¡Buenos días, amigas de mi rincón!
Hoy vengo con una de esas reflexiones que te hacen pensar un ratito, de las que se leen con el café en la mano y que, cuando llegas al final, te dejan diciendo: «¡Pues mira, qué razón tiene!».
¿No os han dicho alguna vez eso de que sois demasiado buenas, que de buenas parecéis tontas? Pues a mí sí, y más de una vez.
Y ¿sabéis una cosa? Prefiero que alguien piense que soy tonta por ser buena a que tenga motivos para decir que soy mala persona.
¡Ea, ya lo he dicho! Y me he quedado más a gusto que un arbusto.
Yo soy de las que, cuando quieren a alguien, lo demuestran; de las que intentan ayudar si pueden, de las que muchas veces se tragan una contestación para no hacer daño y de las que, aunque les hayan hecho una faena, todavía buscan una explicación para entender a la otra persona.
Que una tiene sus defectos, ¡faltaría más! No vengo yo aquí a ponerme una aureola, que bastante tengo con mis cosas. Pero hay algo que tengo muy claro: no quiero ir por la vida haciendo a los demás lo que no me gustaría que me hicieran a mí.
Ahora bien, una cosa es tener buen corazón y otra muy distinta es llevar un cartel en la frente que diga: «Pasen ustedes, que aquí se puede hacer lo que les dé la gana».
¡Pues no, señores, que tampoco es eso!
Porque hay personas que confunden la bondad con la debilidad. Si les ayudas, se acostumbran. Si les perdonas, creen que pueden volver a hacerlo. Si te callas para no discutir, piensan que no te has enterado. Y si vuelves a tenderles la mano después de que te hayan fallado, algunos llegan a creer que tienes las manos para que te las pisen.
Y duele, vaya si duele.
Duele descubrir que alguien a quien has tratado con cariño no ha tenido el mismo cuidado contigo. Duele dar sin esperar nada extraordinario y darte cuenta de que, para algunas personas, lo que haces nunca es suficiente. Y duele, sobre todo, cuando te preguntas cómo alguien puede aprovecharse de un corazón que lo único que ha intentado es hacer las cosas bien.
Pero ¿sabéis qué he aprendido?
Que no quiero dejar de ser buena. Lo que quiero es aprender a serlo también conmigo misma.
Porque durante mucho tiempo podemos acostumbrarnos a comprender a todo el mundo, a justificar sus malos días, sus malas contestaciones y hasta sus malas maneras. Siempre encontramos un motivo para disculparlos. Que si estará preocupado, que si tendrá problemas, que si a lo mejor no se ha dado cuenta…
Y mientras tanto, ¿quién nos comprende a nosotras?
¿Quién nos pregunta cómo estamos? ¿Quién se da cuenta de que aquella sonrisa esconde un disgusto? ¿Quién nos cuida un poquito cuando somos nosotras las que necesitamos cariño?
A veces tenemos tanto empeño en no hacer daño a los demás que nos olvidamos del daño que nos estamos haciendo por dentro.
Y eso tampoco está bien, amigas mías.
Yo sigo siendo la misma persona de buen corazón, pero cada vez voy entendiendo mejor que no todo el mundo merece la misma confianza, que no todas las puertas tienen que permanecer abiertas y que decir «hasta aquí» no nos convierte en malas personas.
Antes quizá aguantaba más de la cuenta. Ahora voy aprendiendo, poquito a poco, que también tengo derecho a apartarme de aquello que me hace daño.
Sin gritar, sin montar un espectáculo, sin desearle mal a nadie. Simplemente tomando distancia cuando hace falta.
Porque yo puedo perdonar, pero eso no significa que tenga que olvidar lo que he aprendido. Puedo seguir deseándole lo mejor a una persona y, al mismo tiempo, decidir que ya no quiero tenerla tan cerca.
Y no, eso no es rencor. Es aprender a cuidarse.
La confianza es algo muy delicado. Se construye con tiempo, con cariño y con hechos, y puede romperse en un instante. Después, aunque haya perdón, hay cosas que ya no vuelven a ser exactamente iguales.
Por eso, cuidad a las personas que os quieren de verdad. No deis por hecho que siempre estarán ahí, que siempre comprenderán, que siempre perdonarán y que siempre encontrarán una sonrisa para vosotros.
Hasta los corazones más nobles se cansan. No porque se vuelvan malos, sino porque también necesitan descansar de tanto dar.
Y ahora os voy a decir una cosa que quiero que se me quede bien grabada a mí la primera:
Prefiero ser una persona buena que aprende a poner límites antes que una persona que se vuelve dura para que nadie pueda hacerle daño.
No quiero perder mi ternura por culpa de quienes no supieron cuidarla. No quiero convertirme en alguien desconfiado por culpa de quienes abusaron de mi confianza. Y tampoco quiero pasarme la vida enfadada con el mundo por las cosas que algunas personas hicieron mal.
Quiero seguir riéndome, disfrutando de las pequeñas cosas, tomando mi cafetito tranquila y encontrando motivos para sonreír, que bastantes vueltas da ya la vida como para andar repartiendo amarguras.
Eso sí, si alguien confunde mi bondad con que puede pisotearme, quizá llegue el día en que descubra que esta mujer tan sonriente también sabe cerrar la puerta.
¡Y sin portazo, que luego hay que pagar la reparación!
Así que, si alguna vez os dicen que sois tontas por ser buenas, pensadlo un momento y no os avergoncéis de vuestro corazón. La bondad no es ninguna vergüenza. Lo importante es aprender a distinguir entre quien agradece lo que hacemos y quien simplemente se acostumbra a recibir.
Y si alguna vez habéis permitido más de la cuenta, tampoco os castiguéis por ello. A veces aprendemos a base de tropezones, y aquí estamos, aprendiendo mientras vivimos.
Que nadie os convenza de que tenéis que volveros malas para haceros respetar.
Se puede tener un corazón dulce y un carácter firme. Se puede querer mucho y saber decir que no. Y se puede ser buena persona sin permitir que nadie nos quite la paz.
Y yo, amigas mías, si tengo que elegir, seguiré prefiriendo que me llamen buena antes que mala. Pero, a ser posible, ¡que también aprendan a tratarme bien!
Que una cosa es tener buen corazón y otra muy distinta es ser el felpudo de la casa.
¿No os parece?
Os mando un abrazo enorme, de esos que no cuestan dinero, pero que a veces valen más que cualquier tesoro.
Y no olvidéis que siempre hay un motivo para sonreír, incluso cuando estamos aprendiendo a decir que no.
Con todo mi cariño,
Amalia ❤️
El Rincón de Amalia
Siempre hay un motivo para sonreír.

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