Estos días estamos viendo en las noticias algo que nos remueve por dentro.
Un crucero donde varias personas han enfermado por un virus y ahora muchos pasajeros esperan poder volver a sus países.
Y aunque los expertos dicen que el riesgo para la población es bajo y que la situación está controlada, es normal que mucha gente tenga miedo. Porque todos recordamos lo que vivimos hace unos años. El COVID nos cambió la vida. Nos encerró en casa, nos puso mascarillas, nos separó de abrazos, de familias, de despedidas y de momentos que nunca volverán.
Por eso, cuando escuchamos noticias así, el corazón se encoge un poco.
Pero también pienso una cosa: las personas que están en ese barco son seres humanos. Son personas que seguramente subieron con ilusión, con ganas de viajar, de disfrutar de la vida, y ahora estarán asustadas, preocupadas y deseando volver a casa sanas.
Y yo no puedo mirar eso sin sentir empatía.
Porque si yo estuviera allí, también querría que me cuidaran.
También necesitaría médicos, ayuda y humanidad.
Creo que podemos sentir las dos cosas al mismo tiempo: prudencia y compasión.
Miedo y empatía.
Precaución y humanidad.
Ojalá todo quede en un susto controlado y la ciencia siga haciendo su trabajo para protegernos. Y ojalá nunca olvidemos algo importante: detrás de cada noticia hay personas, familias y corazones latiendo igual que el nuestro.

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