Buenos días, amigas de mi rincón. ❤️
Hoy quiero contaros algo que me ocurrió hace algunos años y que, de vez en cuando, vuelve a mi memoria.
A veces hablamos del dolor, de las pérdidas, de lo mucho que queremos a las personas y del miedo que sentimos cuando pensamos que algún día podemos perderlas. Pero hay una parte del dolor de la que quizá hablamos menos: esa en la que hemos sufrido tanto que ya no sabemos ni cómo expresar lo que sentimos.
A mí me pasó.
Hubo un año en el que viví unos meses que me cambiaron la vida. En apenas cinco meses perdí a mi hermana, a mi padre y a mi madre. Mi hermana se fue en mayo, mi padre en julio y mi madre en octubre.
Tres despedidas en tan poco tiempo.
Y, como si la vida no tuviera bastante con todo aquello, Fernando, mi marido, estaba enfermo de cáncer.
Imaginaos cómo podía encontrarme yo por dentro. Había perdido a tres de las personas más importantes de mi vida y, al mismo tiempo, tenía que convivir con el miedo de que mi marido también pudiera marcharse.
Era demasiado dolor junto. Demasiadas ausencias, demasiadas preocupaciones y demasiadas emociones que apenas tenía tiempo de asimilar.
Pero la vida seguía, como sigue para todo el mundo. Aunque una por dentro sienta que se le ha parado el mundo, por fuera hay que continuar haciendo las cosas de cada día.
Yo iba a una psicóloga, Vanessa, porque en el hospital me habían recomendado que recibiera ayuda después de todo lo que había vivido.
Y entonces ocurrió algo que todavía recuerdo perfectamente.
Un amigo mío, un chico con el que había compartido muchos años de mi vida, se quitó la vida.
Yo había tenido una tienda y él trabajaba conmigo. Lo tenía contratado, sí, pero para mí no era solamente un trabajador. Era mi amigo.
Habíamos compartido muchísimas horas, conversaciones, momentos buenos y malos. En una tienda se pasan tantas horas que, a veces, se termina conviviendo más con las personas que trabajan contigo que con la propia familia.
Y nosotros teníamos una amistad bonita. Le tenía mucho cariño y sentí muchísimo su muerte.
Cuando fui al tanatorio, vi su fotografía y entré a dar el pésame a su madre.
Y aquí viene lo que me dejó desconcertada.
No lloré. Ni una lágrima.
Me dolía su muerte, lo quería y sentía muchísimo lo que había ocurrido. Sin embargo, allí estaba yo, delante de su fotografía, dando el pésame a su madre, sin que me saliera una sola lágrima.
Y me asusté.
Pensé que algo me estaba pasando, que quizá me había vuelto insensible al dolor. ¿Cómo podía haber perdido a una persona a la que quería y no llorar?
Yo sabía que lo sentía. Sabía que me dolía. Pero mis lágrimas no aparecían.
Y no entendía por qué.
Así que, en mi siguiente visita a la psicóloga, se lo conté a Vanessa.
Le expliqué lo ocurrido y le dije que estaba preocupada, que no entendía cómo podía sentir tanto dolor por la muerte de mi amigo y, sin embargo, no haber llorado en el tanatorio.
Tenía miedo de haberme vuelto una persona insensible.
Y entonces ella me dijo unas palabras que se me quedaron grabadas para siempre.
Me miró y me explicó que no me había vuelto insensible al dolor.
Lo que me ocurría era que había sufrido tanto que estaba anestesiada al dolor.
Me explicó que yo había sentido la muerte de mi amigo, pero que llevaba tanto sufrimiento acumulado por todas las pérdidas anteriores que, en aquel momento, no podía expresar el dolor como yo esperaba.
Y aquellas palabras me ayudaron a comprender algo que hasta entonces no había entendido.
No llorar no significaba que no quisiera a mi amigo.
No llorar no borraba los años de amistad, ni las conversaciones compartidas, ni el cariño que le tenía.
Yo sentía su pérdida. Lo que ocurría era que venía de atravesar tanto dolor que ya no sabía cómo reaccionar ante otra despedida.
A veces pensamos que, si queremos mucho a alguien, tenemos que llorar cuando se marcha. Que las lágrimas son la prueba de nuestro cariño y que, si no aparecen, es porque algo ha cambiado dentro de nosotros.
Pero no siempre es así.
Cada persona vive el duelo de una manera diferente. Hay quien llora mucho, quien necesita hablar, quien guarda silencio y quien parece seguir adelante sin derrumbarse. Y ninguna de esas reacciones, por sí sola, nos dice cuánto quería esa persona a quien ha perdido.
El dolor no tiene una única forma de manifestarse.
Y tampoco lleva un calendario. No podemos exigirnos sentir de una manera determinada, ni obligarnos a llorar porque creemos que es lo que deberíamos hacer.
Aquella conversación con Vanessa me enseñó algo que nunca he olvidado: a veces, cuando hemos sufrido demasiado, no dejamos de sentir; simplemente, nos cuesta encontrar la manera de expresar todo lo que llevamos dentro.
Por eso hoy, tantos años después, he querido compartir esta experiencia con vosotras.
Porque quizá alguna haya pasado por algo parecido. Quizá haya perdido a varias personas en poco tiempo y se haya preguntado por qué ya no reacciona como antes. Quizá haya sentido culpa por no llorar en un entierro o por no derrumbarse cuando todo el mundo esperaba verla hacerlo.
Si alguna vez os ha ocurrido, no os juzguéis por ello.
No sois menos sensibles. No queréis menos a quienes se han marchado. Y no tenéis que demostrar vuestro dolor delante de nadie.
Cada corazón tiene su manera de soportar las despedidas.
Y, aunque yo sigo siendo una persona que quiere, que siente y que se emociona, aquella experiencia me hizo comprender que el sufrimiento puede dejarnos sin palabras, sin lágrimas y hasta sin saber qué sentimos en un momento determinado.
Por eso, cuando alguien esté pasando por una pérdida, no le digamos cómo debería sentirse. No le preguntemos por qué no llora ni demos por hecho que está bien porque no se derrumba.
A veces, detrás de una persona que parece entera, hay una historia que pesa muchísimo.
Y quizá lo único que necesita es que alguien se siente a su lado, le coja la mano y le permita sentir lo que pueda sentir, sin juzgarla.
Hoy recuerdo a mi hermana, a mi padre, a mi madre, a Fernando y también a aquel amigo con el que compartí tantos años de trabajo y amistad.
Cada uno ocupa su lugar en mi historia.
Y si algo he aprendido con el paso de los años es que querer a alguien no significa que podamos evitar su pérdida, y sufrir una pérdida no significa que tengamos que demostrar nuestro dolor de una manera concreta.
Podemos llorar. Podemos guardar silencio. Podemos recordar con una sonrisa. Podemos sentirnos fuertes un día y desmoronarnos al siguiente.
Somos humanos, y el corazón no siempre sabe explicarse.
Así que hoy quiero dejaros esta reflexión:
No midamos el amor por las lágrimas que derramamos, ni la profundidad de una herida por lo que los demás pueden ver. Hay dolores que no hacen ruido, pero que necesitan tanto cariño y comprensión como cualquier otro.
Y recordad, amigas, que pedir ayuda cuando el dolor nos supera no nos hace débiles. A veces, hablar con alguien que nos escucha y nos comprende es el primer paso para empezar a poner un poquito de luz en medio de tanta oscuridad.
Os mando un abrazo enorme, de esos que no necesitan muchas palabras.
Y, como siempre os digo, incluso después de las experiencias más difíciles, procuremos encontrar un pequeño motivo para sonreír. No porque tengamos que estar alegres a la fuerza, sino porque también merecemos disfrutar de los momentos buenos que la vida nos regala.
Siempre hay un motivo para sonreír. ❤️
Con cariño,
Amalia, desde El Rincón de Amalia.
