Hay quien dice que hablar sola es señal de que una se está haciendo mayor. Pues mira, yo no estoy de acuerdo.
Yo creo que, cuando pasas de los sesenta, simplemente descubres que tienes muchas personas con las que seguir hablando... aunque algunas ya no estén sentadas a tu lado.
Y sí, yo hablo sola muchas veces. ¿Y qué?
Paso muchas horas en casa, porque con este calor donde mejor se está es en casa. Le hablo a Coco, que me escucha con una paciencia infinita, aunque a veces me mire con esa cara de "esta ya está otra vez hablando sola". Y cuando el ordenador decide llevarme la contraria y no me sale algo, se me escapa un: "¡Coño! ¿Por qué narices no sale esto?". Luego resoplo, me río de mí misma y vuelvo a intentarlo.
Antes quizá me habría dado vergüenza reconocerlo. Ahora no. Hablar sola no significa estar loca. A veces significa que necesitas ordenar las ideas, desahogarte o simplemente echar una conversación con la única persona que siempre está contigo.
A veces estoy doblando la ropa, fregando los platos o preparando un café y, sin darme cuenta, empiezo a hablar con la Amalia de veinte años. La veo con tantas prisas, queriendo que todo saliera bien y pensando que el mundo se acababa si algo no salía como ella esperaba.
Y me entran unas ganas enormes de darle un abrazo y decirle:
—Tranquila, mujer. No corras tanto. Vas a perder momentos preciosos preocupándote por cosas que, al final, ni siquiera llegarán a pasar.
Otras veces hablo con la Amalia que seré dentro de diez o quince años. Seguro que tendrá más canas, alguna arruga más... y un café calentito entre las manos. Siempre le hago la misma pregunta:
—¿Qué me queda por aprender?
Y me sonríe con esa tranquilidad que solo dan los años y me contesta:
—Deja de pedir permiso para ser feliz. Vive. Así, sin más.
También converso con mis recuerdos. Con la cocina de mi madre, con las risas de la familia cuando la casa se llenaba sin avisar, con las personas que tanto he querido y que ya no están, pero que siguen encontrando el camino para volver de vez en cuando a mi corazón.
Hay días en los que hasta sonrío yo sola al recordar una escena, una frase o una trastada de las de antes. Otras veces se me escapa alguna lágrima. Pero ya no son lágrimas de esas que te rompen por dentro. Son lágrimas de agradecimiento, porque tuve la suerte de vivir todo aquello.
Y he descubierto una cosa.
Con los años, las conversaciones más importantes dejan de ser las que tenemos con los demás. Las más importantes son las que mantenemos con nosotros mismos.
Porque llega un momento en que ya no te preocupa tanto lo que piense la gente. Lo que de verdad importa es poder mirarte al espejo y decir: "He vivido. He querido. He llorado. He reído. Y, a pesar de todo, sigo aquí."
Y eso, para mí, es uno de los regalos más bonitos de cumplir años.
Poder recordar sin que siempre duela. Sonreír al pensar en quienes formaron parte de nuestra vida. Dar gracias por todo lo vivido, incluso por lo difícil.
Porque, al fin y al cabo, los recuerdos no están para hacernos llorar. Están para recordarnos la suerte que tuvimos de haber vivido esos momentos.
Y si un día alguien me oye hablando sola, que piense lo que quiera. Yo sé perfectamente con quién estoy conversando. Con la mujer que fui, con la que soy, con la que aún me queda por ser... y con todos esos recuerdos que siguen haciéndome compañía.
Y la verdad... no me siento sola. Me siento muy afortunada de tener una vida tan llena de historias que todavía merecen ser contadas.
"Mientras Dios me dé un nuevo amanecer, seguiré teniendo motivos para sonreír."

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