Hoy he estado pensando en la soledad.
En esa palabra que a muchos les asusta, pero que a mí, con el tiempo, me ha enseñado a vivir en paz.
Yo estoy sola, sí. Mi hijo está a muchos kilómetros de distancia. Tengo a Coco, que me acompaña fielmente, aunque cuando le hablo no me contesta… me ladra. Y aun así, no me siento vacía.
He aprendido que la soledad no llega de golpe ni se acepta sola. La soledad se trabaja. Cuesta mirarla de frente, entenderla y, sobre todo, reconciliarte con ella. Y yo lo he hecho. Poco a poco, a mi ritmo.
A mí me gusta mi soledad. La amo.
Porque en esta solitud, que no es lo mismo que sentirse solo, no tengo obligaciones impuestas ni horarios marcados. No hay nadie esperando a que coma a una hora concreta. Puedo comer a la una, a las cuatro o cuando me apetezca. Puedo irme a dormir a las nueve, a las doce… o quedarme dormida en el sofá viendo una película sin que nadie me diga: “vente a la cama”. Nadie me riñe. Nadie me exige explicaciones.
Mi casa es sencilla, pero está hecha a mi medida. Llena de amor. De mis cosas de coser, de mis libros, de mis pinturas, de mis pequeños desórdenes que son mi orden. Nadie me dice que quite nada de en medio. Me levanto cuando quiero, como lo que quiero y, si un día me apetece comer en un bar, salgo y lo hago. Sin más.
La soledad no es mala cuando aprendes a convivir con ella. Puede ser incluso bonita.
Claro que a veces echo en falta un comentario compartido viendo una película, ese “mira, ahora va a pasar esto”. Pero entonces sonrío y me lo digo yo misma. Y sigo.
He aprendido algo muy importante: si uno no aprende a ser feliz cuando está solo, tampoco lo será cuando esté acompañado.
Yo soy feliz aquí, en mi casa, en mi vida tal y como es ahora. No sé qué pasará dentro de unos años. Tal vez eche de menos otras cosas, tal vez no. Pero esta es la vida que me ha tocado vivir hoy, y he decidido aceptarla.
Porque no aceptar lo que es, solo trae tristeza.
Yo he aceptado mi vida. Vivir sola. Y estoy contenta. Me lo he trabajado, he aprendido y no necesito nada más. Solo dar gracias cada día a Dios por un nuevo amanecer y disfrutarlo como venga.
Algunos días con grandes planes, otros días solo con un paseo con Coco. Y otros, simplemente estando.
Y eso, para mí, también es felicidad.

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