El blog de Alma Buendía Soleado

jueves, 27 de agosto de 2026

La lluvia y la memoria


A veces la lluvia no viene para mojarte. Viene para hacerte recordar.

Hoy han caído cuatro gotas. Cuatro, ni una más. Porque estamos en verano y aquí el calor no perdona, así que de tormenta de película, nada de nada. Pero ha sido suficiente.

Estaba yo preparando mi café, como cada mañana. Puse mi cápsula en la cafetera, esperé ese pequeño sonido que hace cuando empieza a salir el café y me quedé mirando cómo se llenaba la taza. Le puse la cuchara y empecé a remover despacito. Y entonces pasó. Ese olor del café, mezclándose con el aire fresco que entraba por el balcón, me llevó sin avisar a otro tiempo.

A veces la memoria es así de caprichosa. No necesitas buscar un recuerdo. Basta un olor, una canción, una calle, una taza de café… y de repente estás allí otra vez.

Me acerqué al balcón y miré la calle. Habían caído cuatro gotas y la gente seguía haciendo su vida como si nada. Una señora pasó con sus tirantes y su bolso, porque, claro, estamos en agosto y hacía calor. Otro iba deprisa para no mojarse. Y alguno seguramente estaría pensando: ¡Mira tú, ahora se pone a llover!

Y yo, mientras tanto, allí parada, disfrutando de ese ratito. Porque, aunque hayan sido cuatro gotas, el aire había cambiado. Olía diferente. Olía a tierra mojada, a verano, a recuerdos.

Y me puse a pensar en todas esas pequeñas cosas que se quedan guardadas dentro de nosotros sin que nos demos cuenta. Personas que ya no están. Casas donde fuimos felices. Tardes que parecían normales y que hoy daríamos cualquier cosa por volver a vivir. Conversaciones, risas, cafés compartidos… Momentos sencillos que, cuando pasan los años, descubrimos que eran precisamente los momentos importantes.

Quizá por eso me gusta tanto mirar por el balcón. Porque mientras miro lo que ocurre fuera, muchas veces termino mirando también hacia dentro. Y hoy esas cuatro gotas me han regalado algo que no esperaba: un puñado de recuerdos maravillosos.

Después del café, de los pensamientos bonitos y de ese viaje inesperado por la memoria, tocaba volver a la vida real. Así que nos arreglamos Coco y yo y, en cuanto dejó de llover, nos fuimos a dar nuestro paseo. Porque una cosa es ponerse sentimental mirando por el balcón, y otra muy distinta dejar a Coco sin su paseo. 

Salimos tan contentos, pensando que igual el tiempo nos había dado un respiro. Y sí… nos dio un respiro. Pero de lluvia, poco. Cuando ya volvíamos a casa, empezaron a caer otra vez otras cuatro gotitas. Cuatro. Ni siquiera llegaron a mojarnos. De hecho, creo que ni mojaron el suelo. Y mira que hace falta que llueva…

Pero allí estábamos nosotros, llegando a casa como si hubiéramos atravesado el desierto. Coco con la lengua fuera y yo sudando. ¡Las cuatro gotas no nos mojaron, pero el calor nos dejó hechos un cuadro!

Y entonces pensé: qué curioso es esto de la vida. Una mañana que empezó con un café, cuatro gotas de lluvia y unos cuantos recuerdos, terminó con Coco y yo sudando la gota gorda después de nuestro paseo.

Y quizá eso también sea la felicidad. Tener recuerdos que nos hagan sonreír, disfrutar de un café, poder salir a pasear y volver a casa con nuestro compañero de cuatro patas. Porque al final no necesitamos grandes cosas. A veces basta con un café, un balcón, cuatro gotas de lluvia, un puñado de recuerdos… y alguien con quien salir a caminar.

Hoy la lluvia no me ha mojado. Pero me ha tocado la memoria. Y Coco y yo, aunque hemos vuelto sudando como pollos, hemos disfrutado de nuestro paseo.

Eso también cuenta. Y mucho.

El Rincón de Amalia 🧡






No hay comentarios:

Publicar un comentario

La lluvia y la memoria

A veces la lluvia no viene para mojarte. Viene para hacerte recordar. Hoy han caído cuatro gotas. Cuatro, ni una más. Porque estamos en vera...