Hoy Coco y yo hemos tenido un día de esos que deberían venir con etiqueta de “peligro: felicidad extrema”. Empezamos con un paseo mañanero: Coco olisqueando todo como si fuera inspector de aromas, y yo intentando recordar si había cerrado la puerta de casa o si la llave se había escondido otra vez.
Llegamos a la barbacoa de mi amiga especial, que celebraba su “no cumpleaños”, porque el verdadero es el martes 9 y cantar cumpleaños antes sería casi un crimen social. Hoy era simplemente comida de amigos, y vaya si se notaba: risas por aquí, chistes por allá, miradas cómplices y algún que otro comentario travieso que solo nosotros entendemos.
La mesa era un espectáculo digno de aplausos: vermut rojo que desaparecía misteriosamente en los vasos (¿mágico?), olivas que se movían solitas como si tuvieran vida propia, patatas crujientes que gritaban “¡cómeme ya!”, y espárragos que jugaban a esconderse. Y después llegó la barbacoa: cordero, pollo y aromas que nos hacían correr hacia la parrilla como si fuéramos imanes de olor.
Coco tuvo su banquete privado: su comida húmeda más un poquito de pollo que yo le di, y puedo jurar que se relamía pensando “humana, otra vez lo has hecho perfecto” Cada bocado parecía un concierto de sabores caninos, y yo no podía parar de reír con su entusiasmo exagerado.
Llegó el momento dulce: el pastelito que llevé yo, sin velas, y un brindis con cava que resonó como un himno a la amistad. Cada sorbo y cada risa nos recordó que los días así no se olvidan nunca.
Entre chistes, risas, anécdotas y ocurrencias de todo tipo (como cuando alguien dijo que el pastel parecía sacado de un museo de dulces y todos fingimos que éramos críticos gastronómicos).
Luego vino la parte más épica: recoger la barbacoa. Sí, sí, también contamos los tenedores rebeldes que se escondieron, y las servilletas que decidieron salir volando con el viento como si fueran globos de fiesta. Coco se hizo su siesta de rey, y yo regresé a casa con el corazón lleno, pensando que estos días son tesoros disfrazados de rutina.
Moraleja explosiva del día: buenos amigos, buena comida, risas descontroladas y un perro inspector de aromas = felicidad instantánea garantizada.

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