El blog de Alma Buendía Soleado

lunes, 2 de febrero de 2026

Cuando el amor no muere: un día que me cambió por dentro



Hay días normales.
Y luego están estos días.
Los que no se planean, no se buscan… pero llegan.
Y cuando llegan, te remueven el alma, te desmontan por dentro y, aun así, te dejan una paz rara, bonita, difícil de explicar.

Hoy me levanté temprano.
Me duché, me arreglé, desayuné con calma.
Mi compañero fiel, Coco y yo nos fuimos a pasear. Hacía mucho frío, de ese que se mete en los huesos, pero aun así fue un paseo tranquilo, de esos sencillos que ya son un regalo.

Después vinieron unos amigos, un matrimonio con sus dos hijas. Dos niñas encantadoras, educadas, tranquilas… Se quedaron en casa con Coco, que estaba feliz, mientras nosotros salíamos.
A las diez habíamos quedado en la puerta de mi casa: ellos, y tres amigas más. Llamamos a un taxi de seis plazas y nos fuimos todos juntos a otro pueblo.

Íbamos a una rueda de mensajes del médium Cristian Fernández.
Llegamos pronto… y la cola era enorme. Me impresionó ver cuánto mueve la mediunidad, cuánto necesita la gente consuelo, respuestas, esperanza.

Entramos al teatro. Muy grande.
Nos sentamos en la penúltima fila para estar los seis juntos. Y no, no hace falta estar delante: Cristian se mueve por todo el teatro, sube, baja, se para donde tiene que pararse.

Yo iba convencida, pero convencidísima, de que a mí no me iba a pasar nada.
Nada de visitas. Nada de mensajes.
Iba tan segura, tan negada, que incluso me iba riendo.
Mientras tanto, mis acompañantes decían:
—Ojalá venga mi madre…
—Ojalá venga mi padre…

Yo no.
Yo no quería.
No sé si por miedo, por respeto o porque no me sentía preparada.

Cristian empezó a dar mensajes. Historias durísimas. Una madre que había perdido a su hijo en un accidente de moto… y yo ya llorando, porque cuando una siente de verdad, el dolor ajeno también duele.

Y entonces pasó.

Cristian se paró justo en nuestra fila y dijo:
—A ver… ¿aquí hay alguien que me ha traído hasta esta fila?

Empezó a describir a una mujer.
Le di un codazo a Juan Carlos, tan fuerte que seguro le dejé morado.
Siguió describiendo… y otro codazo.

Yo lo sabía.
Era mi madre.
Y mi hermana.

Cuando dijo que esa mujer estaba acompañada… ya no tuve ninguna duda.
Levanté la mano. Le cogí la mano a Cristian.

No he temblado así en mi vida.
Me dolía la cabeza.
El cuerpo entero me vibraba.

Temblando.
Llorando.
Con miedo.

—¿Eres tú?
—Sí… es mi madre y mi hermana.

Me invitó a subir al escenario.
Dije que no.
No quería focos, ni miradas, ni que todo el mundo me viera llorar.
Al final, se sentó a mi lado.

Y ahí empezó todo.

Nunca he temblado así.
El cuerpo entero me vibraba.

Y llegaron ellos.

Mi madre.
Mi hermana.
Mi padre.
Mi marido.
Los cuatro.
Y hasta un perrito.

Me dijo cosas que solo yo sabía.
Cosas que Cristian no podía saber, pero que mi familia sí.

Lloré.
Temblé.
Me agarré a su mano como si me fuera la vida en ello.

¿Y sabéis qué fue lo más bonito de todo?

Lo que dijeron.

Que están muy orgullosos de mí.
Orgullosos de lo fuerte que soy.
De cómo sigo viviendo después de que la vida se los llevara a todos y me dejara aquí.

Eso me llegó directo al corazón.

Cuando me preguntó cómo quería despedirme, lo tuve claro:
—Diles que los quiero mucho.
Que los llevo en mi corazón.
Que cada día pienso en ellos.
Y que estoy feliz porque están orgullosos de cómo estoy llevando la vida sin ellos.

Allí, a oscuras, me abracé a Cristian.
Necesitaba consuelo.
Y lo encontré.

Después vinieron más historias. Más lágrimas. Más familias rotas. Lloramos todos. Todos.

Al final nos hicimos foto con Cristian.
Nos fuimos a tomar un café los seis.
Volvimos a casa hablando sin parar.

Se reían y decían:
—La que no quería que viniera nadie… y mira.

Y sí.
Nunca se puede decir “de esta agua no beberé”.

No fue casualidad.
Fue causalidad.
Mi familia quería hablar conmigo.

La tarde siguió tranquila: vermut, comida, conversación. Coco feliz con las niñas. Y yo… con el corazón revuelto pero lleno.

Hoy ha sido un día de alegría y de tristeza.
Alegría por saber que están juntos, que están bien.
Tristeza porque no puedo abrazarlos.

Pero hoy sé algo con absoluta certeza:

El amor no se muere.
Cambia de forma, de lugar… pero no se va.

Y mientras yo esté aquí, viviendo, riendo, llorando y queriendo, ellos siguen viviendo en mí.

Y eso, da paz. Da fuerza, Y da vida.

-Gracias, Cristian, por tu luz, tu respeto y tu forma tan bonita de acompañar.
Por quedarte a mi lado cuando lo necesité y por tratar cada historia con tanto cuidado.
Hoy has sembrado paz en muchos corazones. El mío, entre ellos.






No hay comentarios:

Publicar un comentario

Cuando el amor no muere: un día que me cambió por dentro

Hay días normales. Y luego están estos días . Los que no se planean, no se buscan… pero llegan. Y cuando llegan, te remueven el alma, te...