¡Buenos días, mis queridas amigas!
Hoy me he levantado con ganas de hablaros de una cosa que llevo tiempo pensando. Y, como ya me conocéis, sabéis que cuando me da por hablar, ¡no me calla ni el apuntador!
Hoy quiero hablaros de mí, de mi vida, de lo que he aprendido con los años y de esa maravillosa sensación que tengo últimamente de empezar a vivir un poquito más a mi manera.
Porque, queridas mías, una llega a una edad en la que empieza a ver las cosas de otra forma. O, mejor dicho, empieza a verlas como son, sin tantos adornos y sin tantas ganas de tener contento a todo el mundo.
Yo he dedicado muchos años de mi vida a cuidar de los demás. Cuidé de mis padres, cuidé de mi marido, cuando enfermó, y cuidé de mi hijo, como cualquier madre que quiere a su hijo con toda el alma.
Y no me arrepiento de nada. ¡Pero de nada!
Dejé un trabajo que me encantaba para cuidar de Fernando cuando más me necesitaba. Pasé por hospitales, por operaciones, por meses difíciles y por situaciones que me pusieron la vida patas arriba.
He conocido el sufrimiento, la incertidumbre y esos días en los que una tiene que sacar fuerzas de donde parece que ya no queda ninguna.
Y todo lo hice por amor.
Porque cuando quieres a alguien de verdad, muchas veces no te preguntas cuánto te va a costar. Simplemente estás ahí.
Pero ¿sabéis qué he aprendido después de tanto camino recorrido?
Que querer a los demás no significa olvidarse de una misma.
Y que una puede estar muy orgullosa de todo lo que ha hecho por su familia y, al mismo tiempo, reconocer que también tiene derecho a disfrutar de su propia vida.
Porque yo he cuidado mucho, he querido mucho y he procurado estar cuando me han necesitado. Pero ahora tengo 66 años y hay algo que tengo clarísimo: ¡también me toca a mí!
Y no quiero que nadie me malinterprete. No estoy hablando de dejar de querer a los demás, de volverme egoísta ni de mandar a todo el mundo a freír espárragos.
Bueno… a alguno, dependiendo del día, igual sí. ¡JAJAJAJA! 🤣
Estoy hablando de dejar de sentirme culpable por hacer lo que me apetece cuando no estoy haciendo daño a nadie.
Porque, vamos a ver, amigas mías, ¿qué tiene de malo que un día me quiera quedar en casa en pijama?
¡Pues nada!
Si no me apetece salir, me quedo en casa. Y si Coco necesita hacer pipí, le pongo su empapador, que ya sabe utilizarlo. Lo importante es que él esté bien atendido y que yo también pueda descansar cuando lo necesito.
¿Que me apetece salir a tomarme un café? ¡Pues me voy a tomar el café!
¿Que me siento delante del ordenador y me pongo a escribir durante dos horas porque las palabras me salen solas? Pues escribo, que para eso tengo mi rincón y mis ganas de contar cosas.
¿Y los platos? ¡Ay, los platos!
Pues los platos ya los fregaré después, que no creo yo que vayan a salir corriendo por la puerta. 😂
Durante mucho tiempo parece que hemos tenido que demostrar que somos buenas mujeres estando siempre disponibles, con la casa recogida, las obligaciones hechas y una sonrisa en la cara aunque por dentro estuviéramos agotadas.
Y yo me pregunto: ¿quién decidió que teníamos que vivir así?
Porque descansar no es ser una vaga. Decir que no no es ser una mala persona. Y dedicarte tiempo a ti misma no significa que quieras menos a los demás.
¡Significa que tú también importas!
Además, hay una cosa que me hace mucha gracia. Cuando una empieza a hacer las cosas a su manera, siempre aparece alguien dispuesto a darle su opinión, aunque nadie se la haya pedido.
Que si esto no está bien, que si aquello no se hace así, que si yo en tu lugar…
¡Pues menos mal que no estás en mi lugar, hija mía, porque entonces tendríamos dos problemas!
Y mirad, yo he llegado a un punto en el que prefiero vivir tranquila antes que pasarme el día intentando gustarle a todo el mundo.
Porque si salgo, alguno tendrá algo que decir. Si me quedo en casa, también. Si hago una cosa, porque la hago; y si hago la contraria, porque no debería haberla hecho.
Así que he decidido que voy a escuchar a quien me quiera bien, voy a aceptar los consejos que me parezcan buenos y voy a seguir tomando mis propias decisiones.
Que para eso soy una mujer adulta, pago mis facturas yo solita, me organizo mi vida y asumo las consecuencias de lo que hago.
Nadie me paga la peluquería, ni el veterinario de Coco, ni mis caprichos. Me los pago yo, con mi dinero y con mi esfuerzo.
Y mientras no haga daño a nadie, ¿por qué voy a vivir pidiendo permiso para disfrutar?
Pero ahora viene lo mejor, queridas amigas.
¿Sabéis cuál es mi nueva filosofía de vida?
¡HAGO LO QUE ME SALE DEL CHUMINO!
¡JAJAJAJAJAJA! 🤣🤣🤣
¡Ale, ya lo he dicho!
Y mirad que podría haber utilizado otra palabra, pero a mí me gusta más chumino. ¡Qué queréis que os diga! Me hace gracia, me sale natural y me parece una manera estupenda de expresar lo que quiero decir.
Que aquí no estamos hablando de ofender a nadie, sino de quitarnos un poquito de encima esa seriedad que a veces nos ponemos para todo.
Que parece que para hablar de la libertad hay que ponerse muy solemne, mirar al horizonte y soltar un discurso de esos que te dejan dormida en el sofá.
¡Pues no, señor! También se puede hablar de libertad con una sonrisa, con gracia y con una palabrota de vez en cuando.
Porque yo puedo ser cariñosa, sensible, respetuosa y tener un corazón que se emociona con cualquier detalle. Y también puedo decir una palabrota cuando me sale del alma.
¡Una cosa no quita la otra!
Y estoy convencida de que muchas de vosotras, al leerme, vais a sonreír y a pensar: «¡Pues tiene razón! ¡Si es que yo también estoy harta de preocuparme tanto por lo que piensen los demás!».
Pues venga, mujer, que no estás sola.
A lo mejor no necesitas cambiar tu vida de arriba abajo. A lo mejor solo necesitas empezar por pequeñas cosas.
Tomarte ese café sin prisas.
Apuntarte a esa actividad que llevas tiempo mirando.
Ponerte ese vestido que tanto te gusta.
Decir que hoy no te apetece hacer un favor porque necesitas descansar.
Sentarte a leer, escribir, coser, pintar o no hacer absolutamente nada durante un rato.
Y hacerlo sin pasarte después tres horas sintiéndote culpable.
Porque la vida no puede consistir únicamente en cumplir obligaciones y esperar a que llegue un día en el que, por fin, tengamos tiempo para nosotras.
Ese día hay que empezar a construirlo hoy, con lo que tenemos y con las circunstancias de cada una.
Yo no sé cuánto tiempo me queda por delante. Ninguna lo sabemos. Pero sí sé que quiero aprovecharlo disfrutando de las cosas que me hacen feliz, cuidándome, queriendo a los míos y regalándome esos pequeños momentos que tantas veces he dejado para después.
No reniego de mi pasado. No me arrepiento de haber cuidado de mi familia. Si volviera atrás, seguramente volvería a hacer muchas de aquellas cosas porque nacieron de mi corazón.
Pero ahora también quiero escuchar a ese corazón cuando me pide un poquito de descanso, un café tranquilo, una tarde de escritura o simplemente quedarme en casa sin dar explicaciones.
Porque después de tantos años procurando que los demás estuvieran bien, he comprendido algo que me parece fundamental:
NO TENGO QUE DEJAR DE QUERER A LOS DEMÁS PARA EMPEZAR A QUERERME UN POQUITO MÁS A MÍ.
Y si a alguien no le gusta mi manera de vivir, lo siento mucho, pero no puedo organizar mis días alrededor de las expectativas de todo el mundo.
Yo voy a procurar hacer las cosas con cariño, con respeto y con sentido común. Y, cuando me equivoque, reconoceré mis errores, que tampoco soy perfecta ni falta que me hace.
Pero quiero vivir con más alegría, menos culpa y muchas más ganas.
Así que, amigas mías, si alguna de vosotras necesita escuchar estas palabras, aquí las dejo, de corazón a corazón.
No esperéis a que todo el mundo esté contento para permitiros ser felices.
No os olvidéis de vosotras por cuidar siempre de los demás.
Y no penséis que empezar algo nuevo, descansar o disfrutar de un capricho es una tontería.
Que a estas alturas ya sabemos que la felicidad no siempre viene envuelta en grandes regalos. A veces viene en forma de café con leche, una buena conversación, una tarde soleada o unas horas haciendo aquello que nos gusta.
Y, si para disfrutar de todo eso tenemos que aprender a decir «hoy me toca a mí», pues se dice.
Y si hay que decir alguna palabrota para rematar la faena…
¡PUES TAMBIÉN SE DICE, CARAY!
Que una ha cumplido 66 años, ha vivido lo suyo y todavía tiene muchas ganas de reírse. 😂❤️
¡A vivir, queridas amigas! A querer, a disfrutar, a cuidarnos y a dejar de pedir perdón por ser quienes somos.
Y que no se nos olvide nunca que ser buenas personas no significa tener que olvidarnos de nosotras mismas.
Os mando un abrazo enorme, de esos que llegan al alma, y os deseo una vida llena de momentos bonitos, decisiones valientes y muchas sonrisas.
Y ya sabéis que aquí, en El Rincón de Amalia, siempre hay un motivo para sonreír.
¡Y si no lo encontramos, nos lo inventamos! 🌷❤️
Con todo mi cariño,
Amalia
El Rincón de Amalia
* Nota de la autora: Según el "Diccionario de la Libertad de Amalia", el chumino es esa parte del cuerpo desde donde nacen la intuición, la fuerza y las ganas de hacer exactamente lo que a una le da la gana sin pedir tanto permiso. 🌷