Me he levantado tempranito, me he duchado y, a las nueve y media de la mañana, Coco y yo ya estábamos en la calle esperando que vinieran a recogernos. Nuestro destino era la Cruz Roja, donde hoy se celebraba el Día mundial del Refugiado.
Había un concierto muy especial. Mis amigos Brigitte y Juan Carlos actuaban junto a sus hijas, Mia y Eva Luna. Fue un concierto precioso, de esos que te llegan al corazón. Las canciones hablaban de la vida, de los sueños, de las despedidas y de las personas que han tenido que dejar atrás su hogar y a sus seres queridos para buscar un futuro mejor.
Como hoy no había muchos voluntarios, fui un poco antes para ayudar a preparar un pequeño picoteo para los asistentes. También me pidieron un favor: grabar la actuación, el discurso de la alcaldesa y las palabras del presidente de la Cruz Roja. Y, por supuesto, dije que sí.
Así que allí estaba yo, con mi camiseta de la Cruz Roja, móvil en mano unas veces y colocando platos, bebidas y aperitivos otras. Entre una cosa y otra, la mañana pasó volando.
Y Coco... ¡qué os voy a contar de Coco! Se vino conmigo y fue un auténtico campeón. Había muchos niños, algunos hijos de familias refugiadas, y todos querían acariciarlo. Él se dejó mimar como el príncipe que es. No ladró ni una sola vez, se portó de maravilla y nos dejó disfrutar tranquilamente del concierto.
Cuando terminó todo, seguí ayudando un rato más repartiendo refrescos y agua. Y al final regresamos a casa cansados, sí, pero felices.
Hay días que no salen en los periódicos, días sencillos que parecen pequeños. Pero son precisamente esos días los que llenan el alma. Hoy ha sido uno de ellos.
Y mientras escribo estas líneas, miro a Coco, mi angelito de cuatro patas, y doy gracias por las personas buenas, por la música, por la solidaridad y por la oportunidad de compartir momentos tan bonitos.
Porque ayudar siempre deja algo en quien recibe, pero también deja mucho en quien da.


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