El blog de Alma Buendía Soleado

sábado, 29 de agosto de 2026

¿Quién ha dicho que la creatividad se jubila?


Esta mañana, después de salir a pasear con Coco, tirar la basura y hacer todas esas cosas maravillosas que forman parte de la vida de una mujer que lleva su casa para adelante, me he sentado un momento a descansar.

Y mira por dónde, me encuentro con una reflexión que me ha hecho pensar.

¿Quién ha dicho que cuando cumplimos cierta edad se nos jubila la creatividad?

Porque si alguien lo ha dicho, que venga y me lo explique. 

¿Que después de los sesenta tenemos que sentarnos tranquilamente a ver novelas, esperar la hora del café y poco más?

Pues no.

Bueno… el café sí. El café no me lo quitéis. 😂

Pero aparte de eso, aquí seguimos.

Con ideas, con imaginación y, sobre todo, con unas ganas tremendas de hacer cosas.

Porque hay algo curioso que ocurre con los años: cuando éramos jóvenes teníamos ganas de hacer mil cosas, pero muchas veces nos faltaba tiempo. Entre el trabajo, la casa, los hijos, las obligaciones y un montón de historias, siempre había algo que nos hacía dejar nuestros sueños para después.

Y ahora resulta que tenemos un poquito más de tiempo…

¡Y seguimos queriendo hacer mil quinientas! 

Escribimos, cosemos, pintamos, hacemos manualidades, grabamos vídeos, hacemos podcasts, aprendemos cosas nuevas, empezamos proyectos y hasta nos ponemos a discutir con los algoritmos de las redes sociales.

Bueno, discutir no sé si servirá de mucho, pero intentarlo lo intentamos.

Y además hay una cosa que me gusta todavía más.

Ya no tenemos tantas ganas de parecernos a nadie.

A estas alturas de la vida sabemos mejor quiénes somos, qué nos gusta y qué no nos gusta. Ya no necesitamos copiar lo que hace todo el mundo.

Queremos hacerlo a nuestra manera.

Con nuestros defectos, nuestras manías, nuestras ocurrencias y nuestra forma particular de ver la vida.

Porque quizá ese sea uno de los regalos que nos hacen los años: dejamos de intentar gustarle a todo el mundo y empezamos a disfrutar siendo nosotros mismos.

Y eso sí que es libertad.

Yo no quiero ser la más joven.

Ni falta que me hace.

Quiero seguir teniendo curiosidad. Quiero aprender. Quiero escribir cuando me venga una idea. Quiero inventarme una historia, hacer un podcast, preparar una entrada para el blog o levantarme una mañana y pensar: “¿Y ahora qué se me ha ocurrido?”

Y si alguien piensa que después de cierta edad se acaban las ideas, que espere sentado.

Porque quizá no nos estemos quedando sin creatividad.

Quizá lo que estamos haciendo es desatarla.

La creatividad no se jubila por cumplir años.

La creatividad se jubila cuando dejamos de tener ganas.

Y de esas, queridas mías, todavía nos sobran.

Así que venga…

A crear, a inventar, a aprender y a hacer un poco lo que nos salga del moño.

Que para algo tenemos experiencia, imaginación…

¡y todavía mucho por contar!

El Rincón de Amalia 💞



viernes, 28 de agosto de 2026

La compañía silenciosa


Hay días en los que no pasa nada extraordinario.

Y, sin embargo, pasa la vida.

Hoy ha sido uno de esos días sencillos, de los que no salen en ninguna fotografía especial ni tienen una historia espectacular que contar. Nos hemos levantado, nos hemos duchado, he recogido y arreglado la casa y, cuando ya estaba todo más o menos en su sitio, Coco y yo nos hemos ido a dar nuestro paseo.

Hoy ni siquiera hemos parado a tomar nuestro café. Hacía un poquito de viento y la verdad es que no apetecía demasiado quedarse sentados por ahí. Así que paseo, vuelta a casa y a seguir con nuestro día.

Hemos comido tranquilamente, después ha caído una buena siesta, porque una siesta bien hecha también debería considerarse patrimonio de la humanidad, y luego me he puesto a escribir.

Y mientras escribía he pensado en una cosa: qué poco necesitamos algunos días para sentirnos bien.

No ha habido grandes conversaciones, ni visitas, ni planes especiales. No hemos hecho nada que, contado así, parezca extraordinario.

Pero Coco estaba ahí.

Y eso ya cambia las cosas.

Porque hay compañías que no necesitan palabras. Coco no me pregunta cómo estoy, no me da consejos, no me dice que debería hacer esto o aquello. Tampoco me lleva la contraria, que eso ya es una ventaja considerable. 😂

Él simplemente está.

Está cuando me levanto, cuando hago las cosas de la casa, cuando salimos a pasear, cuando descanso y cuando me siento delante del ordenador a escribir.

A veces se tumba cerca de mí y se queda tan tranquilo. O me mira con esos ojitos suyos como si entendiera perfectamente todo lo que pasa por mi cabeza.

Y quizá no entienda nada.

Pero tampoco hace falta.

Hay momentos en los que sentirse acompañado no significa estar hablando continuamente. Significa saber que hay alguien al otro lado del sofá. Alguien que respira, que te mira, que te sigue por la casa y que, aunque no pueda decir una sola palabra, consigue que el silencio no parezca vacío.

Creo que con los años aprendemos a valorar precisamente esas cosas.

Antes quizá pensábamos que para disfrutar había que salir, hacer planes, conocer sitios, tener siempre algo que contar.

Ahora descubres que también puede ser un día maravilloso levantarte, arreglar tu casa, salir a pasear con tu perro, comer tranquilamente, echarte una siesta y sentarte después a escribir unas palabras.

Sin ruido.

Sin prisas.

Sin necesidad de que ocurra nada más.

Porque quizá la felicidad no siempre llega haciendo ruido. A veces se instala despacito en una tarde cualquiera, se tumba a nuestros pies y se queda allí, acompañándonos.

Como Coco.

Y entonces entiendes que esos días que parecen tan sencillos son, muchas veces, los que más paz nos dejan.

Hoy no ha pasado nada especial.

Y qué bien.

Porque hoy simplemente hemos estado juntos.

Y eso, para mí, ya ha sido mucho.



El rincón de Amalia. 💞


jueves, 27 de agosto de 2026

La lluvia y la memoria


A veces la lluvia no viene para mojarte. Viene para hacerte recordar.

Hoy han caído cuatro gotas. Cuatro, ni una más. Porque estamos en verano y aquí el calor no perdona, así que de tormenta de película, nada de nada. Pero ha sido suficiente.

Estaba yo preparando mi café, como cada mañana. Puse mi cápsula en la cafetera, esperé ese pequeño sonido que hace cuando empieza a salir el café y me quedé mirando cómo se llenaba la taza. Le puse la cuchara y empecé a remover despacito. Y entonces pasó. Ese olor del café, mezclándose con el aire fresco que entraba por el balcón, me llevó sin avisar a otro tiempo.

A veces la memoria es así de caprichosa. No necesitas buscar un recuerdo. Basta un olor, una canción, una calle, una taza de café… y de repente estás allí otra vez.

Me acerqué al balcón y miré la calle. Habían caído cuatro gotas y la gente seguía haciendo su vida como si nada. Una señora pasó con sus tirantes y su bolso, porque, claro, estamos en agosto y hacía calor. Otro iba deprisa para no mojarse. Y alguno seguramente estaría pensando: ¡Mira tú, ahora se pone a llover!

Y yo, mientras tanto, allí parada, disfrutando de ese ratito. Porque, aunque hayan sido cuatro gotas, el aire había cambiado. Olía diferente. Olía a tierra mojada, a verano, a recuerdos.

Y me puse a pensar en todas esas pequeñas cosas que se quedan guardadas dentro de nosotros sin que nos demos cuenta. Personas que ya no están. Casas donde fuimos felices. Tardes que parecían normales y que hoy daríamos cualquier cosa por volver a vivir. Conversaciones, risas, cafés compartidos… Momentos sencillos que, cuando pasan los años, descubrimos que eran precisamente los momentos importantes.

Quizá por eso me gusta tanto mirar por el balcón. Porque mientras miro lo que ocurre fuera, muchas veces termino mirando también hacia dentro. Y hoy esas cuatro gotas me han regalado algo que no esperaba: un puñado de recuerdos maravillosos.

Después del café, de los pensamientos bonitos y de ese viaje inesperado por la memoria, tocaba volver a la vida real. Así que nos arreglamos Coco y yo y, en cuanto dejó de llover, nos fuimos a dar nuestro paseo. Porque una cosa es ponerse sentimental mirando por el balcón, y otra muy distinta dejar a Coco sin su paseo. 

Salimos tan contentos, pensando que igual el tiempo nos había dado un respiro. Y sí… nos dio un respiro. Pero de lluvia, poco. Cuando ya volvíamos a casa, empezaron a caer otra vez otras cuatro gotitas. Cuatro. Ni siquiera llegaron a mojarnos. De hecho, creo que ni mojaron el suelo. Y mira que hace falta que llueva…

Pero allí estábamos nosotros, llegando a casa como si hubiéramos atravesado el desierto. Coco con la lengua fuera y yo sudando. ¡Las cuatro gotas no nos mojaron, pero el calor nos dejó hechos un cuadro!

Y entonces pensé: qué curioso es esto de la vida. Una mañana que empezó con un café, cuatro gotas de lluvia y unos cuantos recuerdos, terminó con Coco y yo sudando la gota gorda después de nuestro paseo.

Y quizá eso también sea la felicidad. Tener recuerdos que nos hagan sonreír, disfrutar de un café, poder salir a pasear y volver a casa con nuestro compañero de cuatro patas. Porque al final no necesitamos grandes cosas. A veces basta con un café, un balcón, cuatro gotas de lluvia, un puñado de recuerdos… y alguien con quien salir a caminar.

Hoy la lluvia no me ha mojado. Pero me ha tocado la memoria. Y Coco y yo, aunque hemos vuelto sudando como pollos, hemos disfrutado de nuestro paseo.

Eso también cuenta. Y mucho.

El Rincón de Amalia 🧡






miércoles, 26 de agosto de 2026

La magia de la noche y el silencio que inspira


Hay momentos del día que tienen un brillo especial, pero para mí, el verdadero refugio empieza cuando el mundo baja el volumen. Cuando ya no se oyen coches, las calles descansan y la gente duerme… ahí empieza mi momento favorito.

No soy muy amiga de madrugar, lo reconozco sin complejos, porque la noche me atrapa. Me encanta quedarme despierta hasta tarde, disfrutando de ese silencio tan reparador. Con mi fiel Coco durmiendo plácidamente a mi lado, la casa se convierte en un pequeño refugio de paz.

Es en esas horas tranquilas cuando me siento a escribir. A veces cojo el portátil para avanzar con mis proyectos, pero confieso que me pierde el papel: tener mi libreta entre las manos, coger un bolígrafo y dejar que los pensamientos vayan saliendo, uno detrás de otro. Escribo historias, preparo el podcast o, simplemente, dejo volar la imaginación.

La vida ya nos trae suficientes nubes como para no buscarle siempre un rayo de sol. Por eso, mis noches no son de melancolía, sino de creación, de ilusión y de disfrutar de este ratito de calma que tanto necesito.

Porque al final, los mejores momentos no siempre son los más grandes. A veces son simplemente estos: una casa en silencio, Coco durmiendo a mi lado, una libreta sobre la mesa y yo dejando que las palabras hagan de las suyas.

Y mientras escribo, sonrío y pienso que todavía quedan muchas historias por contar.

¡Buenas noches a todos! 🌙✨

El Rincón de Amalia



Hoy también es un regalo


Esta mañana hemos salido con Juanita y Antonia a comer churros. Por supuesto Coco venía con nosotras. Yo, que últimamente estoy intentando cuidarme un poquito más, hoy me he tomado mi chocolate y, oye, ¡qué rico estaba! 😂

Hemos estado un buen ratito juntas, charlando y disfrutando de la mañana. Al principio hacía una temperatura estupenda y se estaba de maravilla. Después empezó a apretar el calor y ya aquello no era lo mismo, así que cada una para su casita, que tampoco estamos para hacer heroicidades. 

Antes de llegar a casa he aprovechado para comprar unos higos y unos ajos, porque ya no me quedaban para hacerme mi ajo con miel. Y así, entre churros, chocolate, compras y calor, ha transcurrido una mañana de lo más normal.

A veces creemos que para ser felices necesitamos que nos pasen grandes cosas. Que llegue algo extraordinario, que cambie nuestra vida, que ocurra aquello que llevamos tanto tiempo esperando…

Y quizá se nos olvida que abrir los ojos por la mañana ya es un regalo.

Poder respirar profundamente. Salir a la calle. Encontrarnos con alguien que queremos. Sentarnos a tomar un chocolate y reírnos un rato. Comprar unos higos. Prepararnos en casa aquello que nos gusta. Tener a alguien a quien llamar. Poder decir «te quiero». Poder abrazar.

Son cosas pequeñas, sí.

Pero cuando aprendemos a mirar la vida de otra manera, descubrimos que esas cosas pequeñas son, muchas veces, las más grandes.

Por eso hoy quiero dar las gracias.

Gracias, Dios, por este nuevo amanecer.
Gracias por regalarme un día más.
Gracias por mi vida, por mi gente y por todos esos pequeños momentos que todavía puedo disfrutar.

Hoy no quiero pedir demasiado.

Hoy quiero agradecer.

Agradecer por lo que tengo, por lo que vivo y también por aquello que todavía está por llegar.

Porque cada día trae consigo una nueva oportunidad: para aprender, para sonreír, para corregir nuestros errores, para querer, para disfrutar y para volver a empezar.

Y aunque algunos días sean más difíciles que otros, mientras podamos abrir los ojos y decir «aquí estoy», todavía tenemos un motivo para sonreír.

Que tengamos el corazón tranquilo, los brazos preparados para abrazar y el alma llena de gratitud.

Gracias, Dios.
Gracias, vida.

Hoy también es un regalo. ❤️

Buenos días para todos, aunque ya sea un poquito tarde.

Y que sepamos disfrutar de esos pequeños milagros que ocurren todos los días… porque muchas veces la felicidad está justamente ahí, delante de nuestras narices, y ni siquiera nos damos cuenta.

El Rincón de Amalia 🧡



A estas alturas, yo elijo la paz


A mí no me gusta enfadarme. La verdad es que me cuesta bastante que alguien me saque de mis casillas. Y no porque sea una santa, ¿eh? ¡No os emocionéis! 

Es que me da una pereza tremenda.

Yo pienso: ¿para qué me voy a enfadar? Si me enfado, después tengo que desenfadarme… ¡y menudo trabajo más tonto!

Primero te alteras, después haces tus corajes, luego tienes que respirar hondo, tranquilizarte, tomarte un café y volver a ser persona…

¡Pues no! ¡Qué necesidad! 

A mis 66 años he aprendido que mi tiempo vale demasiado como para gastarlo en discusiones absurdas.

Porque hay discusiones que empiezan con:

—Yo te voy a decir una cosa…

Y cuando quieres darte cuenta llevas dos horas discutiendo y ya ni sabes de qué demonios estabas hablando.

Pues conmigo que no cuenten.

Yo ya estoy en otra etapa de mi vida.

Quiero vivir, reírme, tomarme mi café tranquila, salir a pasear, disfrutar de Coco, escribir mis cosas, hacer mis labores, escuchar música, cotillear un poquito, porque tampoco vamos a perder las buenas costumbres, y disfrutar de todo lo bonito que me vaya poniendo la vida por delante.

¿Que alguien quiere discutir conmigo?

Pues que discuta.

Pero solito.

¿Que alguien quiere provocarme?

Que espere sentado, porque yo estoy demasiado ocupada viviendo mi vida. 

Y además hay otra cosa…

Yo no entro en discusiones porque existe la posibilidad de que la otra persona tenga razón.

¡Y a mí no me gusta perder! 

Así que, por si acaso, mejor ni empezamos.

A estas alturas ya sé que no todas las batallas merecen que una se meta en ellas.

Hay discusiones que puedes ganar y, cuando terminas, tienes el hígado hecho polvo, la tensión por las nubes y una cara que no te la arregla ni una mascarilla de pepino.

Pues mira...

Yo paso.

Yo prefiero mi paz.

Porque he llegado a una edad en la que ya no necesito demostrarle nada a nadie.

Si alguien piensa diferente, estupendo.

Si alguien no me entiende, tampoco pasa nada.

Si alguien quiere tener la última palabra, se la regalo.

¡Que se la quede!

Yo me quedo con mi tranquilidad.

Porque ganar una discusión te puede dar satisfacción durante cinco minutos.

Pero estar en paz contigo misma te puede alegrar el día entero.

Y entre tener la última palabra y tener mi café calentito…

¡PERDÓNAME, PERO YO ME QUEDO CON EL CAFÉ! 

Así que ya lo sabéis.

A mis 66 años,  con unas cuantas lecciones aprendidas por el camino, tengo clarísimo lo que quiero:

Vivir. Reír. Disfrutar. Querer a quien quiero. Y no perder el tiempo enfadándome.

La vida ya me ha enseñado bastante como para saber que la paz no tiene precio.

Y si para conservarla tengo que perder una discusión…

Pues mira tú qué problema.

Igual sigo ganando. 

Aunque, pensándolo bien…

¡Mejor ni discutimos!

No vaya a ser que alguna de los dos salga perdiendo. 

El Rincón de Amalia 🧡



martes, 25 de agosto de 2026

Sí, soy un poquito cotilla. ¿Y qué?


Lo voy a reconocer públicamente porque, a estas alturas de mi vida, ya no estoy para andar escondiendo mis defectos.

Soy un poquito cotilla. 😂

Bueno… un poquito bastante.

Pero quiero aclarar una cosa: yo no me meto en la vida de nadie.

¡Yo simplemente me entero! 

Que no es lo mismo.

Yo puedo estar tranquilamente en mi casa, haciendo mis cosas, tomando mi café o con Coco tumbado por ahí, y de repente escucho:

—¡AAAAAAAAH!

Y automáticamente mis orejas hacen así:

—Uy… ¿qué habrá pasado?

Porque una puede querer vivir en paz, no discutir con nadie y conservar su tranquilidad…

¡Pero tampoco vamos a vivir de espaldas a la actualidad del barrio! 

Y luego está el sonido de una sirena.

Ahí ya cambia el asunto.

Yo puedo estar tranquilísima y escuchar:

—Nino, nino, nino…

Y pienso:

“Bueno, bueno… aquí hay tema.”

No es que yo vaya corriendo detrás del coche de policía, ¡faltaría más!

Yo observo.

Yo escucho.

Yo saco mis propias conclusiones.

Yo hago un poquito de investigación desde mi posición estratégica.

Vamos, lo que viene siendo periodismo de investigación de andar por casa. 

Y por qué no decirlo: cuando aparece la policía, a una también le entra una alegría. Porque ver a esos hombres jóvenes, con su uniforme, tan tiesos y tan atléticos… ¡pues oye, que también es un regalo para los ojos!  Una será cotilla, pero tonta no.

Y si además veo movimiento de vecinos, una puerta que se abre, alguien que baja las escaleras con cara de preocupación…

Pues mira, ya tenemos capítulo nuevo.

Porque yo soy del Comando Cotilla.

Pero del Comando Cotilla de buen corazón, ¿eh?

Aquí no se inventan historias, no se hace daño a nadie y no se va contando la vida de los demás.

Aquí simplemente se observa.

Y si después hay información disponible…

Pues una la escucha. 

A mí me gusta un poquito el salseo, para qué voy a mentir.

Porque también os digo una cosa:

Una vida completamente tranquila está muy bien.

Pero de vez en cuando un poquito de movimiento le da alegría al barrio.

Eso sí: que discutan otros.

Yo ya he dicho que no estoy para perder mi paz.

Yo prefiero estar en mi casa, con mi café, mirando de reojo y pensando:

—“Madre mía… ¿qué estará pasando ahí?” 👀☕

Y si no pasa nada…

Pues estupendo.

Mejor para todos.

Pero si pasa algo…

¡Que nadie se preocupe, que Amalia está al loro! 

Así que sí.

Lo reconozco.

Tengo 66 años, muchas ganas de vivir, pocas ganas de discutir…y un poquito de curiosidad por la vida ajena.

¡Qué le vamos a hacer!

Soy del Comando Cotilla y no pienso dimitir. 😂

El Rincón de Amalia



¿Quién ha dicho que la creatividad se jubila?

Esta mañana, después de salir a pasear con Coco, tirar la basura y hacer todas esas cosas maravillosas que forman parte de la vida de una mu...