El blog de Alma Buendía Soleado

viernes, 14 de agosto de 2026

Buenas noches, Diosito


Aquí estoy, Diosito, con un ojo ya cerrado del sueño y el otro aguantando como puede. Y, aun así, antes de irme a la cama, me gusta charlar un ratito contigo.

Gracias por este día, por las personas que quiero, por los momentos bonitos y también por los pequeños contratiempos, que al final nos recuerdan que seguimos aquí, viviendo y aprendiendo.

Solo te voy a pedir una cosita: no nos pongas demasiadas piedras en el camino de golpe, que a veces una ya va con el equilibrio justo y cualquier tropezón nos deja tambaleando. Tú ya me entiendes.

Cuida a mi hijo, a mi Coco,  a mis amig@s.

Cuida a quienes están pasando por momentos difíciles. Dales fuerza, calma y un poquito de esperanza para seguir adelante. Y perdóname por ser tan pidona y por encargarte siempre a media humanidad, pero ya sabes cómo soy.

Y ahora sí, Diosito, me voy a dormir. Mañana, si puede ser, despiértame con ganas, con ilusión y, si no es mucho pedir, con un cafetito esperándome. 

Los problemas, esos ya los iremos resolviendo poco a poco. Tú danos salud y fuerzas, que de buscar sonrisas y pintar el día con los colores más bonitos… de eso ya nos encargamos nosotros.

Buenas noches, Diosito, y gracias por escucharme siempre, aunque a veces empiece a hablar contigo y se me olvide hasta el sueño.

El Rincón de Amalia




jueves, 13 de agosto de 2026

A los 66 años, algunas cosas han cambiado… y qué bien


A mis 66 años me he dado cuenta de que hay muchas cosas que hago de manera diferente a como las hacía antes.

Y no porque me haya vuelto más complicada… ¡todo lo contrario! Creo que, con los años, una aprende a simplificar la vida y, sobre todo, a elegir lo que le hace bien.

Por ejemplo, cuando bajo escaleras, ahora sí me agarro al pasamanos. Sé que esos pasamanos los toca todo el mundo y que muy limpios no estarán, pero mi seguridad es lo primero. Después me desinfecto las manos y asunto solucionado.

También he cambiado mi horario para cenar. Antes podía cenar bastante más tarde, pero ahora mi cuerpo me pide cenar temprano. A las siete, ocho de la tarde como máximo, y estoy estupendamente. Si ceno a las nueve o diez, después no duermo bien y me siento pesada. Así que… ¿para qué?

Y antes de salir de casa, aunque no tenga muchas ganas, voy al baño. Porque una ya no está para decir aquello de “aguanto perfectamente”. ¡No, hija, no! 

Otra cosa imprescindible para mí son las alarmas del móvil. Tengo alarmas para todo: citas médicas, cosas que tengo que hacer, cumpleaños que quiero recordar… Mi memoria ya no está para guardar una agenda entera en la cabeza y, sinceramente, ¿para qué quiero un móvil si no es para ayudarme?

Las deportivas se han convertido en mi calzado favorito.

Quiero estar cómoda.

Y eso se ha convertido en una de mis prioridades.

Me pasa también con la ropa. Si encuentro un pantalón que me queda bien, es cómodo, no me pica, tiene buena calidad, se lava bien y además me gusta… ¡me lo compro en todos los colores! 

¿Para qué voy a buscar otro modelo si ya he encontrado uno que me encanta?

Con la salud también he aprendido a ser más constante. Antes podía olvidarme algún día de mis vitaminas o suplementos y no le daba demasiada importancia. Ahora intento ser mucho más organizada. Porque con la salud no se juega y cuidarse un poquito cada día es mucho mejor que acordarse de cuidarse cuando aparece un problema.

Y hay algo que tengo clarísimo: ya no hago colas para todo.

No hago colas interminables para entrar a un sitio, ni para comer, ni para hacer cosas que puedo evitar. Mi tiempo también tiene valor y prefiero utilizarlo en algo que me haga disfrutar.

Lo mismo me pasa con los horarios.

Si me invitas a algo que empieza a las nueve o diez de la noche, probablemente te diré que no. 

Ya no estoy para terminar un evento a la una o las dos de la madrugada y pasarme el día siguiente intentando recuperarme. Antes podía hacerlo. Ahora no me compensa.

Y no pasa nada.

También han cambiado mis vacaciones.

Antes podía viajar a un sitio y querer verlo absolutamente todo. Ciudades, monumentos, trenes, coches, caminatas interminables… levantarse temprano, caminar todo el día y llegar al hotel agotada.

Ahora quiero otras cosas.

Quiero viajar con tranquilidad, disfrutar de mi familia, estar en un lugar bonito, descansar, comer bien, reírme y que me cuiden un poquito.

Ya he visto bastante mundo. Ahora quiero disfrutarlo de otra manera.

Y con la moda, exactamente igual.

Ya no sigo tendencias porque sí. Me pongo lo que me queda bien, lo que me gusta y, sobre todo, lo que me resulta cómodo.

Porque a los 66 años una ya sabe que no necesita ponerse algo incómodo solamente porque esté de moda.

Si me queda bien y estoy cómoda, me lo pongo. Y si además me gusta, mejor todavía.

Y hay otra cosa que intento hacer cada día: caminar y mantenerme activa. Porque no se trata de tener 30 años otra vez. Se trata de conservar la fuerza, la movilidad y las ganas de seguir haciendo cosas.

Creo que cumplir años también consiste en aprender a escucharse.

Antes quizá hacíamos muchas cosas porque tocaba, porque estaban de moda, porque había que ir, porque había que aguantar o porque pensábamos que teníamos que demostrar algo.

Ahora no.

Ahora puedo decir tranquilamente:

Esto me gusta.
Esto no me gusta.
Esto me hace bien.
Esto no me compensa.

Y no necesito dar demasiadas explicaciones.

A los 66 años no quiero vivir deprisa.

Quiero vivir bien.

Quiero comodidad, tranquilidad, salud, cariño, buenos momentos, personas que me hagan reír y tiempo para disfrutar de las pequeñas cosas.

Y, sobre todo, quiero seguir aprendiendo a cuidarme y a quererme cada día un poquito más.

Porque cumplir años no significa dejar de hacer cosas.

Significa aprender a elegir mejor cuáles quieres hacer.

Y eso, sinceramente, me parece maravilloso.

A los 66, ya no quiero demostrar nada.

Quiero estar bien. ❤️

El Rincón de Amalia






Un día normal también puede ser un día feliz


Hoy no ha pasado nada especial.

Es uno de esos días normales, tranquilos, de estar en casa y hacer las pequeñas cosas de siempre. Hace calor, muchísimo calor, así que hoy toca quedarse fresquita y disfrutar de la tranquilidad de mi casa.

Ahora mismo me voy a preparar un chai latte fresquito, con hielo, que me encanta. 🧊🤎 Y mientras me lo tomo, seguramente escucharé un poco de música y seguiré haciendo mis cositas.

Tengo cosas pendientes, claro que sí. Siempre hay algo que hacer: recoger, limpiar, terminar algún trabajo de ganchillo… Pero hoy no tengo ninguna prisa. Hay días para hacer muchas cosas y días para simplemente ir haciendo.

Y mientras estoy aquí, pensando qué escribir para el blog, me doy cuenta de que estas pequeñas cosas también me hacen feliz.

La tranquilidad de estar en casa.
Escuchar una canción que me gusta.
Prepararme una bebida fresquita.
Hacer un poco de ganchillo.
Cuidar de Coco.
Escribir unas palabras y compartirlas con vosotros.

No necesito grandes planes ni grandes acontecimientos para sentirme bien. A veces la felicidad está precisamente en esos momentos que parecen no tener importancia.

Porque quizá un día normal no sea un día en el que no pasa nada.

Quizá sea simplemente un día tranquilo en el que podemos disfrutar de lo que sí tenemos.

Y hoy, para mí, eso es más que suficiente. ❤️

Un abrazo,
Amalia
🌷



lunes, 10 de agosto de 2026

Un día cualquiera… y al final sí tenía algo que contar


Hay días en los que una piensa:

"Hoy no tengo nada que contar."

Eso me está pasando últimamente. Con este calor, los días se parecen bastante unos a otros. Una está en casa, busca el fresco, hace las cosas necesarias y espera a que llegue un poquito de aire.

Pero hoy me he dado cuenta de que quizá no hace falta que nos pasen grandes cosas para tener una historia que contar.

Esta mañana me he puesto con las tareas de casa. Ya sabéis que a mí la faena doméstica no es precisamente mi actividad favorita.  Yo limpio poco, pero cuando limpio… limpio y dejo todo como los chorros del oro.

Y cuando me he dispuesto a pasar la aspiradora, resulta que la señora ha decidido que hoy no trabajaba.

Hace unos días había lavado el filtro porque estaba bastante sucio. La dejé más limpia que los chorros del oro, bueno, quizá me estoy pasando otra vez,  y después funcionó perfectamente.

Pero hoy, al encenderla, unas lucecitas rojas han aparecido durante unos segundos y… se acabó la fiesta.

La he desmontado para ver qué podía pasar.

Así que ahora mientras yo espero que mi aspiradora, que tiene solamente cuatro meses, decida volver a la vida.

Porque, vamos a ver, una cosa es que a una no le guste limpiar y otra muy distinta es que cuando por fin se decide, los electrodomésticos se pongan en huelga. 😂

Y además tengo un pequeño problema añadido: Coco.

Mi Coco tiene unos pelitos blancos preciosos, pero esta mañana se me ha ocurrido cortarle un poquito los bigotillos y he dejado el suelo lleno de pelitos. Y esos pelitos, con la escoba, son muy suyos. Una barre y ellos aparecen por otro lado como diciendo:

"Aquí seguimos." 🐩

Así que necesito mi aspiradora.

Mientras ella se recupera, yo tengo otra tarea entre manos: el ganchillo.

Tengo que hacer cuatro bandanas y estoy todavía con la primera. Así que estos días estoy repartiendo mi tiempo entre las tareas de casa, Coco, el calor y mis labores.

Y quizá eso sea precisamente lo que quería contar hoy.

Que la vida no siempre está llena de viajes, fiestas, comidas con amigos o acontecimientos especiales.

Hay días sencillos.

Días de casa.

Días de calor.

Días de ganchillo.

Días en los que una intenta que una aspiradora vuelva a funcionar. 

Y, sin embargo, cuando te paras a mirar, siempre hay alguna pequeña cosa que merece la pena contar.

Esta mañana pensaba que no tenía nada para escribir.

Y mira por dónde… al final he escrito una entrada.


Quizá no haga falta que cada día sea extraordinario.

Quizá lo bonito esté también en aprender a mirar con un poquito de humor esos días que parecen todos iguales.

Y mañana… ya veremos.


🧡 El Rincón de Amalia


sábado, 8 de agosto de 2026

La paz vale más que el rencor


Hay una frase que muchas veces cuesta entender: "Bendice a quien te hizo daño." Y lo primero que pensamos es: "¿Después de todo lo que me hizo? Ni hablar."

 Pero bendecir no significa darle la razón, ni olvidar lo que pasó, ni hacer como si no hubiera dolido. Bendecir te alivia, vivir con rencor te daña, así que bendice a quien te hizo daño y déjalo vivir si puede con su mala conciencia. Significa otra cosa. Significa dejar de cargar con una mochila que pesa demasiado. Porque hay personas que hace años que salieron de nuestra vida y, sin embargo, siguen viviendo en nuestra cabeza. Sin darse cuenta, les seguimos regalando nuestro tiempo, nuestras lágrimas y nuestra tranquilidad. ¿Y para qué? El rencor no hace sufrir al otro. El rencor nos hace sufrir a nosotros. 

Perdonar no es decir: "Lo que hiciste estuvo bien." Es decir: "No voy a dejar que el daño que me hiciste siga mandando en mi vida." Hay personas que nunca pedirán perdón. Nunca reconocerán el dolor que causaron. ¿Y vamos a quedarnos esperando toda la vida unas palabras que quizá nunca lleguen? Yo creo que no. Nuestra paz no puede depender de otra persona. 

Dejemos que Dios se encargue de poner cada cosa en su sitio. Él sabe cuándo y cómo hacerlo. Nosotros tenemos una tarea mucho más importante: seguir viviendo, volver a sonreír, recuperar la ilusión y rodearnos de la gente que sí nos quiere. Porque la mejor respuesta no es la venganza.

La mejor respuesta es que un día miren hacia atrás y descubran que, a pesar de todo, seguiste adelante. Que las heridas cerraron. Que volviste a reír. Que encontraste paz.

Y eso, para mí, es la mayor victoria.

No porque hayas olvidado.

Sino porque ya no dejas que el pasado decida cómo quieres vivir el presente.

Un abrazo de El Rincón de Amalia. 🧡



jueves, 6 de agosto de 2026

A los 66, todavía tengo muchas ganas de vivir

A mí no me digáis que, después de los sesenta, la vida se acaba. Porque yo no me lo creo.

Si algo he aprendido al cumplir 66 años es que la vida no termina, simplemente cambia. Y, muchas veces, cambia para mejor.

Es verdad que el cuerpo ya no responde igual. Hay días en los que las rodillas se quejan, la espalda protesta y levantarse de la cama cuesta un poquito más. Pero también es verdad que, con los años, aprendemos a disfrutar de cosas que antes pasaban desapercibidas.

Ahora ya no necesito demostrar nada a nadie. No corro detrás de las personas. Quien quiera caminar a mi lado será bienvenido, y quien decida tomar otro camino, también estará bien. He aprendido que el cariño de verdad no se fuerza, se siente.

A veces oigo decir: "Ya soy mayor para hacer eso". ¿Mayor para qué? ¿Para empezar un proyecto nuevo? ¿Para aprender algo que siempre te hizo ilusión? ¿Para viajar, escribir, reír, bailar o compartir un café con una buena amiga?

Yo creo que nunca es tarde para volver a ilusionarse.

Con los años he descubierto que la felicidad no siempre está en las grandes cosas. Muchas veces se esconde en un paseo con mi perrito Coco, en una conversación que me hace sonreír, en una comida con los amigos o en un atardecer que te invita a dar gracias por seguir aquí.

Hoy sé que las arrugas cuentan historias, que las cicatrices hablan de lo que hemos superado y que cada año vivido es un regalo.

Por eso, mientras tenga ganas de vivir, de aprender y de querer a las personas que forman parte de mi vida, seguiré diciendo lo mismo:
La edad no pone el punto final. La edad nos enseña a vivir de verdad.


miércoles, 5 de agosto de 2026

"Hoy es el mejor día de nuestra vida."


Hay una costumbre que nunca he entendido.

Compramos un vestido bonito y lo guardamos para una ocasión especial.

Nos regalan una colonia y pensamos: "Esta no la voy a gastar ahora."

Estrenamos ropa interior y la reservamos "por si acaso". Como si hubiera que esperar un acontecimiento importante para disfrutar de algo nuevo.

¿Y quién ha dicho que hoy no es un día especial?

La vida nos enseña, a veces demasiado tarde, que los días importantes no vienen marcados en el calendario.

El día especial es hoy.

Ponte ese vestido que tanto te gusta.

Estrena esa camisa.

Abre esa botella de vino que llevas meses guardando.

Utiliza la vajilla bonita.

Ponte unas flores en la mesa.

Sal a pasear.

Canta aunque desafines.

Ríe sin motivo.

Date un capricho de vez en cuando.

No vivas esperando el momento perfecto, porque quizá nunca llegue.

La vida es demasiado corta para dejar la felicidad guardada en un armario.

Hoy respiras.

Hoy estás aquí.

Hoy tienes la oportunidad de disfrutar de un café tranquilo, de un abrazo, de una conversación o simplemente de un atardecer.

No esperes a que la vida te regale un día especial. Haz que hoy lo sea. Porque hoy es el mejor día de nuestra vida.

Un abrazo de El Rincón de Amalia. 🧡



Buenas noches, Diosito

Aquí estoy, Diosito, con un ojo ya cerrado del sueño y el otro aguantando como puede. Y, aun así, antes de irme a la cama, me gusta charlar ...