jueves, 5 de julio de 2012

Vives en mí.

Querida Carmen, Tu traspaso, inesperado y doloroso, nos ha hecho derramar muchas lágrimas y nos ha dejado, temblorosos y aturdidos, delante de un misterio que no sabemos explicar. No nos lo acabamos de creer, que te has ido. Esta última mañana de mayo, hace un momento, cuando las campanas de esta iglesia nos han recordado tu ausencia, todavía nos resistíamos a admitir la triste noticia que ayer, rápida como el viento, se propagó por nuestro pueblo. Las campanas nos invitaban a rezar, pero nosotros no podíamos, y contemplábamos con desagrado, al menos durante un rato, como ese sonido triste apagaba y, a la vez, oscurecía la vida que teníamos delante de los ojos: la luz primaveral, tan intensa, el aire nuevo y perfumado de flores, el piar de los pájaros… Un pensamiento nos amenaza, tentador: “No es justo.” Y, en ser testimonios del desconsuelo que tu muerte ha causado en todos nosotros -familiares, amigos, vecinos-, estamos a punto de rendirnos y librarnos al vacío de la desesperanza, tan potente es el duelo que nos oprime el corazón y nos enturbia la mirada. Pero en esta hora de la despedida definitiva, reconfortados por la Palabra que acabamos de escuchar, lo rechazamos, este pensamiento. Porque decir que no es justo sería darle demasiado protagonismo a la muerte -demasiado-, y olvidar todo el bien que has hecho a lo largo de una vida intensa, estrenada ese 1 de abril de 1956 en Azuaga (Badajoz), oro de piedras y verde de viñedos y olivares, que entonces empezaba a vaciarse por causa de la emigración. Las manos y los brazos del padre y la madre que, al nacer, te acunaban y te acariciaban hoy, después de 56 años, te hubieran retenido para que no los dejaras. Tú los habías traído a tu casa para cuidarlos y ellos se han quedado un poco más indefensos, buscándote en vano con la mirada. Por ellos te esforzabas, los acompañabas al médico, dormías poco… Por eso aún llegaste a pensar que el cansancio que notabas últimamente era consecuencia de tu dedicación a aquellos que te dieron la vida. Has sembrado amor, has esparcido el bien. Por este motivo, ayer y hoy tanta gente ha querido decirte adiós por última vez y permanecer al lado de tu familia, que tanto te echará de menos. Su presencia es el primer milagro de tu traspaso, y les seguirán otros, de milagros, porque tu ejemplo nos mueve a ser más generosos y porque, como está escrito, el amor es más fuerte que la muerte. Al salir de esta iglesia, volveremos a la escuela, y cuando los niños que tú acogías cada mañana nos pregunten dónde está Carmen, les daremos una respuesta más valiente que el simple “está en el cielo” (que lo estás, claro). Les diremos -aunque no nos entiendan- que no te has ido del todo; que tu presencia discreta, tus caricias, tu trato afable, tu disponibilidad… impregnan las aulas, las calles, la plaza por donde solías moverte (y la plaza Mayor, escenario esperado y mágico donde tú, cada final de octubre, hacías tu aparición, vestida de castañera). Y si aún nos preguntan dónde estás, les cogeremos las manos, como hacías tú, y les miraremos a los ojos con ternura y, si es necesario, les invitaremos a rezar al buen Dios que, a través de tu paso por este mundo, nos ha mostrado su bondad. No eras maestra, pero tenías el alma, y, sin haberlo estudiado en los manuales, habías entendido que, esencialmente, lo que necesita un niño para crecer es sentirse amado. El amor de madre que transmitías hacía que los niños se te acercaran y encontraran en ti un lugar seguro. Te queremos recordar así, Carmen: servicial, atenta, generosa, desinteresada, afable. Queremos bendecir a Dios por haberte conocido, borrar de nuestro corazón la palabra injusto y cambiarlo por la palabra gracias. Que la Virgen del Carmen te guarde un sitio al lado de su Hijo, y tú, desde el cielo, ruega por nosotros. Adiós: esposa, madre, maestra.