Hay ausencias que no se acostumbran. Una aprende a vivir con ellas, a seguir caminando, a sonreír, a llenar los días de cosas que hacer. Pero, de vez en cuando, el corazón nos recuerda que hay alguien a quien seguimos buscando, aunque sepamos que ya no podemos encontrarla como antes.
El 31 de octubre hace dieciséis años que mi mamá se fue al cielo.
Dieciséis años sin ella. Y, sin embargo, hay días en los que parece que fue ayer cuando podía acercarme a su lado, hablar con ella, discutir por cualquier tontería y, al rato, volver a sentir que allí estaba mi madre, pendiente de mí.
Porque mi mamá era así. Siempre estaba atenta, siempre dispuesta a ayudarme, siempre buscando la manera de hacerme la vida un poquito más fácil. Me cuidaba muchísimo. Era de esas madres que no necesitaban grandes discursos para demostrar su amor, porque lo demostraban cada día, con sus manos y con sus pequeños detalles.
Era buenísima. Para mí, la mejor madre del mundo.
Y sí, también discutíamos. ¡Como tantas madres e hijas! Porque querernos no significaba estar siempre de acuerdo. Pero hoy, cuando miro hacia atrás, daría lo que fuera por poder tener una de aquellas conversaciones con ella, incluso por volver a discutir por alguna tontería. ¡Quién me iba a decir entonces que algún día echaría tanto de menos hasta esos momentos!
Mi madre cosía. Siempre tenía algo entre las manos, alguna prenda que arreglar, algún descosido que remendar, alguna cosa que podía dejar como nueva.
Y aquí viene una de esas pequeñas cosas que para mí son enormes.
Todavía conservo su caja de costura.
Han pasado dieciséis años y no me he desprendido de ella. Porque cuando la toco, cuando la miro, siento algo muy difícil de explicar. Es como si volviera a estar sentada a su lado, acompañándola mientras cosía. Como si, por un instante, pudiera acercarme a aquel tiempo en el que ella estaba aquí y yo todavía podía disfrutar de su presencia.
Para cualquiera puede ser una caja de costura. Para mí es mucho más. Es un recuerdo vivo de sus manos, de sus cuidados y de aquella mujer que siempre encontraba la manera de arreglarme las cosas.
Ojalá pudiera arreglar también esta ausencia, mamá.
Ojalá pudiera sentarme contigo un ratito, contarte mis cosas, escuchar tu voz y apoyar la cabeza en tu hombro. Ojalá pudiera darte uno de esos abrazos que no necesitan palabras, porque en ellos cabe todo lo que sentimos.
Hay algo que me está pasando con los años y que a veces ni yo misma sé explicar.
Te necesito más, mamá.
Pensaba que el tiempo me enseñaría a echarte menos de menos, pero hay momentos en los que siento justo lo contrario. Ahora que me voy haciendo mayor, noto más tu falta. Me gustaría tenerte cerca, sentir que puedo acudir a ti, volver a ser aquella hija que tenía a su madre pendiente de ella.
Porque una puede crecer, cumplir años, aprender a resolver los problemas y seguir adelante con la vida. Pero nunca deja de ser hija.
Y hay días en los que una no necesita consejos ni soluciones. Solo necesita a su madre.
Necesita sus brazos, su calor, su manera de mirar, esa tranquilidad que daba saber que había alguien que se preocupaba por ti de una forma única.
Hoy, mamá, no puedo abrazarte como quisiera. No puedo coger el teléfono y llamarte, ni sentarme contigo mientras coses alguna cosa. Pero tengo tus recuerdos, tengo tu caja de costura y tengo todo ese amor que me diste y que sigue formando parte de mí.
No sé si desde el cielo puedes verme. Me gusta pensar que sí, que de alguna manera sigues cerca, acompañándome en este camino.
Y si pudiera pedirte una sola cosa, no te pediría nada material. Te pediría un abrazo. Uno de esos abrazos tuyos, largos, de los que hacen que el mundo se detenga un momento y que todos los problemas parezcan un poquito más pequeños.
Solo uno, mamá. Aunque después tuviera que volver a despedirme.
El 31 de octubre se cumplirán dieciséis años desde que te marchaste, pero no hay calendario capaz de medir el amor de una hija por su madre.
Te llevo conmigo en mis recuerdos, en las pequeñas cosas que conservo y en ese rincón de mi corazón donde siempre tendrás tu sitio.
Y cuando acaricio tu caja de costura, me gusta imaginar que vuelvo a sentarme a tu lado, que tú sigues con tus labores y que yo estoy allí, cerquita de ti, como tantas veces.
Dieciséis años sin tus manos, mamá. Dieciséis años sin tu voz. Y todavía con las mismas ganas de abrazarte.
Te quiero, mamá. Te quise ayer, te quiero hoy y te querré mientras viva.
Tu hija, que sigue necesitándote y que nunca te olvidará. ❤️
Siempre hay un motivo para sonreír, aunque haya amores que nos hagan llorar cada vez que los recordamos.
El Rincón de Amalia

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