Buenos días, mi gente maravillosa… hoy vengo con una confesión que no es ni bonita ni elegante… pero es real como la vida misma.
Hay una cosa que una descubre con los años, y nadie, nadie, te lo advierte cuando eres joven, lozana y duermes como un tronco: el cuerpo cambia… sí… pero no poco… cambia con mando a distancia… ¡y encima sin botón de apagar!
Y dentro de ese cuerpo tan apañado que tenemos… hay un órgano pequeñito, aparentemente inocente… que un día se levanta rebelde y dice:
“Hasta aquí hemos llegado. A partir de ahora, mando yo”.
Sí, amigas… la vejiga.
Ese ser diminuto que antes ni sabías que existía… y ahora tiene más autoridad que nadie.
Porque tú te acuestas un sábado o un domingo… feliz de la vida, con una ilusión que no te la quita nadie:
“Mañana duermo… mañana no hay prisas… mañana me levanto cuando me dé la gana…”
Te colocas la almohada, te tapas bien, das ese suspiro de gusto… y caes en un sueño profundo, dulce, maravilloso…
Y justo cuando estás en lo mejor… cuando estás soñando que estás en una playa divina, con el pelo perfecto, Chayanne a tu lado, la vida resuelta…
¡ZAS!
Una voz interior… suave, pero con una autoridad que no admite réplica:
“Amalia… arriba.”
Y tú, con toda tu dignidad, haces lo que haría cualquier persona sensata: negociar.
“Un momentito… cinco minutos… si yo estoy bien… si no pasa nada…”
Te giras, te haces la dormida, te tapas más… incluso intentas convencerte a ti misma…
Pero no.
La vejiga no se va.
La vejiga se queda… calladita… esperando… como diciendo:
“Tú haz lo que quieras… pero aquí la que manda soy yo.”
Y claro… llega ese momento…
ese momento dramático…
ese momento en el que tú dices:
“Ya está… hasta aquí hemos llegado…”
Ese momento en el que sabes…
que no hay negociación posible…
que no hay dignidad que valga…
y que o te levantas…
o te levantas.
Y ahí vas…
A las tres de la mañana…
con los ojos medio cerrados…
el pelo como si hubiera pasado un huracán…
las pantuflas arrastrándose…
Caminando por el pasillo como alma en pena…
pero con un objetivo claro: llegar al baño.
Porque a estas alturas, una puede dejar la dieta, el gimnasio, hasta ordenar los cajones…
Pero lo que no se puede aplazar…
es una orden directa de la señora vejiga.
Eso no se negocia.
Eso no se discute.
Eso se obedece… y punto.
Así que si esta noche también habéis hecho la excursión nocturna… no os preocupéis…
No es que estemos mayores…
Es que hemos ascendido en la vida…
Ahora somos…
empleadas fijas del turno de noche… bajo la estricta dirección de la señora vejiga.
Y oye… dentro de lo que cabe…
¡ni tan mal… que seguimos llegando a tiempo! 😄

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