El blog de Alma Buendía Soleado

miércoles, 20 de mayo de 2026

Los salmos que me acompañan


Hay palabras que no solo se leen… se sienten.
Palabras que, sin darte cuenta, se quedan dentro y te acompañan en los días buenos y en los días en los que el alma necesita un poco más de calma.

Para mí, los salmos son así. No los conozco todos, ni mucho menos, pero los que he ido descubriendo a lo largo del tiempo han sido como pequeñas luces en mi camino.

 No hablan de una vida perfecta, sino de una vida real: con miedo, con esperanza, con búsqueda… y con una confianza muy profunda en que nunca estamos del todo solos.

He querido llevar algunos de esos salmos a la música, de una forma sencilla, humana, para que puedan llegar al corazón de cualquiera, incluso de quien nunca ha abierto la Biblia.

Porque a veces una canción abraza donde las palabras no llegan.

Hoy comparto dos de ellas:

🎶 “Tú eres mi luz”, inspirada en el  Salmo 27

“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”

🎶 “El Señor es mi pastor”, inspirada en el  Salmo 23

“El Señor es mi pastor, nada me falta…”

Son canciones nacidas desde la sencillez, con alma de blues y gospel, pensadas para acompañar, calmar y recordar que la luz siempre encuentra la manera de volver.

Si estas canciones te llegan, aunque sea un poquito, entonces ya han cumplido su propósito.

🤍 El alma siempre encuentra su camino de vuelta a la luz, aunque a veces tarde en recordarlo.



miércoles, 13 de mayo de 2026

Mis nuevas compañeras de piso

Hoy he ido a por tierra… y he vuelto con dos “secuestrados” verdes 🌿😄

Hoy mi misión era muy clara: ir a comprar tierra para trasplantar unas orquídeas. Una tarea sencilla, seria, de persona organizada. Vamos, nada peligroso.

ERROR.

Porque yo entro a una tienda de plantas y salgo siendo otra persona. Es como si las plantas tuvieran un imán especial conmigo. O yo con ellas. O una conspiración vegetal, todavía no lo tengo claro.

El caso es que allí estaban: una tomatera cherry y un calanchoe amarillo que me miraban con cara de “Amalia… llévanos contigo, aquí no somos felices”.

Y claro… yo qué hago. ¿Hago como que no las he visto? ¿Finjo que no me hablan? Imposible.

Yo soy de las que piensa: si una planta quiere venirse conmigo, yo no soy nadie para decirle que no. Bastante dura es la vida ya como para dejar a alguien (aunque tenga hojas) con las ilusiones rotas.

Así que entré por tierra… y salí con tierra y dos nuevas inquilinas.

Ahora en mi casa hay una tomatera cherry que probablemente acabe dándome más tomates que yo paciencia… y un calanchoe amarillo que parece un pequeño sol en maceta diciendo “hola, he venido a iluminarte el salón”.

Y Coco… bueno, Coco ha pasado por al lado, ha olfateado un segundo y ha seguido su camino como diciendo:
“esto no es asunto mío”. Sin emoción. Sin juicio. Sin participación. Muy profesional él.

Conclusión del día: yo no compro plantas. Las adopto emocionalmente bajo presión vegetal.

Y sinceramente… no me arrepiento nada 



martes, 12 de mayo de 2026

A mis 66 años, ¡el aprendizaje no se jubila!

¡Hola a todos! Hoy escribo estas líneas con una sonrisa de oreja a oreja y el corazón contento. Como ya sabéis los que me seguís, soy una curiosa por naturaleza. Desde que nací, no he podido evitar querer saber el "porqué" de las cosas, investigar y meterme en todos los charcos que me llamen la atención.

Hoy me he demostrado a mí misma que esa chispa sigue más viva que nunca. A mis 66 años, me he liado la manta a la cabeza y he hecho un curso de Inteligencia Artificial. Sí, ¡IA! Algo que parece de ciencia ficción, pero que a mí me tenía intrigada. Me he presentado al examen y... ¡he sacado un 8!

Me da mucha rabia cuando escucho que, al llegar a la jubilación, parece que ya tenemos la "vida hecha" y que ya no servimos para aprender cosas nuevas. ¡Qué equivocados están! Precisamente ahora es cuando más tiempo y libertad tenemos. Yo no trabajo, pero os aseguro que no paro de crear: compongo mis canciones con mensajes positivos y ahora entiendo un poquito mejor cómo funciona este mundo digital que nos rodea.

Acompañando estas palabras podéis ver la foto de mi diploma (me lo han enviado hace nada). Ese ocho significa mucho para mí; significa que:

  • Mi cerebro sigue en plena forma y listo para nuevos retos.

  • No hay que tenerle miedo a la tecnología, por muy moderna que parezca.

  • La ilusión es el mejor motor para levantarse cada mañana con ganas.

  • A los sesenta y tantos todavía nos queda mucha tela que cortar y mucho por investigar.

Estar aquí con mi perro Coco, disfrutando de la tranquilidad de mi hogar y superando estos retos, me hace sentir muy viva. No dejéis nunca que nadie os diga que sois "mayores" para algo. La edad es solo un número, pero la curiosidad es eterna.




domingo, 10 de mayo de 2026

Un sábado gris… y absolutamente feliz

Hoy el día amaneció gris, de esos días en los que miras al cielo y piensas: “Uy… hoy acabamos pasados por agua”.
Y sí, cuando íbamos camino de la casa donde habíamos quedado para comer el cochinillo, empezaron a caer cuatro gotitas. Como la comida era en una terraza descubierta, ya nos mirábamos unos a otros pensando:

—Ya verás… hoy acabamos todos metidos dentro de la casa.

Pero no.
El tiempo nos regaló una tregua maravillosa y nos dejó disfrutar de la comida tranquilamente.

Y qué comida…

El cochinillo estaba espectacular. En su punto. Crujiente por fuera, tierno por dentro y acompañado de unas patatas buenísimas. De esos platos que hacen fiesta solo con verlos llegar a la mesa.

Eso sí… cuando apareció el cochinillo entero, con su cabecita y su manzana en la boca, nos dio una pena tremenda. Nadie quería partirlo. Nos quedamos todos mirando, como esperando que alguien se animara. Al final, una amiga cogió valor y empezó a cortarlo casi con lágrimas en los ojos, porque le daba muchísima pena.

Antes del gran momento habíamos hecho un vermutito, y después acompañamos el cochinillo con un vinito. Y para rematar… un tiramisú delicioso.

Y cuando parecía que el día ya no podía ser más bonito… empezó la lluvia de verdad.

Allí nos quedamos todos debajo de un toldo, esperando a ver si paraba. Y claro… mientras esperábamos, cayó el mojito de despedida, porque nuestras fiestas siempre terminan con mojito.

Pero la lluvia no tenía intención de marcharse, así que hicimos “un pensamiento”, recogimos las cosas y cada uno volvió a su casa a descansar y echar la siesta.

Y Coco… ay, Coco.

Yo llevaba su comida húmeda preparada, porque no quería que le dieran cochinillo. Pero claro, Coco es el niño mimado de todos. Uno le daba un trocito, otro otro poquito… y yo diciendo:

—Después, si se pone malo, las consecuencias para mí.

Pero nada. Aquí está ahora mismo, feliz de la vida, subiendo y bajando del sofá, jugando como si todavía siguiera de fiesta.

Y yo ya estoy con el pijama puesto, tranquila, feliz y agradecida.

Porque al final, la felicidad muchas veces no está en las grandes cosas. Está en un día sencillo, en una mesa compartida, en una tarde de lluvia, en un mojito bajo un toldo y en la compañía de personas maravillosas.

Personas que no son familia de sangre… pero sí familia del alma.

Y ahora sí… Coco y yo nos vamos a dormir soñando con los angelitos, después de un día gris… pero absolutamente feliz.



viernes, 8 de mayo de 2026

“Tenemos miedo… pero también tenemos corazón”

Estos días estamos viendo en las noticias algo que nos remueve por dentro.
Un crucero donde varias personas han enfermado por un virus y ahora muchos pasajeros esperan poder volver a sus países.

Y aunque los expertos dicen que el riesgo para la población es bajo y que la situación está controlada, es normal que mucha gente tenga miedo. Porque todos recordamos lo que vivimos hace unos años. El COVID nos cambió la vida. Nos encerró en casa, nos puso mascarillas, nos separó de abrazos, de familias, de despedidas y de momentos que nunca volverán.

Por eso, cuando escuchamos noticias así, el corazón se encoge un poco.

Pero también pienso una cosa: las personas que están en ese barco son seres humanos. Son personas que seguramente subieron con ilusión, con ganas de viajar, de disfrutar de la vida, y ahora estarán asustadas, preocupadas y deseando volver a casa sanas.

Y yo no puedo mirar eso sin sentir empatía.

Porque si yo estuviera allí, también querría que me cuidaran.
También necesitaría médicos, ayuda y humanidad.

Creo que podemos sentir las dos cosas al mismo tiempo: prudencia y compasión.
Miedo y empatía.
Precaución y humanidad.

Ojalá todo quede en un susto controlado y la ciencia siga haciendo su trabajo para protegernos. Y ojalá nunca olvidemos algo importante: detrás de cada noticia hay personas, familias y corazones latiendo igual que el nuestro.



jueves, 7 de mayo de 2026

Aún queda gente buena


Hoy me he levantado muy temprano.

Me he duchado, me he arreglado y le he dado el desayuno a mi querido Coco. Después lo he llevado a casa de sus tiets, Blanca y Toni, que lo adoran y lo cuidan como a un rey. Y yo… con mi ilusión,  he puesto rumbo a Barcelona.

Hoy era el día de colaborar contra el cáncer.

He cogido el tren llena de ganas, pensando en toda la gente a la que esta enfermedad le ha cambiado la vida. Cuando he llegado a Barcelona y he salido de la estación, el cielo estaba negro, negro… parecía que iba a caer el diluvio universal. Y yo pensando: “Ay, Amalia… ¡y sin paraguas!”

Pero seguí adelante.

Recogí mi hucha, mi dorsal y me puse manos a la obra. Desde las nueve y media hasta las tres de la tarde he estado caminando, hablando con gente, sonriendo, poniendo pegatinas y diciendo una y otra vez:

—“Buenos días, ¿quiere colaborar con el cáncer?”

Y ahí he visto de todo.

Personas maravillosas que, con poquito, daban mucho.
Y otras que ni siquiera me miraban.

Y duele un poco, no voy a mentir. Porque yo no pedía para mí. Pedía para ayudar. Y a veces un simple “no, gracias” ya sería suficiente. Pero bueno… también he aprendido hoy que no hay que quedarse con los desaboridos de la vida.

Hay que quedarse con la gente buena.

Con la señora que se paró a contarme cómo el cáncer se llevó a su madre, a su hermana y a su sobrina. Necesitaba hablar… y yo la escuché.

Con el señor mayor del bastón, que me dijo que tenía una paga pequeña, pero aun así colaboró y me deseó suerte. Nos dimos la mano y sentí una ternura enorme.

Con cada persona que aportó unas monedas.
Con cada mirada amable.
Con cada “gracias por estar aquí”.

Y al final, el sol salió.

Como si el día quisiera decirme algo.

He caminado diez kilómetros hoy. ¡Diez! Cuando normalmente hago dos. Estoy cansadísima, no te voy a engañar. Pero feliz. Muy feliz.

Después he devuelto mi hucha, me he despedido de las otras voluntarias y he vuelto a casa. He recogido a Coco, que se lo había pasado maravillosamente bien con sus tiets Blanca y Toni, y les llevé un detallito porque las personas que cuidan con amor también merecen cariño.

Y ahora, mientras escribo esto, Coco y yo estamos en casa descansando.

Cansados.
Pero felices.

Porque hoy he confirmado algo que quiero recordar siempre:

A pesar de los prepotentes, de los que no miran, de los que pasan de largo… aún queda gente empática, colaboradora y buena.

Y gracias a Dios… todavía son muchos. 💛




domingo, 3 de mayo de 2026

Las madres nunca se van del todo


Hay algo que una entiende con el tiempo, con la vida, con los años… y es que las madres no se sustituyen. No hay nadie como ellas. No hay otra voz igual, ni otra forma de mirar, ni otra manera de estar en el mundo.

Mi madre era una mujer especial. De esas que parecen pequeñas cosas, pero lo son todo. Era presumida, sí… incluso para fregar las escaleras se ponía tacones y se arreglaba un poco, como si la vida siempre mereciera elegancia. En casa iba con su bata, cómoda, sencilla, pero en la calle siempre estaba impecable. Era así: cuidaba los detalles, pero sobre todo cuidaba a los demás.

Y era buena. Muy buena. De esas personas a las que todo les parece bien, que no guardan enfados, que siempre están dispuestas a ayudar. Caprichosa a veces, como yo… “ahora quiero un pintalabios”, “ahora una camisa”… y me hace sonreír reconocerme en ella.

Para mí sigue viva. No es una frase hecha. Es real. La siento conmigo. La llevo en el corazón y en muchas de mis decisiones diarias. A veces le hablo en silencio:
“Mamá, ¿esto está bien hecho?”
“Mamá, ¿estarías orgullosa de mí?”

Y cuando salgo a pasear, sin pensarlo, le digo:
“Mamá, ven conmigo.”

Y siento que viene.

Porque las madres son eso: presencia que no se apaga. Amor que no se rompe. Vida que sigue en nosotros.

Yo sé que ella dio su vida por mí, como yo intento dar la mía por mi hijo. Y entiendo ahora que eso es lo más grande que puede hacer una persona: amar así, sin condiciones, sin medida.

Las madres no se van. Se transforman en compañía invisible. En conversación interior. En calma. En raíz.

Y en mi caso, en cada paso que doy, ella sigue caminando conmigo.

Feliz Día de la Madre.
Mamá, no te olvido.
A ti, Carmen, presumida, coqueta… la más buena del mundo.


Cuidad mucho de vuestras madres.

Decidles que las queréis, escuchadlas, abrazadlas todo lo que podáis.

Porque cuando faltan… se las echa de menos cada día.

Una madre es insustituible.
Y su amor… ese no se olvida nunca.

Los salmos que me acompañan

Hay palabras que no solo se leen… se sienten. Palabras que, sin darte cuenta, se quedan dentro y te acompañan en los días buenos y en los ...