Mujeres… necesito saber si soy la única o si ya estamos todas apuntadas al mismo club de fans del ibuprofeno.
Porque mira tú, últimamente mi cuerpo tiene más opiniones y reparos que un concejal en época de elecciones. Me levanto de la cama y la rodilla hace “¡clac!”. La espalda responde “¡croc!”. El hombro dice “espérate un momentito, que no he cogido postura”… y cuando por fin consigo enderezarme, ya he metido más ruido que todo el vencindario entero bajando a por el pan.
Lo curioso es que ya ni me espanto. Lo que de verdad me da un vuelco al corazón es cuando un día me levanto tan campante… ¡y no me duele nada! Ahí sí que pienso: “A ver, Virgen del Carmen... ¿seguiré por aquí o ya me he marchado al otro barrio?”.
Y ya ni hablemos de agacharse a recoger algo del suelo. Una se agacha por un maldito calcetín y, ya puestas a estar abajo, aprovecha para quitar una pelusa, mirar debajo de la cómoda, saludar al suelo y encomendarse a todos los santos, porque sabe Dios cuándo volverá a ver las alturas.
Y luego están los ruidos misteriosos. Ya no sé si lo que ha crujido al moverme ha sido mi hombro, la cadera o el aparador de la entrada.
Aquí ni hace falta mirar la aplicación del tiempo en el móvil. Mis huesos son más exactos que el hombre del tiempo de la tele. Si empieza a dolerme la rabadilla, ya puedo sacar el paraguas. Si me tira la espalda, mejor ni tiendo la ropa porque fijo que cae la mundial.
Y las gafas... ¡Ay, madre mía con las gafas! Me las paso buscando por toda la casa mientras las llevo colgadas del cuello o en la mismísima coronilla. Luego cojo el teléfono para llamar a una amiga y al segundo me quedo mirando la pantalla pensando: “Mecachis... ¿yo para qué puñetas había cogido el cacharro este?”.
Pero ¿saben qué es lo mejor de todo este cuadro?
Que nos seguimos riendo con un dolor de muelas. Seguimos quedando para tomar un café, seguimos haciendo planes, saliendo por ahí, y seguimos creyendo que una buena tostada con aceite y tomate arregla casi cualquier descosido... aunque luego nos tengamos que tomar la pastilla para el ardor de estómago y vigilar el colesterol.
Así que levanten la mano todas las que al levantarse hacen más música que una murga de pueblo... aunque luego ni sepan si fue la rodilla, el hombro o el alma que se está acomodando para seguir dando guerra.
Porque después de los 60, el cuerpo cruje por los cuatro costados, ¡pero el corazón sabe reír con muchísima más fuerza!

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