Bueno, muchachas, ya estamos en esa edad en la que una se mira al espejo y piensa: ¡Anda! Si esas arruguitas ayer no estaban. Y el pelo… pues el tinte ya no hace milagros. Y de la báscula… mejor ni hablamos.
Vemos pasar a las chicas de veinte años, tan guapas, tan frescas y con toda la vida por delante, y se nos escapa una sonrisa. Pero, ¿sabéis una cosa? Nosotras también tuvimos esa edad. Reímos, soñamos, nos enamoramos y nos comimos el mundo a nuestra manera. Ellas también llegarán un día donde estamos nosotras, y entonces descubrirán que la juventud está muy bien, pero la experiencia… ¡esa sí que vale oro!
A estas alturas ya hemos criado hijos, cocinado miles de comidas, trabajado duro, pagado facturas, reído hasta llorar y llorado hasta volver a sonreír. Hemos pasado por pérdidas que nos rompieron el alma, por momentos en los que pensamos que no podríamos seguir… y, sin embargo, aquí estamos.
Somos mujeres fuertes. No porque la vida haya sido fácil, sino porque aprendimos a levantarnos una y otra vez. Somos como un buen vino: el tiempo no nos estropea, nos da carácter. Como esos coches clásicos que, con los años, se convierten en auténticas joyas.
Sí, el cuerpo cambia. Las canas aparecen, las arrugas cuentan historias y alguna que otra rodilla protesta más de la cuenta. ¿Y qué? Lo verdaderamente importante sigue intacto: la fuerza, el coraje, la capacidad de amar y las ganas de seguir disfrutando de la vida.
Así que este tramo del camino lo vamos a recorrer con la cabeza bien alta, con una sonrisa, con sentido del humor y con el orgullo de todo lo vivido. Porque cada arruga habla de una batalla superada, cada cana es un capítulo de nuestra historia y cada año cumplido es un regalo que no todo el mundo tiene la suerte de recibir.
Y si alguien alguna vez nos dice algo por las canas o las arrugas, le sonreiremos con cariño y le responderemos:
"Llegar hasta aquí no es un defecto… es un privilegio. Y pienso disfrutarlo cada día."
Para mis amigas de más de 60 años.

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