Hay mañanas que llegan sin avisar y te regalan algo que no esperabas.
Hoy ha sido una de esas.
Han venido a verme mis primos, Jose y Chelo. Hacía muchísimos años que no nos veíamos, y cuando los he tenido delante, el tiempo se ha hecho pequeño, como si no hubiese pasado. Las miradas, los abrazos, las sonrisas… todo estaba ahí, intacto.
Hemos desayunado juntos. Un desayuno sencillo, pero lleno de conversación, de recuerdos compartidos, de risas suaves y de esa complicidad que solo existe cuando la sangre y el cariño van de la mano. Me he sentido feliz de una manera tranquila, de esas que no hacen ruido pero lo llenan todo.
Mientras los miraba, no he podido evitar pensar en nuestros padres, hermanos entre ellos. Estoy segura de que hoy habrán estado felices, viéndonos juntos, sabiendo que, a pesar del tiempo y de la vida, seguimos encontrándonos. Hay encuentros que también son un homenaje silencioso.
Jose está guapísimo, y no lo digo solo porque sea mi primo, y Chelo es pura dulzura: cercana, cariñosa, de esas personas que transmiten paz solo con estar. Ha sido una mañana muy emotiva, muy verdadera, muy bonita.
De esas que se quedan dentro.
Hay días que no necesitan grandes planes ni palabras rebuscadas. Solo presencia, afecto y un café compartido con el corazón abierto.
Hoy ha sido un día lluvioso,
pero para mí ha brillado el sol. ☀️🌧️

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