Ayer fue el viento.
Hoy es la lluvia.
Dos días seguidos en casa. Dos días mirando por la ventana cómo el cielo decide el ritmo. Y sí… un poco aburridos estamos. No voy a mentir. A mí me gusta salir, moverme, sentir que el día avanza conmigo. Y Coco también se acerca a la puerta, me mira y parece decirme: “¿Hoy tampoco?”
Pero luego bajo la mirada.
La casa está calentita.
Hay comida en la cocina.
Suena música lenta de fondo, suave, como si abrazara el silencio.
Y Coco está aquí, tranquilo, respirando a mi lado.
Y entonces lo entiendo.
Son un regalo los días de lluvia.
Porque me obligan a parar.
Porque me enseñan que no todo tiene que ser movimiento.
Porque me recuerdan que también es vida estar en calma.
Qué suerte poder aburrirme en paz.
Qué suerte tener techo, despensa y tiempo.
Qué suerte poder mirar cómo cae el agua sin que nada me duela por dentro.
Hoy el plan es sencillo: un salteado con pimientos de colores, aguacate cremoso, pollo, un sándwich calentito y música que acompaña. Afuera llueve. Dentro hay calma.
Y además… yo sé algo.
Sé que incluso cuando el cielo está gris, la vida sigue siendo luminosa.
Sé que cada gota que cae limpia algo, riega algo, prepara algo.
Sé que hasta los días quietos tienen propósito.
Así que hoy no me quejo.
Hoy agradezco.
Hoy sonrío aunque no salga el sol.
Porque la luz no siempre está fuera.
A veces la luz somos nosotros.
Somos nosotros cuando agradecemos.
Somos nosotros cuando sonreímos sin motivo.
Somos nosotros cuando, aun con el cielo gris, elegimos mirar con esperanza.
Y Coco, que mueve la colita sin entender de nubes ni pronósticos, también lo sabe.

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