Hoy no ha sido un día de grandes planes.
De esos días tranquilos, sencillos, que pasan sin hacer ruido.
Como esperábamos al técnico de la lavadora, que dijeron que vendría el miércoles por la mañana, sin hora, el paseo con Coco ha sido exprés.
Abrigo bien puesto, paso rápido y vuelta a casa.
A Coco no le importa demasiado la duración; con tal de salir, olisquear un poco y sentir el aire frío en la cara, ya es feliz.
Hace frío, mucho viento, ese frío que se te mete en los huesos y te recuerda que el invierno sigue ahí.
Hasta parecía que el día pedía un poco más de nieve, aunque no haya caído.
Después han empezado a llegar las visitas bonitas.
Una amiga con churros y chocolate caliente.
Cuando una se ha ido, ha llegado otra, esta vez con dos cajas de bombones, como si el día se empeñara en endulzarse solo.
Entre charla y risas, la casa se ha ido llenando de ese calor que no viene de la calefacción.
Más tarde han llegado los técnicos de la lavadora, dos señores muy formales.
La han mirado, han probado botones
y, curiosamente, hoy la lavadora se ha portado de maravilla, cuando yo la utilizo mi lavadora le da por irse de paseo cuando centrifuga, pues, hoy no tenía ganas de paseo. Me ha dejado por mentirosa.
Hoy ni una protesta.
Veremos mañana, pero hoy ha habido tregua.
Y ahora aquí estamos.
Son las ocho de la tarde.
Coco dormita tranquilo.
La calefacción encendida.
La casa en calma.
No ha sido un día espectacular,
pero ha sido un día acompañado.
Y esos días, aunque no salgan en ningún sitio,
son los que de verdad sostienen la vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario