Lo que de verdad me daría miedo no es envejecer, es llegar a esta edad sin haber vivido de verdad.
Sin esas carcajadas que te dejan sin aire, sin esas historias que se cuentan una y otra vez entre amigos, sin esas marcas en el alma que recuerdan lo fuerte que una ha sido.
No me da miedo el paso del tiempo, ni las canas que ya se asoman con descaro.
Porque cada una de ellas tiene su historia, y cada arruga guarda un momento que mereció la pena.
He aprendido que la vida no se cuenta por los años, sino por las veces que una se levanta, se limpia las lágrimas y dice:
“¡Venga, que todavía queda mucho por disfrutar!”.
No temo hacerme mayor, me asustaría más vivir con el corazón vacío, sin risas sinceras, sin abrazos que curan, sin esas sobremesas largas que huelen a café y a cariño.
Porque cuando se ha vivido con el alma encendida, los años no pesan: se celebran.
Ya no tengo prisa. Voy despacio, sí, pero con los ojos bien abiertos.
Miro el cielo, escucho el mar, acaricio a mi perrito Coco, y doy las gracias por cada nuevo amanecer.
No reniego de mis canas ni de mis cicatrices.
Ahora me miro al espejo y veo a una mujer que ha sentido, que ha perdido, que ha amado, y que ha sabido reinventarse con una sonrisa.
No, no me asusta hacerme vieja.
Porque mientras tenga ilusiones, mientras me emocione una canción, mientras tenga a quién abrazar y algo por lo que brindar, seguiré viviendo con las ganas de siempre, con la alegría de quien sabe que ha ganado la partida a la vida.
Aquí siempre hay un rinconcito para tus palabras… aunque sean pocas, siempre me alegra leerlas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario