Hoy el paseo no ha sido largo. No porque no tuviéramos ganas… sino porque estábamos esperando un paquete. Y claro, cuando una espera al mensajero, no puede hacerse la interesante por la calle como si el mundo no dependiera de un timbre.
Así que hemos salido Coco y yo con intención de “paseíto corto”.
Pero alguien no estaba de acuerdo con el plan.
Llegamos a la puerta de casa… y Coco se plantó.
Plantado.
Con esa postura de:
— Yo entrar… no lo veo.
Le digo:
— Venga, Coco, que tenemos que estar en casa.
Y él:
— Una esquina más.
Y allá que vamos hasta la esquina.
Volvemos a la puerta.
Se vuelve a frenar.
— Otra esquina.
Y yo pensando: “Este perro cree que soy negociadora internacional.”
Fuimos a la otra esquina. Volvimos. Se volvió a parar.
Si hubiera habido una tercera esquina, también la habríamos hecho.
Pero no. Hoy no podíamos estar más rato en la calle. El paquete estaba al caer y si llaman y no estoy… me da algo. Así que, con amor, con paciencia… y tirando un poquito de la correa, he ganado yo.
Victoria humana.
Derrota canina temporal.
Pero mientras tiraba suavemente de él, me di cuenta de algo precioso: a Coco le gusta la calle. Le gusta oler, mirar, vivir. Es más callejero que yo. Él no entiende de paquetes ni de horarios. Solo entiende de momento presente.
Y eso me hizo sonreír.
Porque mientras yo pensaba en “¿y si viene el mensajero?”, él pensaba en “¿y si hay algo maravilloso en la siguiente esquina?”.
Y quizá tiene razón.
A veces vivimos con prisas por cosas que están por llegar…
y la felicidad está en una esquina más.
Hoy he ganado yo porque el paquete manda.
Pero mañana, si no hay timbre que nos ate, igual gana él.
Y nos vamos a todas las esquinas del barrio.
“Hoy ganó el paquete… pero mañana, Coco y yo conquistamos el barrio.”

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