Hoy el día amaneció gris, de esos días en los que miras al cielo y piensas: “Uy… hoy acabamos pasados por agua”.
Y sí, cuando íbamos camino de la casa donde habíamos quedado para comer el cochinillo, empezaron a caer cuatro gotitas. Como la comida era en una terraza descubierta, ya nos mirábamos unos a otros pensando:
—Ya verás… hoy acabamos todos metidos dentro de la casa.
Pero no.
El tiempo nos regaló una tregua maravillosa y nos dejó disfrutar de la comida tranquilamente.
Y qué comida…
El cochinillo estaba espectacular. En su punto. Crujiente por fuera, tierno por dentro y acompañado de unas patatas buenísimas. De esos platos que hacen fiesta solo con verlos llegar a la mesa.
Eso sí… cuando apareció el cochinillo entero, con su cabecita y su manzana en la boca, nos dio una pena tremenda. Nadie quería partirlo. Nos quedamos todos mirando, como esperando que alguien se animara. Al final, una amiga cogió valor y empezó a cortarlo casi con lágrimas en los ojos, porque le daba muchísima pena.
Antes del gran momento habíamos hecho un vermutito, y después acompañamos el cochinillo con un vinito. Y para rematar… un tiramisú delicioso.
Y cuando parecía que el día ya no podía ser más bonito… empezó la lluvia de verdad.
Allí nos quedamos todos debajo de un toldo, esperando a ver si paraba. Y claro… mientras esperábamos, cayó el mojito de despedida, porque nuestras fiestas siempre terminan con mojito.
Pero la lluvia no tenía intención de marcharse, así que hicimos “un pensamiento”, recogimos las cosas y cada uno volvió a su casa a descansar y echar la siesta.
Y Coco… ay, Coco.
Yo llevaba su comida húmeda preparada, porque no quería que le dieran cochinillo. Pero claro, Coco es el niño mimado de todos. Uno le daba un trocito, otro otro poquito… y yo diciendo:
—Después, si se pone malo, las consecuencias para mí.
Pero nada. Aquí está ahora mismo, feliz de la vida, subiendo y bajando del sofá, jugando como si todavía siguiera de fiesta.
Y yo ya estoy con el pijama puesto, tranquila, feliz y agradecida.
Porque al final, la felicidad muchas veces no está en las grandes cosas. Está en un día sencillo, en una mesa compartida, en una tarde de lluvia, en un mojito bajo un toldo y en la compañía de personas maravillosas.
Personas que no son familia de sangre… pero sí familia del alma.
Y ahora sí… Coco y yo nos vamos a dormir soñando con los angelitos, después de un día gris… pero absolutamente feliz.

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