Hubo un tiempo en que mi estado de ánimo dependía de los demás, y me esforzaba por hacer felices a todos… hasta olvidarme de mí misma. Hoy, con 66 años de vida y aprendizajes, entiendo algo vital: si yo no soy feliz, si no me quiero y no me pongo en primer lugar, no puedo irradiar alegría verdadera a los demás.
He trazado un límite sagrado alrededor de mi energía. No permito que emociones bajas, ajenas o mías, tomen residencia permanente. Las observo, las dejo pasar y me reenfoco en tomar vuelo.
No es que me haya vuelto mala; es que he aprendido que cuidarme y priorizar mi felicidad es el regalo más grande que puedo dar. Solté las cadenas y elegí estar bien.
Cada día me recuerdo que no se trata de cerrar el corazón, sino de abrirlo desde la libertad y la claridad. Que mi alegría, mi serenidad y mi amor propio sean la semilla que inspire a los demás. Porque cuando me cuido y me respeto, cuando me pongo en primer lugar, descubro que puedo amar y acompañar con más fuerza, con más verdad y con más luz.
Hoy celebro mi paz, mi energía y mi capacidad de elegir mi bienestar. Y desde esa elección consciente, comparto felicidad, abrazos y sonrisas sin perderme en las expectativas ajenas.


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