El blog de Alma Buendía Soleado

lunes, 27 de julio de 2026

¿Sabes una cosa?


Hay quien dice que hablar sola es señal de que una se está haciendo mayor. Pues mira, yo no estoy de acuerdo.

Yo creo que, cuando pasas de los sesenta, simplemente descubres que tienes muchas personas con las que seguir hablando... aunque algunas ya no estén sentadas a tu lado.

Y sí, yo hablo sola muchas veces. ¿Y qué?

Paso muchas horas en casa, porque con este calor donde mejor se está es en casa. Le hablo a Coco, que me escucha con una paciencia infinita, aunque a veces me mire con esa cara de "esta ya está otra vez hablando sola". Y cuando el ordenador decide llevarme la contraria y no me sale algo, se me escapa un: "¡Coño! ¿Por qué narices no sale esto?". Luego resoplo, me río de mí misma y vuelvo a intentarlo.

Antes quizá me habría dado vergüenza reconocerlo. Ahora no. Hablar sola no significa estar loca. A veces significa que necesitas ordenar las ideas, desahogarte o simplemente echar una conversación con la única persona que siempre está contigo.

A veces estoy doblando la ropa, fregando los platos o preparando un café y, sin darme cuenta, empiezo a hablar con la Amalia de veinte años. La veo con tantas prisas, queriendo que todo saliera bien y pensando que el mundo se acababa si algo no salía como ella esperaba.

Y me entran unas ganas enormes de darle un abrazo y decirle:

—Tranquila, mujer. No corras tanto. Vas a perder momentos preciosos preocupándote por cosas que, al final, ni siquiera llegarán a pasar.

Otras veces hablo con la Amalia que seré dentro de diez o quince años. Seguro que tendrá más canas, alguna arruga más... y un café calentito entre las manos. Siempre le hago la misma pregunta:

—¿Qué me queda por aprender?

Y me sonríe con esa tranquilidad que solo dan los años y me contesta:

—Deja de pedir permiso para ser feliz. Vive. Así, sin más.

También converso con mis recuerdos. Con la cocina de mi madre, con las risas de la familia cuando la casa se llenaba sin avisar, con las personas que tanto he querido y que ya no están, pero que siguen encontrando el camino para volver de vez en cuando a mi corazón.

Hay días en los que hasta sonrío yo sola al recordar una escena, una frase o una trastada de las de antes. Otras veces se me escapa alguna lágrima. Pero ya no son lágrimas de esas que te rompen por dentro. Son lágrimas de agradecimiento, porque tuve la suerte de vivir todo aquello.

Y he descubierto una cosa.

Con los años, las conversaciones más importantes dejan de ser las que tenemos con los demás. Las más importantes son las que mantenemos con nosotros mismos.

Porque llega un momento en que ya no te preocupa tanto lo que piense la gente. Lo que de verdad importa es poder mirarte al espejo y decir: "He vivido. He querido. He llorado. He reído. Y, a pesar de todo, sigo aquí."

Y eso, para mí, es uno de los regalos más bonitos de cumplir años.

Poder recordar sin que siempre duela. Sonreír al pensar en quienes formaron parte de nuestra vida. Dar gracias por todo lo vivido, incluso por lo difícil.

Porque, al fin y al cabo, los recuerdos no están para hacernos llorar. Están para recordarnos la suerte que tuvimos de haber vivido esos momentos.

Y si un día alguien me oye hablando sola, que piense lo que quiera. Yo sé perfectamente con quién estoy conversando. Con la mujer que fui, con la que soy, con la que aún me queda por ser... y con todos esos recuerdos que siguen haciéndome compañía.

Y la verdad... no me siento sola. Me siento muy afortunada de tener una vida tan llena de historias que todavía merecen ser contadas.

"Mientras Dios me dé un nuevo amanecer, seguiré teniendo motivos para sonreír."



Empieza la orquesta... ¡y que nos quiten lo bailao!

Mujeres… necesito saber si soy la única o si ya estamos todas apuntadas al mismo club de fans del ibuprofeno.

Porque mira tú, últimamente mi cuerpo tiene más opiniones y reparos que un concejal en época de elecciones. Me levanto de la cama y la rodilla hace “¡clac!”. La espalda responde “¡croc!”. El hombro dice “espérate un momentito, que no he cogido postura”… y cuando por fin consigo enderezarme, ya he metido más ruido que todo el vencindario  entero bajando a por el pan.

Lo curioso es que ya ni me espanto. Lo que de verdad me da un vuelco al corazón es cuando un día me levanto tan campante… ¡y no me duele nada! Ahí sí que pienso: “A ver, Virgen del Carmen... ¿seguiré por aquí o ya me he marchado al otro barrio?”.

Y ya ni hablemos de agacharse a recoger algo del suelo. Una se agacha por un maldito calcetín y, ya puestas a estar abajo, aprovecha para quitar una pelusa, mirar debajo de la cómoda, saludar al suelo y encomendarse a todos los santos, porque sabe Dios cuándo volverá a ver las alturas.

Y luego están los ruidos misteriosos. Ya no sé si lo que ha crujido al moverme ha sido mi hombro, la cadera o el aparador de la entrada.

Aquí ni hace falta mirar la aplicación del tiempo en el móvil. Mis huesos son más exactos que el hombre del tiempo de la tele. Si empieza a dolerme la rabadilla, ya puedo sacar el paraguas. Si me tira la espalda, mejor ni tiendo la ropa porque fijo que cae la mundial.

Y las gafas... ¡Ay, madre mía con las gafas! Me las paso buscando por toda la casa mientras las llevo colgadas del cuello o en la mismísima coronilla. Luego cojo el teléfono para llamar a una amiga y al segundo me quedo mirando la pantalla pensando: “Mecachis... ¿yo para qué puñetas había cogido el cacharro este?”.

Pero ¿saben qué es lo mejor de todo este cuadro?

Que nos seguimos riendo con un dolor de muelas. Seguimos quedando para tomar un café, seguimos haciendo planes, saliendo por ahí, y seguimos creyendo que una buena tostada con aceite y tomate arregla casi cualquier descosido... aunque luego nos tengamos que tomar la pastilla para el ardor de estómago y vigilar el colesterol.

Así que levanten la mano todas las que al levantarse hacen más música que una murga de pueblo... aunque luego ni sepan si fue la rodilla, el hombro o el alma que se está acomodando para seguir dando guerra.

Porque después de los 60, el cuerpo cruje por los cuatro costados, ¡pero el corazón sabe reír con muchísima más fuerza!



domingo, 26 de julio de 2026

Huelga doméstica en el hogar 😎


Hoy he decidido declararme en huelga doméstica, pero de las buenas, de las que se hacen con clase, café caliente y Coco de testigo. 🐩☕

Nada de ollas, ni trapos, ni escobas, ni lavadoras que me miren con cara de “me toca a mí”.
Hoy la casa va por libre… y si se quiere limpiar, que se limpie sola.
Yo estoy muy ocupada cumpliendo tareas de máxima prioridad: ver series, mirar el horizonte, acariciar a Coco y revisar el móvil como si fuera una misión secreta.

Porque a veces una se pasa la vida en “modo ya voy, ya voy”...
¡Pues hoy no voy!
Ni al fregadero, ni al tendedero, ni al cajón de los calcetines desaparecidos.
Hoy voy de mí a mí, con escala en el sofá.

Coco me mira con esa carita de “¿seguro que no hay paseo?” y yo le digo:
Hoy, solo si es para presumir de que no hemos hecho nada.
Y me parece que él está completamente de acuerdo.

He puesto el móvil en silencio, el alma en paz y la sonrisa en marcha.
Y si alguien toca la puerta, que espere: aquí se está celebrando el Festival Internacional del No Hacer Nada, edición especial “Amalia y Coco 2026”. 🏆

Así que sí: me quedo en huelga doméstica.
El mando, el termo, el sofá y yo.
Y Coco, claro, supervisando desde su rincón, con cara de “esto sí que es vida”. 🐾

Un domingo glorioso y sin remordimientos.
Porque limpiar puede esperar,
¡pero vivir, reír y vaguear con estilo, eso no se pospone!

Y al que no le guste… que venga y me barra la terraza.




Mil gracias por tu cariño y por cada visita!

Si te gusta lo que escribo, puedes invitarme a un café haciendo clip aquí https://buymeacoffee.com/elrincondeamalia



sábado, 25 de julio de 2026

"La sabiduría de una taza de café"

Esta mañana me he preparado mi café de siempre. Me he sentado junto a la ventana mientras Coco se acomodaba a mis pies, esperando, como cada día, que terminara para salir a dar nuestro paseo.

He dado el primer sorbo y he pensado:

—Qué deprisa pasa la vida...

No sé si ha sido mi imaginación, pero, por un momento, he sentido que mi taza quería decirme algo.

—Amalia, ¿te has dado cuenta de que cada mañana me llenas de café, pero también de tus pensamientos? Aquí me hablas de tus alegrías, de tus miedos, de las personas que echas de menos, de Borja,  de los sueños que todavía guardas y de los que ya has conseguido cumplir.

He sonreído.

Era verdad. Muchas veces, antes de empezar el día, mi café es el primero que escucha todo lo que llevo dentro.

La taza continuó:

—A veces dices que estás sola, pero nunca lo estás del todo. Mira a tus pies.

Bajé la vista y allí estaba Coco, mirándome con esos ojitos que parecen entenderlo todo.

—Él depende de ti. No le importa cómo tengas el ánimo, ni si has dormido bien o si el día amanece gris. Para él eres su mundo. Gracias a él te levantas, sales a pasear, sonríes cuando hace alguna travesura y encuentras motivos para seguir adelante.

Le acaricié la cabeza y movió la cola, como si también quisiera participar en aquella conversación.

—Y no olvides otra cosa, me dijo la taza, hace un tiempo soñabas con escribir un libro y hoy ese sueño ya es una realidad. También soñabas con escribir canciones, grabar un pódcast y compartir tus historias para que pudieran ayudar a otras personas. Poco a poco, sin hacer ruido, has ido cumpliendo sueños que un día parecían imposibles.

Me quedé pensativa.

Es verdad que la vida me ha puesto pruebas muy difíciles. He llorado, he sentido miedo y muchas veces he pensado que no tendría fuerzas para seguir. Pero, cuando miro atrás, me doy cuenta de que siempre he encontrado un motivo para levantarme una vez más.

Entonces la taza me regaló su último consejo.

—No mires solo lo que has perdido. Mira todo lo que has construido con las manos y con el corazón. Cada arruga cuenta una historia. Cada cicatriz habla de una batalla superada. Y cada nuevo amanecer te recuerda que todavía quedan páginas por escribir, canciones por cantar y abrazos por dar.

Apuré el último sorbo del café.

Miré a Coco, que ya esperaba impaciente junto a la puerta porque sabía que tocaba salir.

Sonreí.

Quizá las tazas no hablen.

O quizá sí.

Quizá Dios, la vida o el corazón encuentran las palabras más sencillas para recordarnos que no podemos rendirnos, porque siempre hay alguien que nos necesita, un sueño por cumplir y un nuevo día esperándonos al otro lado de una taza de café.





Estar sola es divertido


Nunca me imaginé que estar sola pudiera ser tan… divertido.
Siempre me dijeron que la soledad era un castigo silencioso, una especie de cárcel con paredes que escuchan tus suspiros y tazas de café frías que nadie va a calentar por ti. Me repetían que quien está sola es porque algo le faltó o porque alguien no la quiso lo suficiente. ¡Menuda tontería!

Hasta que un día, no sé si fue el lunes o un martes cualquiera, me topé conmigo misma en medio del silencio, y descubrí que allí había un espacio que nadie me había contado: un lugar donde puedo respirar tranquila, sin que nadie me apure ni me corte las historias que me invento. Y entonces comprendí: estar sola no es estar incompleta, es estar… perfecta tal como soy.

Estar sola es desayunar cuando me apetece, bailar con la escoba como si fuera Fred Astaire, reírme de mis propios pensamientos y hablar con las plantas sin miedo a que me juzguen. Es mirar la luna mientras pienso en tonterías, sin que nadie me diga “apaga la luz que es tarde”.

En la soledad descubrí mi voz verdadera, la que se escondía entre el ruido de todo el mundo. La abracé, celebré mis cicatrices, mis pequeñas victorias, y hasta aprendí a darme abrazos que ni la almohada me daba.

Estar sola no significa estar vacía; significa estar llena de risas que suenan libres, de recuerdos que me hacen sonreír, de sueños que guardo con cariño y hasta de lágrimas que caen sin drama. La soledad es un regalo disfrazado, y ahora la defiendo como mi tesoro más preciado.

Porque aprendí algo que nadie me había contado: quien no sabe estar sola, difícilmente sabrá disfrutar de alguien más.
Y yo, por fin, me encontré… conmigo misma.



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viernes, 24 de julio de 2026

Un nuevo día para disfrutarlo


Cada amaner, antes incluso de abrir bien los ojos, siento como si Dios me susurrara:

“Venga, hija… aquí tienes un día nuevo para disfrutarlo.”

Y yo, todavía entre sueño y sueño, le doy las gracias de corazón, porque cada mañana que Él me regala es un regalo único.

Me incorporo despacito, y ahí está Coco, mi pequeño guardián de cuatro patitas, mirándome como diciendo: “Venga, que aquí estoy contigo.”
Y pienso en Borja, tan lejos, a tantos kilómetros… pero fuerte, sano y cumpliendo su camino.
Y eso me serena el alma.

Mientras me arreglo, siento como si la vida me recordara:

“No pierdas la ilusión, Amalia, que aún te quedan momentos preciosos por delante.”

Y entonces sonrío, aunque sea un poquito, porque sé que es verdad.
Cada día tengo motivos para agradecer: a Dios por despertarme, por Coco por acompañarme y a mi hijo por seguir adelante, aunque esté lejos.

Mientras Dios me dé una mañana más, yo seguiré caminando con fe, con agradecimiento y con esa alegría mía que, aunque a veces se esconda, siempre vuelve a salir.

 


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jueves, 23 de julio de 2026

Los días sencillos también cuentan


Hay días en los que me siento delante del ordenador y pienso: ¿Qué voy a escribir hoy?. Parece que no ha pasado nada especial. No ha habido grandes noticias, ni viajes, ni acontecimientos importantes. Solo un día más.

Pero, si me paro a pensarlo, descubro que sí han pasado muchas cosas.

He salido a pasear con Coco antes de que el calor se adueñara de las calles. He hecho unos recados, he saludado a personas conocidas y, al volver a casa, me he preparado un café con hielo para refrescarme. Después, la tranquilidad de siempre. Un día sencillo, de esos que parecen no tener nada extraordinario.

Y, sin embargo, son esos días los que forman nuestra vida.

A veces esperamos que ocurra algo grande para sentirnos felices, cuando la felicidad suele esconderse en los pequeños detalles: una conversación amable, un pan recién hecho, la sombra de un árbol, una llamada de alguien a quien queremos o el cariño silencioso de un perro que descansa a nuestros pies.

También hay momentos para dar gracias. Gracias por tener un hogar, por poder salir a caminar, por seguir adelante un día más y por descubrir que la paz también tiene su sitio en la rutina.

No todos los días tienen que ser inolvidables. Los días tranquilos también tienen su belleza. Nos permiten respirar, descansar y valorar todo aquello que muchas veces pasa desapercibido.

Hoy no quería dejar el blog en silencio. Quería recordaros, y recordarme a mí misma, que la vida no siempre necesita grandes historias para ser bonita.

Porque, al final, siempre hay un motivo para sonreír.

Os deseo un día lleno de paz y de pequeños momentos que os hagan felices.


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¿Sabes una cosa?

Hay quien dice que hablar sola es señal de que una se está haciendo mayor. Pues mira, yo no estoy de acuerdo. Yo creo que, cuando pasas de l...