El blog de Alma Buendía Soleado

martes, 13 de enero de 2026

“Invisible, ¡las narices!”


A ver, que no es la edad lo que fastidia… lo que duele es ver cómo te miran.
O peor aún, cómo ya ni se toman la molestia de hacerlo.

Tú te levantas una mañana, te peinas lo mejor que puedes, te echas el perfume bueno, ese que guardas “pa’ ocasiones”, te miras al espejo y dices: “¡vamos, que todavía sirvo!”.
Sales toda puesta, con tu paso decidido, y llegas al banco, al súper o donde toque.
Y ahí te das cuenta de que te has vuelto invisible, como un fantasma con buen gusto.
Hablas, sonríes, y nada… ni el aire se inmuta.

Y cuando por fin alguien te atiende, te sueltan el “espere un momentito”, y ese momentito, hija, dura lo que un invierno en Siberia.
Y si te hablan, lo hacen despacito, como si te acabaran de sacar del museo.
Y tú, con ganas de soltar: “no soy tonta, lo que pasa es que tengo más kilómetros que tú en tacones”.
Pero te lo guardas, porque ya sabes que hoy la gente va tan rápido que ni ve lo que tiene delante.

Lo que ellos no saben, los que no te miran, es que detrás de estas manos con historia hay de todo:
amasados de pan, críos criados, lágrimas secadas y carcajadas que curaron penas.
Que esta cara con surcos tiene más capítulos que una telenovela, y que este pelo canoso no es vejez: es brillo de experiencia, mi amor.

Nos habrán vuelto invisibles para el mundo del  postureo, pero apagarnos… ¡ni soñarlo!
Seguimos aprendiendo, seguimos queriendo y seguimos dando guerra, con bastón o sin él.
Aunque el cuerpo se queje, el alma sigue bailando por dentro.
Y aunque el paso sea corto, ¡seguimos andando y con ritmo!

Porque, cariño, no hay fuerza más grande que una mujer que ha vivido mucho y todavía se pinta los labios antes de salir.

No pedimos lástima ni discursos, queremos miradas limpias y un “¿cómo está, señora?” de los de antes.
Y que cuando pidamos ayuda, alguien deje el móvil y nos escuche, aunque sea un ratito.
Y que los jóvenes se enteren de una vez: si tienen suerte, ellos también llegarán aquí, y ojalá lo hagan con nuestras ganas, nuestro salero y nuestras canas con estilo.

Y si tú eres de los míos, de los que ya no cumplen años sino “kilómetros recorridos”, pues levanta la cabeza aunque te cruja el cuello.
Camina con arte, aunque los demás no te vean.
Y sonríe, aunque el alma diga “ay”.

Porque todavía importas, y mucho.
Porque tu historia vale oro, aunque nadie te la compre.

Somos los que sembramos en tierra seca, los que seguimos floreciendo aunque nos llamen “antiguos”.
Y eso, mi vida… no hay filtro de Instagram que lo iguale. 

Y esto lo escribe una mujer a la que le faltan horas para cumplir 66 primaveras, otoños, inviernos y veranos.




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