El blog de Alma Buendía Soleado

lunes, 26 de enero de 2026

Hoy me llegó un regalo.

Hoy me llegó un regalo.
Ni llamó, ni tocó la puerta, ni hizo ruido.
Apareció solo, en el momento en que abrí los ojos.

Traía un lazo dorado como el sol de la mañana, y una tarjeta sencilla que decía: día.
El remitente: Dios.
La destinataria: yo.

Y pensé… cuántas veces he recibido este regalo y ni me he dado cuenta.
Cada mañana, puntual, me lo trae Dios: un día nuevo.
Y yo, corriendo de un lado a otro, mirando el reloj, dando por hecho el milagro.

Porque este regalo es simple y maravilloso:
poder abrir los ojos y sentir que todavía estoy aquí, tomar un café calentito mientras Coco se enreda en mis piernas y me mira con sus ojitos de “ya vamos a salir”, saber que Borja está lejos, sí, pero feliz, y que cada mensaje suyo es un abrazo que atraviesa kilómetros.

Cada mañana Dios me dice: aquí tienes un día nuevo, disfrútalo.
Y yo pienso… cuántas veces no lo abrimos como se debe.
Nos distraemos viendo la vida de otros, comparando envolturas, olvidando que lo que tenemos en nuestras manos es único y perfecto.

Hoy no.

Hoy me senté un momento.
Respiré hondo.
Miré la calle desde mi ventana, dejé que el sol calentara un poquito la cara, y sentí que incluso con rodillas que duelen, hombros que protestan y achaques que aparecen sin avisar, todo es un milagro.

Porque caminar despacito con Coco, escuchar sus brincos, sentir el aire fresco en la cara… eso es un regalo.
Reírme con alguna tontería, mirar cómo la ciudad despierta, escuchar los pájaros aunque sean pocos… eso es un regalo.
Tomar un momento para mí, para agradecer, para sonreír… eso también es un regalo.

La vida no promete eternidades.
No nos asegura que todo será perfecto.
Pero nos da esto: un día nuevo, todos los días.
Y cada una decide cómo vivirlo.
Hay gente que lo vive amargada.
Y hay gente que lo vive feliz.
Yo elegí ser de las que lo vive feliz.

Así que sí, me duele la rodilla, me duele el hombro, a veces el cansancio me quiere ganar…
pero también tengo a Coco brincando, mi café caliente, mi casa llena de luz, la memoria de mi hijo cerca, y la certeza de que puedo salir a disfrutar del regalo que Dios me ha dado: un día más.

Hoy abrí mis ojos despacio.
Como quien abre pan caliente, como quien recibe flores en maceta, como quien aprende, al fin,
que la vida no se mide en logros ni en planes,
sino en instantes, en pequeños milagros cotidianos, en gratitud.

Y Que Borja me mande un mensaje diciendo que está bien, que me hace reír con alguna historia de México… eso también es un regalo. 

Aquí estoy… con olor a mañana nueva, alma alegre y corazón agradecido.

Mientras pueda abrir los ojos, Dios seguirá mandándome amor en forma de vida.



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