Yo soy de las personas que celebran todo. Y cuando digo todo, es todo de verdad.
No necesito grandes acontecimientos para hacer una fiesta, porque la vida ya me regala motivos cada día, en cosas sencillas que antes quizá pasaba por alto, pero ahora sé verlas.
Si llega un paquete a casa con cosas que he comprado con ilusión, para mí eso ya es un momento bonito. Me gusta abrirlo despacio, mirar lo que hay dentro, tocarlo, disfrutarlo… y si puedo, compartirlo con las personas que quiero. Porque lo sencillo, cuando se comparte, sabe mejor. Y si Coco está por allí, él también se entera de que “algo bueno pasa en casa”, porque se le nota en la mirada y en cómo me sigue por el pasillo como diciendo: “aquí está ocurriendo algo interesante”.
Si me compro una tomatera y empieza a crecer, eso ya es una celebración. Ver cómo la planta se estira poquito a poco, cómo aparecen las primeras hojas, cómo la vida hace su trabajo sin prisas… eso me emociona. Y cuando empiezan a salir los tomates, todavía más. Es como si la planta me dijera: “ya estoy lista”. Y entonces yo siento que eso también hay que celebrarlo. Porque no es solo una planta: es cuidado, paciencia y vida. Y sí, Coco también lo celebra conmigo, porque se sienta cerca, tranquilo, como acompañando el momento.
Y cuando por fin llegan los tomates a la mesa, entonces sí: otra fiesta. Una fiesta sencilla, de las que me gustan a mí, de las que no necesitan nada complicado, solo estar viva, bien acompañada de personas que quiero y disfrutarlo.
Si compro algo nuevo para casa, un cuadro, un detalle, un cambio pequeño… también lo celebro. Porque no es solo un objeto: es algo nuevo que entra en mi vida, que cambia mi casa, que me hace ilusión. Y yo soy de las que creen que cuando algo te da alegría, merece un momento especial.
También celebro cosas que pueden parecer tontas para otros, pero para mí no lo son: mover un mueble de sitio, ordenar un rincón, preparar una comida sencilla, o incluso tener un día tranquilo en casa con Coco a mi lado.
Porque Coco está siempre conmigo en estas “fiestas de la vida”. Él no necesita entenderlo, simplemente lo vive. Si yo estoy contenta, él está tranquilo. Si yo me siento feliz, él lo nota. Y si yo celebro algo, él lo acompaña a su manera, con su presencia, con su calma, con su forma de estar cerca.
Yo he aprendido algo muy importante: la vida no está hecha solo de grandes momentos.
La vida está hecha de pequeños instantes que, si los miras bien, ya son una fiesta.
Y yo he decidido algo muy claro: vivirlos así.
Celebrar lo pequeño.
Celebrar lo sencillo.
Celebrar lo cotidiano.
Celebrar la vida.
Y si Coco está conmigo… entonces la fiesta ya está completa.

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