El blog de Alma Buendía Soleado

domingo, 27 de septiembre de 2026

🐩 Domingo de paseo… y Coco tenía otros planes


Esta mañana he salido de casa tan contenta.

Domingo, buen día, mi Coco y yo preparados para dar nuestro paseíto… y yo pensando que volveríamos tranquilamente a casa después de disfrutar un poquito de la mañana.

¡Ay, Amalia, qué inocente eres! 😂

Porque mi pequeñín Coco hoy se ha levantado con una misión muy clara:

Ladrarle a todos los perros que se cruzaran en nuestro camino.

Y cuando digo a todos, es a todos.

Grandes, pequeños, tranquilos, nerviosos… ¡le daba igual!

Perro que aparecía, perro que recibía su correspondiente concierto. 🐩

Yo intentando sujetar la correa, él tirando para un lado, luego para el otro, yo pendiente de no perder el equilibrio y, mientras tanto, pensando:

"Pero Coco, hijo mío… ¿qué te han hecho los perros del mundo para que les tengas tanta manía?"

Porque este perro mío no tiene ni un amigo perruno.

¡Ni uno!

Y mira que algunos se acercan con toda la buena intención del mundo, pero él parece decir:

"Tú, ni te acerques, que te monto aquí mismo la serenata."

Y claro, una sale a pasear para relajarse y termina volviendo a casa agotada, estresada y con ganas de quitarse los zapatos y sentarse.

Y eso que el paseo de hoy ha sido cortito.

Entre los ladridos, los tirones, recoger la caca, echar agua donde hace pipí y el calor que hacía… yo ya he dicho:

"Coco, se acabó. Nos vamos para casa."

Y aquí estamos.

Yo intentando recuperar la tranquilidad y él tan feliz, mirándome con esa carita de angelito que pone después de haberme hecho sudar la gota gorda.

Y me mira como diciendo:

«¿Qué? ¿He hecho algo mal?» 🥺

¡Pues sí, señorito!

Hoy te has portado regular.

Pero bueno… eres mi pequeñín y te quiero con locura, incluso cuando decides convertir un tranquilo paseo de domingo en una prueba de paciencia.

Mañana será otro día.

Y quién sabe… quizá mañana aparezca un perro y Coco decida que, por fin, quiere tener un amigo.

Aunque viendo el panorama…

¡Me parece que voy a esperar sentada! 

Siempre hay un motivo para sonreír.

El Rincón de Amalia 🌷




sábado, 26 de septiembre de 2026

Si no crees en Dios, te doy su teléfono


Hoy quiero contaros una cosita que me hace mucha ilusión.

Me he comprado un libro que se titula "Si no crees en Dios, te doy su teléfono", de Paco Arango.

Todavía lo estoy empezando, pero ya tengo esa sensación de que este va a ser uno de esos libros que se quedan un poquito dentro de ti.

Habla de niños, de cáncer, de momentos difíciles… y también, estoy segura, de esperanza, de amor y de esas pequeñas cosas que a veces nos ayudan a seguir adelante cuando la vida se pone cuesta arriba.

Y os voy a decir una cosa: creo que voy a llorar. 
Porque ya me conozco… como el libro me toque un poquito el corazón, se me escapa la lagrimita.

Pero hay algo más que me ha gustado muchísimo de haber elegido este libro. Los beneficios de su venta van destinados a la Fundación Aladina, que trabaja para ayudar a niños y adolescentes con cáncer y a sus familias.

Así que, además de disfrutar de una buena lectura, siento que con mi compra estoy poniendo mi pequeño granito de arena.

Y eso me gusta.

Porque a veces pensamos que para ayudar hay que hacer grandes cosas, y no siempre es así.
A veces podemos ayudar simplemente eligiendo dónde ponemos nuestro pequeño gesto.

Ahora voy a seguir leyendo… y ya os contaré si acerté con mi presentimiento.

Aunque me parece que, como siga así, voy a necesitar un paquete de pañuelos al lado del libro. 🥹❤️

Siempre hay un motivo para sonreír.

El Rincón de Amalia 



miércoles, 23 de septiembre de 2026

¿QUE NO PUEDO? ¡CLARO QUE PUEDO!

Un día la vida me dijo:

—Ya no puedes.

Y yo le contesté:

—¿Cómo que no? ¡Claro que puedo!

A estas alturas de mi vida ya no estoy para que nadie venga a decirme hasta dónde puedo llegar. Tengo más de sesenta y sí, hay días que me levanto toda tiesa, me duele aquí, me duele allá y hasta para agacharme tengo que pensármelo dos veces… ¡pero aquí sigo!

He pasado por cosas que pensé que no iba a superar y, mira por dónde, las superé.

He llorado, he vuelto a empezar, he soltado personas, he aprendido a estar conmigo y hasta he descubierto que mi propia compañía tampoco está nada mal.

Así que no me digas que no puedo.

Porque si algo me han enseñado los años es que una mujer no se vuelve menos capaz por cumplir años. Se vuelve más sabia para elegir sus batallas y mucho más lista para saber dónde merece la pena poner su energía.

Ahora ya no corro detrás de nadie.

No persigo lo que no quiere quedarse.

No mendigo cariño.

Y tampoco voy a pedir permiso para ser feliz.

¿Qué puedo?

¡Claro que puedo!

Puedo empezar otra vez.

Puedo aprender algo nuevo.

Puedo ilusionarme con la vida.

Puedo bailar aunque las rodillas protesten.

Puedo sentarme con mi cafecito, mirar a mi Coco dormidito a mi lado y pensar:

—Madre mía… ¡y todavía me queda mucho por vivir!

Porque mientras tenga ganas de levantarme cada mañana, de cuidar de mi Coco, de escribir mis cosas, de reírme, de aprender y de disfrutar de las pequeñas cosas, todavía me queda mucha vida por delante.

Así que, querida vida, si algún día vuelves a decirme:

—No puedes.

Yo te voy a contestar lo mismo:

—¿Cómo que no?

Agárrate, que todavía me quedan muchas cosas por hacer, muchas risas por echar, mucho cariño que dar y muchas ganas de seguir adelante.

Porque a mis sesenta y tantos no tengo que demostrarle nada a nadie.

Solo a mí misma.

Y sí puedo.

¡Claro que sí puedo!



sábado, 19 de septiembre de 2026

Hoy sé lo que entonces no sabía

Si a mis sesenta y seis años pudiera darle un consejo a la mujer que fui cuando era más joven, te aseguro que sería bien sencillo:

Aprende a decir «no» más a menudo.

Nos pasamos una buena parte de la vida intentando caerle bien a todo el mundo, cumpliendo con lo que los demás esperan de nosotras y buscando su aprobación.

Nos callamos muchas cosas.

Aguantamos más de la cuenta.

Nos adaptamos a situaciones que no nos hacían felices y dejamos nuestras propias necesidades para el último lugar.

Intentamos encajar en sitios donde, seguramente, nunca estuvimos hechas para encajar.

Y luego llega un día en que te das cuenta de algo.

La mayoría de las cosas por las que tanto sufriste… no eran tan importantes.

Aquellas críticas que tanto miedo te daban.

Las exigencias que te dejaban agotada.

Las personas por las que tantas veces te olvidaste de ti misma.

Nada de aquello valía todo lo que te costó.

Por eso, si pudiera volver atrás y sentarme un ratito con aquella muchacha que fui, le diría:

Di lo que piensas.

No tengas que dar explicaciones de cada decisión que tomes.

No te pases la vida intentando convencer a quien no quiere entenderte.

Cuida tu tiempo.

Cuida tu corazón.

Y, sobre todo, cuida tu tranquilidad.

Y si algo solamente te trae dolor, desgaste o decepciones, ten el valor de darte la vuelta y marcharte.

Sin sentirte culpable.

Sin explicar más de lo necesario.

Sin mirar atrás todo el rato.

Porque los remordimientos que más pesan no suelen venir de los tropiezos.

Vienen de esas palabras que no dijimos por miedo.

De esas situaciones que aguantamos mucho más de lo que debíamos.

De tantos momentos en los que pusimos a todo el mundo por delante y nos dejamos a nosotras mismas para el final.

Y con los años aprendes una cosa que quizá nadie te explicó cuando eras joven:

Cuidar de una misma no es ser egoísta.

Es quererse.

Es respetarse.

Y, muchas veces, es una necesidad.

Porque una también merece vivir en paz.

El rincón de Amalia 💖



viernes, 18 de septiembre de 2026

Un día me di cuenta de que había crecido


Buenos días, amigas de mi rincón.

Hoy me he puesto a pensar en una cosa… ¿sabéis cuándo me di cuenta de que había crecido?

Y no, no fue por las arruguitas alrededor de los ojos. 😂
Ni porque el espejo empezara a enseñarme cosas que yo no le había pedido.

Tampoco fue porque los años fueran pasando.

Me di cuenta de que había crecido por dentro.

Fue cuando dejé de necesitar tener siempre la razón. Cuando entendí que hay discusiones que no merece la pena ganar y personas a las que no merece la pena perseguir.

Cuando aprendí que, si alguien decide marcharse de tu vida, puedes quererle, puedes echarle de menos… pero no tienes por qué salir corriendo detrás.

Y también cuando comprendí que pedir perdón es muy bonito, pero esperar eternamente a que alguien lo haga puede robarnos demasiada paz.

La madurez no llegó dando golpes en la puerta.

Llegó poquito a poco, casi sin hacer ruido.

Y un buen día me encontré pensando:

“Pues mira, ya no quiero complicarme la vida.”

Ahora no necesito gustarle a todo el mundo. Ni que todo el mundo entienda mis decisiones. Ni encajar en lugares donde no estoy cómoda.

Quiero estar tranquila conmigo.

Quiero rodearme de personas que me quieran como soy, con mis cosas buenas, mis manías y mis días de “hoy no estoy para nadie”. 

Y mi cuerpo… ¡ay, mi cuerpo!

Antes podía mirarlo y encontrarle defectos por todas partes. Ahora lo miro de otra manera.

Este cuerpo ha vivido mucho.

Ha reído, ha llorado, ha trabajado, ha querido, ha perdido, ha vuelto a levantarse y ha seguido caminando cuando las cosas no se lo pusieron precisamente fácil.

¿Cómo no voy a quererlo?

Cada marca cuenta una historia. Cada arruga tiene detrás un montón de vida.

Así que ya no quiero pasarme el día corriendo detrás de los “tengo que”.

Tengo que hacer esto.
Tengo que hacer aquello.
Tengo que quedar bien.
Tengo que preocuparme por lo que pensarán…

Pues no.

Ahora quiero disfrutar más de las cosas pequeñas.

De mi café con leche.

De una conversación que me haga reír.

De un paseo sin mirar el reloj.

De una tarde tranquila.

De una canción que me traiga un recuerdo bonito.

De estar en casa con Coco y sentir que, por un momento, todo está bien. ❤️

He aprendido a escucharme.

A cuidarme.

A decir que no cuando no quiero.

A decir que sí cuando me apetece.

A dejar ir lo que ya no me hace bien.

Y, sobre todo, he aprendido que elegirme a mí misma no es ser egoísta.

Es quererme un poquito más.

Quizá eso sea hacerse mayor de verdad.

No cumplir años.

Sino aprender a vivirlos.

Y aquí estoy, mis queridas amigas, con mis arruguitas, mis recuerdos, mis historias y mis ganas de seguir disfrutando.

Porque todavía me queda mucho por vivir.

Y, mientras tanto…

Siempre hay un motivo para sonreír. ❤️

¿Y vosotras? ¿En qué momento os disteis cuenta de que habíais cambiado por dentro?



jueves, 17 de septiembre de 2026

Hoy mi cabeza se fue al pasado


Buenos días, amigas de mi rincón.

Hoy el día se ha levantado nublado, de esos días en los que parece que hasta las nubes nos invitan a pensar un poquito más de la cuenta. Y mira tú por dónde… hoy mi cabeza se ha ido al pasado.

Sin maleta, sin billete y sin avisar. Porque la memoria es así: aparece cuando quiere y nos lleva de la mano a lugares que creíamos olvidados.

Me he acordado de aquellos años en los que las tardes parecían no acabarse nunca. Las puertas de las casas estaban abiertas, se escuchaban voces en la calle y los patios olían a comida recién hecha, a café y a ese olor tan especial de la tierra mojada después de regarla.

Nos pasábamos las horas jugando en la calle. No necesitábamos gran cosa: una cuerda, una pelota, unas canicas o cualquier invento que se nos ocurriera. Con poquito éramos capaces de pasarlo en grande.

Y cuando desde la puerta se escuchaba aquello de: “¡Ya es hora, para casa!”, sabíamos que se había terminado la diversión. 

También recuerdo cuando, si querías hablar con una amiga, tenías que ir a buscarla a su casa. No había móviles, ni mensajes, ni eso de “te escribo luego”. Allí que ibas tú, andando, y si no estaba… pues vuelta para casa.

La televisión tenía sus horarios y había que esperar a que llegara el programa que querías ver. Y de las fotografías, mejor ni hablamos… hacer una foto era casi un acontecimiento. No como ahora, que hacemos veinte y luego no sabemos cuál guardar. 

Y qué decir de las fiestas. Con un poco de música, algo para picar y muchas ganas de reír ya teníamos montado el sarao.

Después crecimos. Llegaron los amores, los hijos, las responsabilidades, las preocupaciones… y fueron pasando los años casi sin pedir permiso.

Ahora miro hacia atrás y pienso: ¡pero si parece que fue ayer!

Hay muchas cosas que hoy tenemos y que antes ni imaginábamos. Pero hay algo que no podemos comprar ni recuperar: aquellos años.

No puedo volver a aquellas calles, ni a aquellas tardes interminables, ni sentarme con algunas de las personas que ya no están.

Pero sí puedo cerrar los ojos.

Y por un ratito vuelvo.

Vuelvo a ser aquella muchacha con sus sueños, sus ilusiones y toda la vida por delante.

Y entonces sonrío.

Porque los años pasan, sí… pero no se van del todo. Algunos se quedan guardaditos dentro de nosotros y esperan pacientemente a que una canción, un olor, una fotografía o simplemente un día nublado los despierte.

Y hoy ha sido ese día.

Así que aquí estoy, recordando, sonriendo y dando gracias por haber vivido aquellos tiempos.

Porque quizá entonces no lo sabíamos, pero mientras estábamos allí, estábamos fabricando los recuerdos que algún día tanto íbamos a echar de menos.

Siempre hay un motivo para sonreír. ❤️

Mis queridas amigas, ¿a vosotras también os pasa que un día cualquiera, sin saber por qué, la cabeza se os marcha de viaje al pasado?



sábado, 12 de septiembre de 2026

La rodilla protesta, pero yo sigo

Buenos días, amigas de mi rincón.

Llevo ya un par de semanas que cuando no me duele una cosa, me duele otra. El otro día era el hombro y hoy le ha tocado a la rodilla.

¡Ay, las cosas de la edad! Una quiere hacerse mayor tranquilamente, pero parece que el cuerpo tiene ganas de ir dejando pequeñas notas por todas partes: «Aquí tienes un dolorcito», «aquí tienes una molestia»… 😂

Y digo yo que una no puede hacerse mayor sin que vayan apareciendo estas cosillas. Porque cuando una era más joven, se levantaba, se sentaba, se agachaba y volvía a levantarse sin pensar en nada. Ahora hay movimientos que una hace con cuidado, como si estuviera desactivando una bomba.

Hoy mi rodilla me está dando la lata sobre todo al agacharme y al levantarme. Caminando puedo hacerlo bastante bien, pero cuando tengo que sentarme o levantarme… ¡madre mía!

Pero bueno, con dolor y todo, tampoco me he quedado de brazos cruzados.

Me he hecho mi comida, he fregado la cocina, he limpiado un poquito la casa y he jugado con Coco. Y, por supuesto, hemos salido a dar nuestra vueltecita.

Eso sí, hoy ha sido una vuelta pequeñita, pequeñita. Lo justo para que Coco pudiera salir y olisquear un poco, y yo no le pidiera demasiado a mi rodilla.

Porque también hay que aprender a escuchar al cuerpo. No pasa nada por bajar un poco el ritmo cuando hace falta.

Y esta tarde estamos los dos tranquilitos en casa. Coco con sus juegos y su alfombra olfativa, y yo intentando que esta rodilla deje de protestar.

No estoy hoy especialmente alegre, para qué os voy a engañar. Pero tampoco quiero que un día de dolor me quite todas las cosas buenas que tengo.

Porque una cosa tengo clara: hacerse mayor tendrá sus achaques, pero mientras podamos seguir disfrutando de las pequeñas cosas, siempre habrá un motivo para sonreír.

Y mañana… ya veremos qué parte del cuerpo decide llamar mi atención. 

Un beso grande, amigas.

El rincón de Amalia ❤️


Siempre hay un motivo para sonreír.



🐩 Domingo de paseo… y Coco tenía otros planes

Esta mañana he salido de casa tan contenta. Domingo, buen día, mi Coco y yo preparados para dar nuestro paseíto… y yo pensando que volveríam...