ventana cómo el cielo decide el ritmo. Y sí… un poco aburridos estamos. No voy a mentir. A mí me gusta salir, moverme, sentir que el día avanza conmigo. Y Coco también se acerca a la puerta, me mira y parece decirme: “¿Hoy tampoco?”

Pero luego bajo la mirada.

La casa está calentita.
Hay comida en la cocina.
Suena música lenta de fondo, suave, como si abrazara el silencio.
Y Coco está aquí, tranquilo, respirando a mi lado.

Y entonces lo entiendo.

Son un regalo los días de lluvia.

Porque me obligan a parar.
Porque me enseñan que no todo tiene que ser movimiento.
Porque me recuerdan que también es vida estar en calma.

Qué suerte poder aburrirme en paz.
Qué suerte tener techo, despensa y tiempo.
Qué suerte poder mirar cómo cae el agua sin que nada me duela por dentro.

Hoy el plan es sencillo: un salteado con pimientos de colores, aguacate cremoso, pollo, un sándwich calentito y música que acompaña. Afuera llueve. Dentro hay calma.

Y además… yo sé algo.

Sé que incluso cuando el cielo está gris, la vida sigue siendo luminosa.
Sé que cada gota que cae limpia algo, riega algo, prepara algo.
Sé que hasta los días quietos tienen propósito.

Así que hoy no me quejo.
Hoy agradezco.
Hoy sonrío aunque no salga el sol.

Porque la luz no siempre está fuera.
A veces la luz somos nosotros.

Somos nosotros cuando agradecemos.
Somos nosotros cuando sonreímos sin motivo.
Somos nosotros cuando, aun con el cielo gris, elegimos mirar con esperanza.

Y Coco, que mueve la colita sin entender de nubes ni pronósticos, también lo sabe.




jueves, 12 de febrero de 2026

Hoy el viento nos ha pedido respeto


Hoy no hemos salido a la calle.

Hay una alerta en toda Cataluña. El viento sopla con una fuerza que impresiona. Las calles están casi vacías, apenas pasan coches. Ese silencio raro, cuando debería haber movimiento, da una sensación… no de miedo, no. De respeto.

Respeto por la naturaleza cuando decide recordarnos que ella manda.

Hace un día precioso, además. Sol, luz, nada de frío. Si miras por la ventana parece un día perfecto para pasear. Pero basta ver cómo se mueven los árboles, cómo se doblan, cómo vuelan cosas que no deberían volar… para entender que hoy no toca.

Estoy viendo las noticias y han caído muchos árboles. Incluso hay personas accidentadas. Y entonces una piensa: no hace falta demostrar nada. No pasa nada por quedarse en casa.

Coco y yo lo hemos tenido claro.

Hoy sus cositas la hará aquí, en su rincón preparado. Y nosotros nos quedamos juntitos, en nuestro refugio seguro, viendo cómo el viento hace de las suyas ahí fuera.

Hay días para salir a comerse el mundo…
y hay días para recogerse y cuidarse.

Y hoy es un día de esos.

Coco me mira como diciendo: “Pues no se está tan mal aquí, ¿eh?”. Y tiene razón. A veces el mejor plan es estar en casa, sabiendo que estamos bien.

El viento pasará.
Y cuando pase, volveremos a pasear.

Pero hoy… hoy toca respeto.



lunes, 9 de febrero de 2026

La belleza de mi soledad


Hoy he estado pensando en la soledad.

En esa palabra que a muchos les asusta, pero que a mí, con el tiempo, me ha enseñado a vivir en paz.

Yo estoy sola, sí. Mi hijo está a muchos kilómetros de distancia. Tengo a Coco, que me acompaña fielmente, aunque cuando le hablo no me contesta… me ladra. Y aun así, no me siento vacía.

He aprendido que la soledad no llega de golpe ni se acepta sola. La soledad se trabaja. Cuesta mirarla de frente, entenderla y, sobre todo, reconciliarte con ella. Y yo lo he hecho. Poco a poco, a mi ritmo.

A mí me gusta mi soledad. La amo.

Porque en esta solitud, que no es lo mismo que sentirse solo, no tengo obligaciones impuestas ni horarios marcados. No hay nadie esperando a que coma a una hora concreta. Puedo comer a la una, a las cuatro o cuando me apetezca. Puedo irme a dormir a las nueve, a las doce… o quedarme dormida en el sofá viendo una película sin que nadie me diga: “vente a la cama”. Nadie me riñe. Nadie me exige explicaciones.

Mi casa es sencilla, pero está hecha a mi medida. Llena de amor. De mis cosas de coser, de mis libros, de mis pinturas, de mis pequeños desórdenes que son mi orden. Nadie me dice que quite nada de en medio. Me levanto cuando quiero, como lo que quiero y, si un día me apetece comer en un bar, salgo y lo hago. Sin más.

La soledad no es mala cuando aprendes a convivir con ella. Puede ser incluso bonita.

Claro que a veces echo en falta un comentario compartido viendo una película, ese “mira, ahora va a pasar esto”. Pero entonces sonrío y me lo digo yo misma. Y sigo.

He aprendido algo muy importante: si uno no aprende a ser feliz cuando está solo, tampoco lo será cuando esté acompañado.

Yo soy feliz aquí, en mi casa, en mi vida tal y como es ahora. No sé qué pasará dentro de unos años. Tal vez eche de menos otras cosas, tal vez no. Pero esta es la vida que me ha tocado vivir hoy, y he decidido aceptarla.

Porque no aceptar lo que es, solo trae tristeza.

Yo he aceptado mi vida. Vivir sola. Y estoy contenta. Me lo he trabajado, he aprendido y no necesito nada más. Solo dar gracias cada día a Dios por un nuevo amanecer y disfrutarlo como venga.

Algunos días con grandes planes, otros días solo con un paseo con Coco. Y otros, simplemente estando.

Y eso, para mí, también es felicidad.




domingo, 8 de febrero de 2026

Comida de amigos… y risas sin freno


Hoy Coco y yo hemos tenido un día de esos que deberían venir con etiqueta de “peligro: felicidad extrema”. Empezamos con un paseo mañanero: Coco olisqueando todo como si fuera inspector de aromas, y yo intentando recordar si había cerrado la puerta de casa o si la llave se había escondido otra vez.

Llegamos a la barbacoa de mi amiga especial, que celebraba su “no cumpleaños”, porque el verdadero es el martes 9 y cantar cumpleaños antes sería casi un crimen social. Hoy era simplemente comida de amigos, y vaya si se notaba: risas por aquí, chistes por allá, miradas cómplices y algún que otro comentario travieso que solo nosotros entendemos.

La mesa era un espectáculo digno de aplausos: vermut rojo que desaparecía misteriosamente en los vasos (¿mágico?), olivas que se movían solitas como si tuvieran vida propia, patatas crujientes que gritaban “¡cómeme ya!”, y espárragos que jugaban a esconderse. Y después llegó la barbacoa: cordero, pollo y aromas que nos hacían correr hacia la parrilla como si fuéramos imanes de olor.

Coco tuvo su banquete privado: su comida húmeda más un poquito de pollo que yo le di, y puedo jurar que se relamía pensando “humana, otra vez lo has hecho perfecto” Cada bocado parecía un concierto de sabores caninos, y yo no podía parar de reír con su entusiasmo exagerado.

Llegó el momento dulce: el pastelito que llevé yo, sin velas, y un brindis con cava que resonó como un himno a la amistad. Cada sorbo y cada risa nos recordó que los días así no se olvidan nunca.

Entre chistes, risas, anécdotas y ocurrencias de todo tipo (como cuando alguien dijo que el pastel parecía sacado de un museo de dulces y todos fingimos que éramos críticos gastronómicos). 

Luego vino la parte más épica: recoger la barbacoa. Sí, sí, también contamos los tenedores rebeldes que se escondieron, y las servilletas que decidieron salir volando con el viento como si fueran globos de fiesta. Coco se hizo su siesta de rey, y yo regresé a casa con el corazón lleno, pensando que estos días son tesoros disfrazados de rutina.

Moraleja explosiva del día: buenos amigos, buena comida, risas descontroladas y un perro inspector de aromas = felicidad instantánea garantizada.




viernes, 6 de febrero de 2026

Aprender sin expectativas.


He empezado un curso nuevo.
Un curso de mediunidad.

Y no, no porque espere convertirme en nada extraordinario, ni porque tenga que llegar a ningún sitio concreto. Lo he empezado por algo mucho más sencillo y mucho más mío: porque me gusta aprender.

Siempre he sido así. Tengo la mente inquieta, curiosa, con ganas de saber cómo funcionan las cosas, aunque luego decida quedarme solo con una parte… o con ninguna. Aprender, para mí, no es una meta, es un camino. Y en ese camino voy ligera, sin mochilas de exigencias.

Estoy haciendo este curso desde un lugar muy tranquilo.
Cogiendo lo que me suma.
Dejando ir lo que no me resuena.
Sin obligarme a creer, a sentir ni a demostrar nada.

No espero resultados.
No me empeño en llegar a ser nada concreto.
No hay prisa, ni presión, ni expectativas.

Solo curiosidad.
Solo ganas de escuchar, de observar, de entender un poco más… o simplemente de confirmar que hay cosas que no son para mí, y también está bien.

Aprender no debería quitarnos paz. Al contrario: debería ampliarnos la mirada y dejarnos elegir con libertad. Y así es como estoy viviendo este curso: con calma, con respeto hacia mí misma y con la alegría de seguir siendo una mujer que no se conforma con dejar de aprender.

Porque mientras tenga curiosidad, sigo viva.
Y eso, para mí, ya es suficiente.




jueves, 5 de febrero de 2026

Lo que de verdad me daría miedo

Lo que de verdad me daría miedo no es envejecer, es llegar a esta edad sin haber vivido de verdad.

Sin esas carcajadas que te dejan sin aire, sin esas historias que se cuentan una y otra vez entre amigos, sin esas marcas en el alma que recuerdan lo fuerte que una ha sido.

No me da miedo el paso del tiempo, ni las canas que ya se asoman con descaro.
Porque cada una de ellas tiene su historia, y cada arruga guarda un momento que mereció la pena.

He aprendido que la vida no se cuenta por los años, sino por las veces que una se levanta, se limpia las lágrimas y dice:
“¡Venga, que todavía queda mucho por disfrutar!”.

No temo hacerme mayor, me asustaría más vivir con el corazón vacío, sin risas sinceras, sin abrazos que curan, sin esas sobremesas largas que huelen a café y a cariño.
Porque cuando se ha vivido con el alma encendida, los años no pesan: se celebran.

Ya no tengo prisa. Voy despacio, sí, pero con los ojos bien abiertos.
Miro el cielo, escucho el mar, acaricio a mi perrito Coco, y doy las gracias por cada nuevo amanecer.

No reniego de mis canas ni de mis cicatrices.
Ahora me miro al espejo y veo a una mujer que ha sentido, que ha perdido, que ha amado, y que ha sabido reinventarse con una sonrisa.

No, no me asusta hacerme vieja.
Porque mientras tenga ilusiones, mientras me emocione una canción, mientras tenga a quién abrazar y algo por lo que brindar, seguiré viviendo con las ganas de siempre, 
con la alegría de quien sabe que ha ganado la partida a la vida. 


Aquí siempre hay un rinconcito para tus palabras… aunque sean pocas, siempre me alegra leerlas. 

lunes, 2 de febrero de 2026

Cuando el amor no muere: un día que me cambió por dentro



Hay días normales.
Y luego están estos días.
Los que no se planean, no se buscan… pero llegan.
Y cuando llegan, te remueven el alma, te desmontan por dentro y, aun así, te dejan una paz rara, bonita, difícil de explicar.

Hoy me levanté temprano.
Me duché, me arreglé, desayuné con calma.
Mi compañero fiel, Coco y yo nos fuimos a pasear. Hacía mucho frío, de ese que se mete en los huesos, pero aun así fue un paseo tranquilo, de esos sencillos que ya son un regalo.

Después vinieron unos amigos, un matrimonio con sus dos hijas. Dos niñas encantadoras, educadas, tranquilas… Se quedaron en casa con Coco, que estaba feliz, mientras nosotros salíamos.
A las diez habíamos quedado en la puerta de mi casa: ellos, y tres amigas más. Llamamos a un taxi de seis plazas y nos fuimos todos juntos a otro pueblo.

Íbamos a una rueda de mensajes del médium Cristian Fernández.
Llegamos pronto… y la cola era enorme. Me impresionó ver cuánto mueve la mediunidad, cuánto necesita la gente consuelo, respuestas, esperanza.

Entramos al teatro. Muy grande.
Nos sentamos en la penúltima fila para estar los seis juntos. Y no, no hace falta estar delante: Cristian se mueve por todo el teatro, sube, baja, se para donde tiene que pararse.

Yo iba convencida, pero convencidísima, de que a mí no me iba a pasar nada.
Nada de visitas. Nada de mensajes.
Iba tan segura, tan negada, que incluso me iba riendo.
Mientras tanto, mis acompañantes decían:
—Ojalá venga mi madre…
—Ojalá venga mi padre…

Yo no.
Yo no quería.
No sé si por miedo, por respeto o porque no me sentía preparada.

Cristian empezó a dar mensajes. Historias durísimas. Una madre que había perdido a su hijo en un accidente de moto… y yo ya llorando, porque cuando una siente de verdad, el dolor ajeno también duele.

Y entonces pasó.

Cristian se paró justo en nuestra fila y dijo:
—A ver… ¿aquí hay alguien que me ha traído hasta esta fila?

Empezó a describir a una mujer.
Le di un codazo a Juan Carlos, tan fuerte que seguro le dejé morado.
Siguió describiendo… y otro codazo.

Yo lo sabía.
Era mi madre.
Y mi hermana.

Cuando dijo que esa mujer estaba acompañada… ya no tuve ninguna duda.
Levanté la mano. Le cogí la mano a Cristian.

No he temblado así en mi vida.
Me dolía la cabeza.
El cuerpo entero me vibraba.

Temblando.
Llorando.
Con miedo.

—¿Eres tú?
—Sí… es mi madre y mi hermana.

Me invitó a subir al escenario.
Dije que no.
No quería focos, ni miradas, ni que todo el mundo me viera llorar.
Al final, se sentó a mi lado.

Y ahí empezó todo.

Nunca he temblado así.
El cuerpo entero me vibraba.

Y llegaron ellos.

Mi madre.
Mi hermana.
Mi padre.
Mi marido.
Los cuatro.
Y hasta un perrito.

Me dijo cosas que solo yo sabía.
Cosas que Cristian no podía saber, pero que mi familia sí.

Lloré.
Temblé.
Me agarré a su mano como si me fuera la vida en ello.

¿Y sabéis qué fue lo más bonito de todo?

Lo que dijeron.

Que están muy orgullosos de mí.
Orgullosos de lo fuerte que soy.
De cómo sigo viviendo después de que la vida se los llevara a todos y me dejara aquí.

Eso me llegó directo al corazón.

Cuando me preguntó cómo quería despedirme, lo tuve claro:
—Diles que los quiero mucho.
Que los llevo en mi corazón.
Que cada día pienso en ellos.
Y que estoy feliz porque están orgullosos de cómo estoy llevando la vida sin ellos.

Allí, a oscuras, me abracé a Cristian.
Necesitaba consuelo.
Y lo encontré.

Después vinieron más historias. Más lágrimas. Más familias rotas. Lloramos todos. Todos.

Al final nos hicimos foto con Cristian.
Nos fuimos a tomar un café los seis.
Volvimos a casa hablando sin parar.

Se reían y decían:
—La que no quería que viniera nadie… y mira.

Y sí.
Nunca se puede decir “de esta agua no beberé”.

No fue casualidad.
Fue causalidad.
Mi familia quería hablar conmigo.

La tarde siguió tranquila: vermut, comida, conversación. Coco feliz con las niñas. Y yo… con el corazón revuelto pero lleno.

Hoy ha sido un día de alegría y de tristeza.
Alegría por saber que están juntos, que están bien.
Tristeza porque no puedo abrazarlos.

Pero hoy sé algo con absoluta certeza:

El amor no se muere.
Cambia de forma, de lugar… pero no se va.

Y mientras yo esté aquí, viviendo, riendo, llorando y queriendo, ellos siguen viviendo en mí.

Y eso, da paz. Da fuerza, Y da vida.

-Gracias, Cristian, por tu luz, tu respeto y tu forma tan bonita de acompañar.
Por quedarte a mi lado cuando lo necesité y por tratar cada historia con tanto cuidado.
Hoy has sembrado paz en muchos corazones. El mío, entre ellos.






Son un regalo los días de lluvia

Ayer fue el viento. Hoy es la lluvia. Dos días seguidos en casa. Dos días mirando por la ventana cómo el cielo decide el ritmo. Y sí… un ...