Y ya te digo desde el principio: es un hombre encantador.
Claro, a su edad repite mucho las cosas… pero yo siempre digo: a ver cómo estoy yo cuando tenga 93. Que con 66 ya me dice mi hijo que repito historias tres veces… así que cuando llegue a los 93, ¡seguro que ni me acuerdo de qué hablo!
Nicolás es muy cariñoso. Siempre que viene a verme me compra helados, le hace mil caricias a mi Coco y se queda charlando un ratito.
A mí es que las personas mayores me pueden.
Los mayores, los niños y los animalitos… conmigo lo tienen fácil, porque me tocan el corazón enseguida.
Algunas tardes voy a su casa con Coco y nos sentamos un ratito a escucharlo.
Y entre conversación y conversación, me cuenta algo que me deja con una sonrisa: tiene una amiguita de 48 años.
Según él, hacen unas cositas… que oye, ni las parejas de treinta.
Yo lo escucho muy seria, como si estuviera oyendo un documental importante.
Por dentro pienso: “Amalia, con 93 años ya no está uno para muchos trotes…”
Pero luego me digo: ¿y quién soy yo para quitarle la ilusión a un hombre de 93 años?
Si él es feliz contándomelo, pues yo lo escucho.
Y cuando termina su historia le digo:
—Ay, Nicolás… pues si tú eres feliz con esa mujer, adelante.
Eso sí, también le digo:
—Pero cuida el dinerito, ¿eh? Él es un hombre con una economia muy solvente, pero nadie le ha regalado nada, él con su trabajo y esfuerzo se ha ganado todo lo que tiene. Que el dinero es tuyo. No vaya a ser que la muchacha tenga más interés en la cartera que en el corazón.
Y él se ríe.
La gente cuando lo cuento me dice: “¡Bah! Ese hombre es un fantasma.”
Puede ser. No digo que no. Con 93 años ciertas hazañas son… digamos, complicadas.
Pero a mí me da igual.
Porque durante media hora ese hombre está feliz.
Me cuenta sus historias, se ríe, acaricia a Coco, me invita a un helado… y se siente acompañado.
Y cuando me voy a casa pienso algo muy sencillo:
si en esta vida podemos regalarle a alguien un ratito de alegría… ¿por qué vamos a quitárselo?
Aunque la historia tenga un poquito demimaginación.
Yo no soy nadie para quitarle la ilusión a un hombre de 93 años.
Al contrario.
Si él sale de esa conversación sintiéndose joven, acompañado y un poco más feliz… entonces la tarde ha merecido la pena.
Y yo también me voy a casa contenta.
Porque a veces la felicidad no está en que las historias sean verdad.
Está en que alguien tenga ganas de contarlas y alguien tenga el corazón para escucharlas.
Si una historia hace feliz a quien la cuenta…
¿quién soy yo para quitarle esa ilusión, aunque no sea del todo verdad?

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