Si mi café de la mañana hablara…
igual me daría un abrazo o me diría:
“Tranquila, mujer, que aún no es hora de exigirse nada”.
Porque una se levanta con la cara de recién aterrizada en el día, el pelo en modo “aquí ha pasado algo mientras dormía”, y las zapatillas… ay, las zapatillas.
¿Quién decidió que tienen derecha e izquierda?
Porque yo las veo iguales, las siento iguales
y camino igual de torcida con cualquiera.
Capaz llevo media vida poniéndomelas cambiadas
y nadie me ha avisado.
Menos mal que está el café.
Ese que no juzga, no pregunta ni señala ojeras ni canas nuevas.
No dice:
—“¿Te has peinado?”
—“¿Y la crema?”
—“¿Eso es nuevo?”
No.
El café llega, humea, me mira con cariño
y me dice sin palabras:
“Siéntate, respira… ya te irás poniendo en marcha”.
A estas alturas, mi ritual mañanero es sagrado:
café caliente, zapatillas con identidad dudosa
y la dignidad recolocándose poco a poco.
Así que no importa si el espejo hoy no coopera,
si el maquillaje ha decidido no venir o si el pelo va por libre.
El café nos ve tal cual estamos y aun así nos quiere.
Y con eso, amigas, la mañana ya empieza ganando.
Que tengáis un día bonito, con o sin peinar,
con o sin zapatilla correcta, pero siempre… con café.

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