El blog de Alma Buendía Soleado

jueves, 6 de agosto de 2026

A los 66, todavía tengo muchas ganas de vivir

A mí no me digáis que, después de los sesenta, la vida se acaba. Porque yo no me lo creo.

Si algo he aprendido al cumplir 66 años es que la vida no termina, simplemente cambia. Y, muchas veces, cambia para mejor.

Es verdad que el cuerpo ya no responde igual. Hay días en los que las rodillas se quejan, la espalda protesta y levantarse de la cama cuesta un poquito más. Pero también es verdad que, con los años, aprendemos a disfrutar de cosas que antes pasaban desapercibidas.

Ahora ya no necesito demostrar nada a nadie. No corro detrás de las personas. Quien quiera caminar a mi lado será bienvenido, y quien decida tomar otro camino, también estará bien. He aprendido que el cariño de verdad no se fuerza, se siente.

A veces oigo decir: "Ya soy mayor para hacer eso". ¿Mayor para qué? ¿Para empezar un proyecto nuevo? ¿Para aprender algo que siempre te hizo ilusión? ¿Para viajar, escribir, reír, bailar o compartir un café con una buena amiga?

Yo creo que nunca es tarde para volver a ilusionarse.

Con los años he descubierto que la felicidad no siempre está en las grandes cosas. Muchas veces se esconde en un paseo con mi perrito Coco, en una conversación que me hace sonreír, en una comida con los amigos o en un atardecer que te invita a dar gracias por seguir aquí.

Hoy sé que las arrugas cuentan historias, que las cicatrices hablan de lo que hemos superado y que cada año vivido es un regalo.

Por eso, mientras tenga ganas de vivir, de aprender y de querer a las personas que forman parte de mi vida, seguiré diciendo lo mismo:
La edad no pone el punto final. La edad nos enseña a vivir de verdad.


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