Hay algo que una entiende con el tiempo, con la vida, con los años… y es que las madres no se sustituyen. No hay nadie como ellas. No hay otra voz igual, ni otra forma de mirar, ni otra manera de estar en el mundo.
Mi madre era una mujer especial. De esas que parecen pequeñas cosas, pero lo son todo. Era presumida, sí… incluso para fregar las escaleras se ponía tacones y se arreglaba un poco, como si la vida siempre mereciera elegancia. En casa iba con su bata, cómoda, sencilla, pero en la calle siempre estaba impecable. Era así: cuidaba los detalles, pero sobre todo cuidaba a los demás.
Y era buena. Muy buena. De esas personas a las que todo les parece bien, que no guardan enfados, que siempre están dispuestas a ayudar. Caprichosa a veces, como yo… “ahora quiero un pintalabios”, “ahora una camisa”… y me hace sonreír reconocerme en ella.
Para mí sigue viva. No es una frase hecha. Es real. La siento conmigo. La llevo en el corazón y en muchas de mis decisiones diarias. A veces le hablo en silencio:
“Mamá, ¿esto está bien hecho?”
“Mamá, ¿estarías orgullosa de mí?”
Y cuando salgo a pasear, sin pensarlo, le digo:
“Mamá, ven conmigo.”
Y siento que viene.
Porque las madres son eso: presencia que no se apaga. Amor que no se rompe. Vida que sigue en nosotros.
Yo sé que ella dio su vida por mí, como yo intento dar la mía por mi hijo. Y entiendo ahora que eso es lo más grande que puede hacer una persona: amar así, sin condiciones, sin medida.
Las madres no se van. Se transforman en compañía invisible. En conversación interior. En calma. En raíz.
Y en mi caso, en cada paso que doy, ella sigue caminando conmigo.
Feliz Día de la Madre.
Mamá, no te olvido.
A ti, Carmen, presumida, coqueta… la más buena del mundo.
Decidles que las queréis, escuchadlas, abrazadlas todo lo que podáis.
Porque cuando faltan… se las echa de menos cada día.
Una madre es insustituible.
Y su amor… ese no se olvida nunca.

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