En Navidad, mi memoria se llena de luces, risas y aromas que aún parecen bailar por la casa. Recuerdo las fiestas entrañables que me regalaron mis padres, mi hermana y mi marido, y cómo cada detalle se quedaba para siempre en el corazón.
Cuando Borja era pequeño, Papá Noel llegaba puntual; a veces, disfrazado de él estaba mi padre, y la emoción lo llenaba todo. Cantábamos villancicos juntos, con voces temblorosas y carcajadas que se colaban entre canción y canción. La mesa rebosaba de turrones, mazapanes y polvorones, y el cava brindaba por la alegría inmensa de estar juntos.
Después de la cena, nos arreglábamos con prisas y salíamos hacia la Misa del Gallo. Allí, en el silencio iluminado por las velas, volvíamos a cantar, a sentir la Navidad en cada nota y en cada suspiro compartido. Al regresar a casa, seguíamos con el cava, los turrones y los polvorones, riendo, cantando y alargando la noche como si el tiempo no existiera. La luz de Belén nos acompañaba y parecía unirlo todo: familia, vecinos, abrazos y sobremesas llenas de alegría.
Hoy, muchas sillas están vacías. Ya no hay villancicos que llenen la casa ni Papá Noel que sorprenda a Borja. Y aun así, sonrío. Porque esos recuerdos me envuelven con una calidez serena, llena de gratitud.
Gracias, de todo corazón, a mis padres, a mi hermana y a mi marido, por todas esas Navidades tan bonitas que me regalaron, por la felicidad que me hicieron sentir y por enseñarme la magia de una familia unida. Aunque los echo de menos, su amor y su alegría siguen conmigo, latiendo en cada rincón de estas fiestas que vuelven a brillar en mi memoria.

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