Yo no vengo hecha de una sola pieza.
Ni falta que me hace.
Soy un apaño bonito, cosido a ratos, con paciencia y con lo que había.
Hay personas que llegaron
y se quedaron a vivir.
Otras pasaron solo de visita y aun así dejaron huella (de esas que no se ven, pero pesan).
He querido mucho.
Y también he perdido.
Hay nombres que ya no se dicen en voz alta pero que siguen sentándose conmigo
cuando la casa se queda en silencio.
Ahora la vida es más tranquila.
A veces demasiado.
Borja está lejos, siguiendo su camino, y yo lo miro con orgullo y con ese pellizquito que solo entienden las madres.
En casa no estoy sola del todo.
Coco anda siempre cerca, como si supiera que su misión es acompañar sin hacer preguntas.
Él no cose, pero vigila las puntadas.
Me he ido haciendo mayor no por los años, sino por todo lo que he aprendido a soltar y por lo que he decidido guardar.
Hay tardes en las que la nostalgia se sienta conmigo, pero ya no me asusta.
Le hago un sitio, le sirvo un café y la dejo estar.
Porque también he aprendido que la soledad
no siempre es ausencia: a veces es paz, otras es recuerdo, y muchas es amor que ha cambiado de forma.
Y lo bonito de todo esto es saber que no estoy terminada.
Que aún queda tela.
Que aún habrá nuevos retazos, nuevas personas,
nuevas historias que coser al alma.
Ojalá yo también vaya dejando pedacitos de mí por el camino:
un gesto, una palabra, una calma.
Y que cuando mire mi vida entera no vea una obra perfecta, sino una historia verdadera.
Hecha a mano.
Con amor.
Y con todo lo vivido.
🧵🤍

No hay comentarios:
Publicar un comentario